23 de julio de 2020

Examen final


Soy el hijo del dueño. Mi madre está dentro. Mis amigos han ido pasando.
Son las tres respuestas que tengo preparadas. En ninguna asumo un excesivo protagonismo, cosa que me da bastante tranquilidad.

9 de julio de 2020

El buen carácter. Rosa Rabbani



Breve resumen.

Libro fresco. Habla de mejora del carácter en términos bastante “laicos”, con apoyo en estudios psicológicos y sin moralina. No dice nada nuevo, pero formula ideas (relativamente) sabidas en un lenguaje original.

El libro tiene dos partes. En la primera, la autora presenta cinco fases o aspectos importantes para mejorar el propio carácter. Son los siguientes:

1.      Hablar el lenguaje de las virtudes. Se trata de evitar un uso del lenguaje corrosivo o negativo y emplear expresiones animantes y positivas. Nuestra capacidad de formular en positivo nuestros logros y debilidades es el primer paso para mejorar.

2.      Aprovechar los momentos propicios para el aprendizaje, que son los éxitos y los fracasos. Los primeros para reforzar hábitos positivos; los segundos, para corregir el rumbo.

3.      Cuidar nuestras necesidades interiores, entre las que está la reflexión, el silencio, la oración.

4.      Establecer límites claros: ponernos y poner reglas.

5.      El acompañamiento: no mejoramos solos.

La segunda parte presenta un puñado de virtudes importantes para mejorar el carácter. Todas ellas son expuestas con historias, ejemplos de la práctica médica cotidiana de la autora, apoyo en estudios científicos y una buena dosis de sentido común. Entre las mismas, destaco:

1.      El altruismo

2.      El servicio

3.      El afán de superación

4.      El perdón

5.      La creatividad

6.      La confianza

7.      La fortaleza

No es el libro de mi vida –es bastante prescindible, la verdad-, pero es positivo.

Algunas citas:

Comentarios positivos en lugar de negativos: John Gottman lleva más allá sus conclusiones y trata de estudiar y analizar la influencia de los comentarios negativos en nuestro comportamiento y la proporción de comentarios positivos que necesitamos para reparar los efectos catastróficos de los primeros. Y llega a la conclusión de que por cada crítica o comunicación negativa que emitimos, necesitamos cinco reconocimientos para poder neutralizar, compensar o reparar sus efectos catastróficos (p. 76).

79. Reconocer los esfuerzos de los demás. El reconocimiento de los elogios sinceros en clave de virtudes es la mayor fuente de energía para animar a otras personas a mantener y consolidar sus cambios, y para acompañarlos en sus propios procesos de transformación personal.

104. Hay varios formas de acompañar, pero siempre se requiere de tres ingredientes básicos: la concentración, la compasión y la curiosidad.

120. La gente tiene que implicarse, servir, ayudar. Seis necesidades humanas de Cloé Madanes; o la pirámide de Abraham Maslow.

135. Fortaleza. Timothy Ferriss: “el éxito de una persona en la vida puede medirse por el número de situaciones incómodas que está dispuesto a afrontar”.

152. Hablando de creatividad, identifica el concepto de “elemento”, entorno en el que generas energía, energía que te mueve. 158. Formas de buscarlo: sobre qué temas a uno le gusta leer, qué le entusiasma, qué es lo que se le da bien hacer, cuál es el sueño secreto, por inalcanzable que parezca, preguntar, curiosear, aprender, tomar notas.

160. Otros me piden trucos, aunque ellos los llaman pautas.

162. Sobre perseverancia: Ivan Josehp, entrenador de atletismo y responsable de uno de los programas de estrategia y liderazgo deportivo más impresionantes de las universidades americanas: la clave del éxito en el deporte está en la capacidad de practicar hasta el infinito. JKRowling envió su manuscrito original de la obra a doce editores antes de que se lo aceptaran.

171. Sobre la confianza en uno mismo. Resulta imprescindible modular y reconvertir al crítico despiadado que llevamos dentro en una voz positiva de recuerdo.

178. Lao Tse. El agradecimiento es la memoria del corazón.

6 de julio de 2020

Citas y notas al pie



"Se convendrá conmigo que las citas y notas al pie de página son la ortopedia de los libros, el sótano donde guardamos los fantasmas de nuestras lecturas, también a veces los soportales que usamos para guarecernos de la lluvia de los críticos".

