El descanso veraniego puede resumirse en estar en un sitio con mala cobertura, caminar mucho descalzo y perder la noción de en qué día de la semana y del mes se vive. Lo demás es adorno.
15 de agosto de 2021
¿Cuánto estás descansando este verano?
23 de julio de 2021
Tres
Antes de que se me olviden dejo constancia de dos experiencias recientes que me han parecido simpáticas.
Tras pagar mi envío en Correos, me preguntó el dependiente:
- ¿Quieres un cupón de lotería?
- No, muchas gracias.
- ¿Y quieres dos?
Solté una carcajada. Quería tres, pero no llegó a preguntármelo.
Habíamos invitado a aquél señor para que nos diera una conferencia sobre cómo impartir mejor las clases. El hombre hablaba con mucho aplomo y prosopopeya.
- Hay tres elementos absolutamente fundamentales para dar una buena clase. El primero es la actitud. El segundo es el conocimiento de la materia. Y el tercero es... el tercero... se me ha olvidado. Pero bueno, hay otro. Ya me vendrá.
Los asistentes cruzamos miradas de incredulidad. El mandarín siguió perorando como si tal cosa. De actitud iba sobrado.
15 de junio de 2021
Elogio del boli bic
Durante años confundí su sencillez con simpleza, su estabilidad con conformismo y todas sus virtudes con presuntos vicios. Pero hoy ya no. Hoy –después de constatar que el 80% de mis alumnos lo utiliza en sus exámenes finales- se me ha caído la venda de los ojos y he sido capaz de captar toda su grandeza, su genialidad. No todos los héroes llevan capa.
En estas breves líneas me gustaría reivindicar cinco virtudes de uno de los mejores inventos del último siglo, el bolígrafo bic, virtudes que haríamos bien en emular.
1. Sencillez. Los bolígrafos bic son objetos sencillos, sin grandes pretensiones. Los bic no tienen las ínfulas de los Pilots ni las estilográficas, siempre obsesionados por ser las estrellas del estuche. El bic es sólido y resultón, como un novio de nuestro pueblo.
2. Discreción. Los bic no hacen alardes ni procuran llamar la atención. Si tuvieran perfil en Instagram o LinkedIn tendrían pocos seguidores. Un boli bic no necesita darse autobombo ni adoptar posturas sexys para ganar popularidad. Hace su trabajo sin estridencias y con naturalidad. Persevera y vence.
3. Estabilidad. Desde que empezó a fabricarse en los años 50, el bolígrafo bic sólo ha experimentado un cambio: el agujero del capuchón, para evitar tanto la succión como el atragantamiento fatal. Por lo demás, mantiene su diseño originario. En nuestro mundo dinámico e impaciente, donde el cambio parece un dogma, la inmutabilidad serena de los bic es verdaderamente revolucionaria.
4. Servicio. Un bolígrafo bic es versátil. Sirve para escribir, por supuesto, pero también para mordisquearlo y matar los nervios, abrir puertas cerradas con pestillo, hacer de cerbatana o limpiarnos el oído. A todo se aviene el bic, sin rigideces, sin victimismos, sin darse importancia.
5. Fidelidad. Los bolígrafos bic cumplen su palabra. Duran más que una pila duracel. De hecho, no recuerdo haber terminado ninguno. Un bic no se acaba: se destruye, se pierde o se hurta. Su fiabilidad es un soplo de aire fresco en la sociedad de la obsolescencia programada y de las relaciones personales líquidas.
Vivimos tiempos convulsos. Nuestras certezas se desvanecen. Los pocos referentes que nos quedan se deslizan inevitablemente hacia la irrelevancia o la jubilación. La ola de estulticia digital parece irrefrenable. Pero no todo está perdido. Saca del bolsillo tu bolígrafo bic y míralo despacio. Se venden más de 6 millones de unidades al día. Sus virtudes pueden tener mala prensa, pero siguen siendo una base sólida sobre la que construir.
El éxito arrollador del boli bic nos recuerda que todavía somos mejores que nuestras ideas.