Hoy lo he leído en el pórtico del libro "Maestros alemanes del Derecho público", de Francisco Sosa Wagner. Quién me iba a decir que en semejante tocho iba a leer algo tan bonito y divertido. Cojo aliento para la ascensión de 600 páginas que tengo por delante. Deseadme suerte.

26 de junio de 2020

El evangelio del bulldog francés


Durante años me he cruzado con ellos casi sin verlos, quizá con una mueca semiinconsciente de burla y desprecio.

En los últimos meses he reparado en su sorprendente fealdad, en sus andares grotescos -como de chulo enano-,  en su asfixiante dificultad para respirar.

Hoy, al cruzarme con uno bastante sofocado, he tenido una iluminación: si tanta gente es capaz de tener cariño a esos engendros... ¿por qué no van a poder quererme a mí?

19 de junio de 2020

Sic transeat gloria mundi


Cogí la llamada desde un número desconocido.

Era M. A., un viejo conocido de Madrid. Tras las dos preguntas de cortesía de rigor, comenzó a contarme que está organizando unas jornadas para universitarios que se celebran este verano. Me preparé para la invitación. Ir a dar charlas y conferencias siempre supone un pequeño engorro, pero luego suele merecer la pena. Además, qué duda cabe, que a uno le tengan en cuenta siempre es halagador.

Mientras me iba contando los detalles de las jornadas - última semana de agosto, los pirineos- fui calculando mi disponibilidad esas fechas y pensando en el dinerito que me iban a pagar, al tiempo que preparaba las típicas respuestas de: "déjame que consulte el calendario", o, mejor todavía: "creo que esos días no tengo nada, aunque tendría que mirarlo". Fundamental no mostrar una disponibilidad ansiosa, perruna, ante las invitaciones, sino dar a entender que se acepta haciendo un pequeño esfuerzo, casi un favor. Además, en el pirineo en agosto seguro que se duerme bien, hasta con una mantita. Tendré que llevarme ya un jersey.

En éstas estaba cuando M. A. me preguntó si podía facilitarle el teléfono de un buen amigo mío, a quien tenían interés en invitar a las jornadas. Algo corrido -creo que no lo notó-, le facilité el teléfono, claro, y me ofrecí a hacerle la gestión.

Antes de colgar, todavía hubo tiempo de rebajar mi ya herido orgullo, porque M. A. me comentó dicharachero: "Oye, si te apetece venirte con él, podemos aprovechar algún hueco del horario y nos cuentas algo". Si te apetece. Algun hueco. Y nos cuentas "algo". Solo le faltó añadir: "pero no te pongas muy pesado". Fue sencillamente genial.

Al trasladar la invitación a mi amigo y contarle el malentendido, nos reímos juntos un rato. De mí, claro. "No te olvides de llevar un jerseicillo. Y no te confíes", le dije para zanjar el asunto, "el día que menos te esperes el telonero puede ser tú".

19 de mayo de 2020

El atractivo de un centro comercial




Era mediados de mayo. Íbamos dando un paseo bastante agradable por el parque, cuando me asaltó típica tos absurda, de las que sofocan cualquier intento de conversación y te hacen saltar las lágrimas.

Afortunadamente, no tardamos mucho en toparnos con una fuente, dorada y verde. Mi salvación. A la pregunta retórica de mi amigo ("¿vas a beber de ahí?"), solo pude responder con un encogimiento de hombros. No soy mucho de beber en fuentes públicas, pero visto lo visto no tenía mucha opción. Además, pensé, no siempre hay que ponerse en lo peor: la gente es mínimamente civilizada y no viene a las fuentes del parque a lavarse los dientes o hacer guarrerías.

Superado el ataque de tos, pudimos reanudar nuestro paseo, que fue sencillamente delicioso. La tarde declinaba. Una luz tornasolada se filtraba entre las hojas de los árboles, acariciando las violetas flores de las jacarandas.

 Ya casi salíamos del parque cuando lo vimos. Justo de frente. Un señor barrigudo, con camiseta de tirantes y una riñonera, apretaba el botón de la fuente, dorada y verde, mientras su perro pastor alemán restregaba su hocico –sus fauces- en la boca del surtidor.

Sentí un sabor metálico en la boca y un amago de retortijón

Una luz tornasolada se filtraba entre las hojas de los árboles, acariciando las violetas flores de las jacarandas.