28 de mayo de 2021
Me gustaría pensar que fue lo segundo
Acababa de dar una conferencia sobre un tema espinoso en una plaza exigente. De intento, había procurado ser particularmente conciso, ya que la charla era en horario laboral. Al terminar, se me acercó un señor y, muy amablemente, me dijo con una amplia sonrisa:
- Muchas gracias, sobre todo por la brevedad.
Seguí recibiendo comentarios y parabienes de otros asistentes, mientras el hombre se confundía entre la gente que abandonaba del salón de actos. Han pasado ya dos días, y todavía sonrío preguntándome si aquello fue un elogio mediocre o un elegante insulto.
Supongo que nunca lo sabré.
21 de mayo de 2021
Elogio de la frustración
Mañana mandaré esto al periódico. Agradezco comentarios y sugerencias.
El otro día hablaba con un amigo, padre de tres hijos. “Estoy un poco frustrado, tío”, me confesaba. “Llevo dos meses intentando arreglar mi Vespa y no encuentro un solo minuto. Siempre hay algo: cuando no es una brecha es un berrinche o un cumpleaños… No sabes lo que cuesta encontrar un solo minuto para mis hobbies…”
Mi colega estaba realmente frustrado, aunque, con su cerveza fría en la mano, tampoco parecía triste. Es más, su senequismo transmitía incluso un punto de alegría. Después de hablar con él he estado pensando un poco sobre la frustración, y he llegado a la conclusión de que estar frustrado puede ser una buena señal.
En primer lugar, la frustración es hija del inconformismo, del deseo de sacar nuestra mejor versión. Quien está perfectamente satisfecho con lo que es y lo que ha conseguido –quien no siente atisbo alguno de frustración-, probablemente sea un narcisista o un perezoso sin intención alguna de mejorar. Ojalá en mi lecho de muerte pueda experimentar esa sensación de paz y cumplimiento; hasta entonces, prefiero una moderada frustración que me incite a luchar contra mis defectos. Porque puedo y debo ser mejor.
En segundo lugar, solo se frustra quien apunta alto, quien sueña. “Que no puedas llegar es lo que te hace grande”, decía Ortega. Plantearnos ideales elevados nos ayuda a vivir de puntillas, a aspirar a la excelencia y la perfección. En ese esfuerzo casi siempre nos quedamos cortos –frustrados-, pero desarrollamos nuestros talentos y aprendemos a vivir con ilusión. Los amarrateguis y los apocados no se frustran, se limitan a ver pasar la vida desde la mullida butaca de su comodidad.
Finalmente, se frustra quien ama. De un lado, porque amar implica renuncia, posponer el propio egoísmo para que el otro sea feliz. Llevar al niño al cumpleaños en lugar de arreglar mi vespa. En los cuentos de hadas estas renuncias culminan en sabrosos banquetes de perdices; en nuestra vida –Disney, ¿por qué no nos avisaste?- van seguidas a menudo de una sorda frustración. De otro lado, porque la persona amada nunca es perfecta. No existen mujeres ideales ni príncipes azules. No hay hijos ni suegras diez. Descubrirlo, y convivir sin dramatismos con esa frustración, es un signo de madurez y se aprende en el Tema 1 del amor.
¿Estás frustrado? Pregúntate el motivo. A lo mejor, en lugar de visitar a un psicólogo o leerte un libro de autoayuda, lo que tienes que hacer es beberte un gintónic a la salud de tus deseos de mejora, de tus proyectos ambiciosos y, sobre todo, de esas personas que –con sus defectos y su cariño- te ayudan a olvidarte de ti mismo y llenan tus días sentido y de felicidad.
9 de abril de 2021
Un acierto
Desde hace unas semanas tengo un ligero lumbago. Además, cuando tomo cosas muy frías me duele una muela. Así que el otro día decidí llamar al oftalmólogo.
Hoy he tenido la revisión. Una optometrista muy amable me ha hecho mirar en un panel dibujos y letras, cada vez más chiquititos. Luego la doctora, con seriedad profesional, me ha explorado el fondo del ojo. Me ha echado unas gotas amarillas y me ha ido pidiendo que mirase en distintas direcciones, mientras me enfocaba a la pupila con un catalejo en cuyo fondo se encendían rayas de luz azules y amarillas.
Al terminar la revisión, me ha mirado con satisfacción y me ha confirmado que veo estupendamente, que el fondo del ojo está muy bien, y que la tensión ocular -ignoro qué es eso- es perfecta. Le ha faltado darme unas palmaditas en el hombro.
Aunque todavía tengo lumbago y la muela me sigue dando sustos, he salido de la consulta reconfortado, y me he tomado un buen almuerzo para celebrarlo. No excluyo volver a hacerme otra revisión oftalmológica en cuatro o cinco meses. No debo olvidar que mi tensión ocular es, sencillamente, perfecta.
7 de abril de 2021
Adoquines
Llevaba quince o veinte años sin ver uno. El otro día, volviendo a casa desde Huesca paré en una gasolinera y, al doblar un pasillo, los vi justo en frente de mí. Adoquines de caramelo de la Virgen del Pilar.
No pude resistir la tentación y me compré uno canónico, de los grandes. Los que casi no te caben en la boca. Los que te caen en un pie y te lo rompen. Los indomables, que es imposible acabar en un solo asalto. Los que chupas y chupas y su tamaño no mengua. Los que te guardas en el bolsillo envueltos por enésima vez. Los que acumulan pelusilla y algún pelo pegado a la superficie. Los que lames tanto el caramelo como el papel blanco que lo envuelve, que se va reblandeciendo y se hace uno con el caramelo. Los auténticos precursores del calipo y el decadente push pop. Los que te dejan los dedos pegajosos, y terminas a mordiscos con las muelas, más por desesperación que por placer. En un ataque de romanticismo estuve a punto de comprarme el de anís, pero mi vena masoquista no consumó la idea.
Ya en el coche lo estuve chupando un rato largo mientras conducía, hasta que me harté y lo tiré al arcén por la ventanilla. Tomé nota mental del kilómetro. Si en unos meses vuelvo a pasar por allí, igual paro a recogerlo y me doy una segunda oportunidad.
29 de marzo de 2021
Truco o trato
No entiendo esta noticia de ABC: "La labor de Iglesias: una ley, dos decretos y ni diez actos al mes". Como si prefiriesen que hubiera trabajado más.
Hoy me han hecho una PCR. Cuando el enfermero me ha metido el bastoncillo hasta el cerebro -con esos bastoncillos podrías limpiarte los dos oídos al mismo tiempo- ha iniciado una cuenta atrás en cinco, que inexplicablemente ha terminado en menos dos.
"Has hecho trampas", le he recriminado con una sonrisa.
"Es un truco" ha sido su respuesta. Pero no me ha explicado la parábola.
El tío era ciertamente amable. De todas formas, espero que no sea él quien interprete los resultados de mi test. Con un truco he tenido bastante.
24 de febrero de 2021
¿Qué cerdito eres?
Tú eres un cerdito. Tu identidad, tu autoestima, tu proyecto vital es la casa que construyes. Y el lobo son las dificultades de la vida, que (soplaré y soplaré) arrecian contra tu casa: disgustos, enfermedades, defectos y traspiés.
Puedes hacerte una casa de paja, patrocinada por Instagram. Tu valía es la apariencia: eres guapo, joven, fuerte. Tienes unos glúteos tonificados y un six-pack envidiable. Te pegas buenos viajes y comes una carne a la piedra que hace salivar a un vegano. Si la cosa se pone fea, siempre puedes tirar de cirugía estética y prolongar la fiesta algo más. Y ojo, no todo es el físico: también se puede aparentar posando distraído en la cubierta de un crucero o en el buffet libre de un hotel de 7 estrellas. Tu cabaña de paja es la envidia del vecindario.