16 de mayo de 2020

El arte de regalar libros



Regalar un libro es un sutil halago. Nadie regala un libro a un zoquete. Además, quien regala libros también adquiere un halo de persona interesante, leída.

En cualquier caso, nunca cometas el error de regalar un libro largo. Hay personas poco duchas en el arte del regalo que se inclinan por libros largos en el sorprendente entendimiento de que cuanto más grande sea el libro, mejor es el regalo. Craso error. Esa lógica que mide el cariño en cantidad -propia de un dependiente de heladería- en el ámbito literario solo puede jugarte malas pasadas.

En primer lugar, porque eso te obliga a leerte el libro antes, como es natural. No puedes arriesgarte en ningún caso a que la persona a quien le regalas el tocho te pregunte: “¿qué tal es?” y no saber responderle. Tu halo de persona leída se convertirá súbitamente en un sambenito de geta y caradura, y la sospecha de que estás re-regalando el libro podría surgir con fuerza

Pero es que además, y esto es lo más importante, regalar un libro largo no es propiamente un regalo, sino un hurto o secuestro, ya que con el libro trasladas una difusa obligación de leerlo. Vamos, que con el libro estás robando al celebrante varias horas de su vida, y exiges que además sonría y te dé las gracias. Hay gente que no solo te regala el ladrillo, sino que luego encima te pregunta si te lo has leído. O si te lo has leído ya. Pocas palabras con más peso que ese diminuto ya.

Así pues, hay que regalar libros, pero libros cortos. ¿Cómo de cortos? Lo suficientemente cortos como para que la persona que lo recibe pueda echarle un ojo quince minutos y ser capaz de responderte alguna generalidad sobre el libro, en caso de que al cabo del tiempo se te ocurra preguntarte sobre el libro. No porque tú vayas a ser tan mala persona como para preguntarle, claro está, sino para que él sepa que –en el remoto caso de producirse esa situación-, podrá salir airoso y campante.

Regalando libros cortos nada puede salir mal. Si tu amigo lo lee y le gusta, miel sobre hojuelas. Si lo lee y no le gusta, al menos no le has impuesto un castigo demasiado severo. Por último -y este es el escenario más probable-, si decide no leerlo siempre podrá ojear cuatro páginas sueltas o una reseña en Internet, para ser capaz de comentar alguna vaguedad sobre el libro en caso de que se te escape preguntarle, por lo que su recuerdo no se convertirá en un oscuro presagio que sobrevuele todas vuestras futuras reuniones. 

Ya lo sabes. A los amigos, libros cortos. A los enemigos, largos larguísimos, con el firme propósito de preguntarles pronto si lo han leído ya.

26 de abril de 2020

El tío sabía lo que hacía



Volvía de jugar al tenis con mi tío. Para incorporarme a la A6 desde la carreterucha por la que iba tenía dos opciones: cumplir el reglamento de tráfico; o hacer pequeño giro ilegal, pisar una línea continua y ahorrarme 600 metros y 50 segundos.
Pues bien, tras estirar un poco el cuello y asegurarme de que no venía nadie, hice la trampa. No era la primera vez que la hacía, ni –pensaba yo- la última.

60 metros más adelante, detrás de una curva traicionera, él me esperaba junto a su moto. Realmente había poco que hablar. Los dos sabíamos lo que había pasado, era absurdo disimular. Mi aspecto algo sudado, mi gorra y mi raqueta en el asiento del copiloto hacían inútil improvisar una historia de familiar moribundo, mascota accidentada o parto intempestivo. La suerte estaba echada.

"Pues sí que me salido caro el partido", pensé mientras sacaba del bolsillo mi cartera con el DNI.

Entonces sucedió lo imprevisible.

-  Mire –me dijo el agente, apoyando su mano en la puerta del vehículo, y dando unos ligeros golpecitos-, es evidente que usted ha cometido una infracción y que yo puedo multarle. Ahora bien, si usted me promete que nunca más va a hacer esa trampa, pues no le pongo la denuncia y lo dejamos estar. ¿Qué me dice?

Desde entonces ya no sé ni cuántas veces he perdido 50 segundos volviendo de jugar al tenis. Y cada vez que paso por ahí, mientras recorro los preceptivos 600 metros que me convierten en un conductor ejemplar, sonrío con la remota esperanza de volver a encontrarme al poli detrás de la misma curva traicionera, para que vea que no he defraudado su confianza.

El tío sabía lo que hacía.