Puedes hacerte una casa de palos, de esas que tanto se enseñan en LinkedIn. Tu valía es el éxito: triunfas en el trabajo, eres un tío inteligente, haces cosas (Rajoy dixit). No estás tan buena como Úrsula Corberó, es verdad, pero eres híper-competente y tu cuenta corriente así lo avala. El eco de tus tacones pone tiesos a tus subordinados. Haces conference-calls. Eres un achiever: corres maratones, das diez mil pasos al día, cumples los objetivos. Tus números te avalan. Tienes una bonita cabaña de palos, porque tú lo vales.
Puedes hacerte una casa de ladrillo, conforme a las directrices de Yayabook. Tu valía eres tú, más allá de la apariencia o el éxito, sin filtros ni condecoraciones. Es el “tú” que veía en ti tu abuela. Que te quería por ser su nieto o nieta, y ya está. Yayabook: el muro donde se te valora por ser quien eres, sin importar tus lorcillas, tus juanetes ni tus suspensos. Tú como persona única, portadora de historia y de promesas, capaz de aportar a la familia y a la sociedad algo único y personal. Esa es tu casa de ladrillo, firme como el amor de una abuela. Indestructible.
Tienes que elegir casa, decidir dónde quieres asentar tu identidad y tu autoestima. Apariencia, éxito o esencia. Instagram, LinkedIn o Yayabook. Los días de vino y rosas la casa no importa mucho, ya lo aprendimos en el cuento clásico. Los cerditos tocan instrumentos musicales y bailan al compás. La música de los likes y los aplausos por los éxitos suenan dulces en los oídos. Pero un día llega el lobo, disfrazado de accidente, de fracaso, de tarta de 60 cumpleaños. Disfrazado de tu esencial mediocridad (lo siento, has leído bien). Y se pone a soplar.
Lo que pase
entonces con tu identidad y autoestima dependerá –cuidado, spoiler- de qué casa hayas elegido como hogar. Decide qué cerdito quieres ser.
21 de febrero de 2021
Pisar fregados
No había sido para tanto, la verdad. P. acababa de pisarme el suelo recién fregado. Debía andar con prisa o ir despistado, qué se yo. Aunque se había disculpado con un ligero gesto, aquello me había sentado fatal. De todas formas, en seguida me descubrí sonriendo al darme cuenta de la desproporción entre su pequeño descuido y mi disgusto, que podríamos calificar de mediano.
Que te pisen el fregado, aunque sea sin mala intención, implica un cierto desprecio. No se acaba el mundo, no te han detectado un cáncer, pero no te hace gracia. Acabas de hacer un pequeño servicio dedicando algo de tiempo y cariño, has puesto incluso buena cara, has canturreado. Y alguien pasa por allí e ignora tu esfuerzo. Tu esfuerzo mínimo, por supuesto, pero real.
Supongo que despreciar el trabajo de los demás nunca es bueno. Ahora bien, despreciar tareas humildes y pequeñas -como fregar el suelo- es particularmente malo. Miguel Ángel no necesita que nadie aplauda su Pietá, ni Leo Messi sus goles. Los genios pueden soportar cierta indiferencia. En esos casos, el problema lo tiene el ceporro que no es capaz de apreciar las obras maestras. El bedel, la chacha, el camarero, sin embargo, necesitan que les demostremos que valoramos su trabajo, porque es realmente valioso, y sin él nuestra vida sería mucho peor. Y eso se hace, entre mil formas, no pisando suelos fregados.
Echo la vista atrás y pierdo la cuenta de cuantas miles de veces habré pisado fregados en casa, en el portal o en el trabajo, pensando que no era para tanto. Pues bien, 38 años después, empiezo a pensar que quizá sí que lo es. En adelante, salvo verdaderas emergencias, haré lo posible por esperar a que el suelo ya esté seco. Y si la persona que está fregando me dice: "tranquilo, pasa", me propongo responder: "Para nada. Es un gusto lo limpio que está siempre el pasillo, y me gustaría colaborar".
Seguro que esos diez minutos de espera me acercan más al tipo de persona que quiero llegar a ser que la ocupación que me disponía a acometer. Que, además, casi siempre puede esperar.
Eso sí, como P. vuelve a pisarme el suelo recién fregado pienso decirle cuatro cosas, al muy cabrón.









