23 de junio de 2022

Despedidas y presentaciones

 


Mañana Vytas se vuelve a Lituania, después de seis años aquí. Entre los abrazos y despedidas, me ha emocionado especialmente la de Billy, un chino poco inclinado al sentimentalismo que comparte con Vytas la pasión por el baloncesto. Con una ancha sonrisa, mientras le daba tres golpecitos en el hombro, le ha dicho: "nos vemos en el próximo partido". Y ya está. 

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Hoy también he ido a presentarme a MB, una catedrática amiga de un amigo que puede ser un buen enganche para volver a Roma en alguna otra ocasión. Me ha atendido de maravilla. Hemos tomado un agua con gas en una sala de estudio muy bonita del Instituto Sturzo, con unos frescos preciosos aunque algo dañados, muy en sintonía con el ambiente entre noble y decadente del barrio de Ripeta.

Se había leído mi artículo, lo traía subrayado y me lo ha criticado con una ancha sonrisa. Me ha dedicado más de una hora, en la que hemos charlado de muchas cosas, entre otras de la verdadera jerarquía de la Iglesia, la jerarquía de la santidad. Mientras hablábamos han pasado a despedirse de ella dos o tres colegas y el conserje. Todos sonreían mucho, como en el show de Truman pero de verdad.

Me ha parecido una mujer amable, profunda, cercana y simpática. Vamos, que ella sola, en una hora, me ha reconciliado con Italia. Yo también he sonreído mucho al despedirme, aunque también me ha dado un poco de pena.

10 de junio de 2022

Vete tú a saber

 

Creo que lo máximo a lo que puede aspirar un escritor es a incorporar su nombre propio a un idioma en foma de nombre o adjetivo común. En castellano creo que solo conozco los siguientes casos: kafkiano, homérico y dantesco. También se utilizan orwelliano y galdosiano, aunque -sin quitarles mérito- me gustan menos: orwelliano es demasiado específico, y además no está admitido por la Academia; galdosiano, por su parte, me parece un pelín pedante. Es curioso que, a excepción de galdosiano, ninguno de estos adjetivos proviene de un escritor en español, lo que tiene más mérito.

También es top, pero menos, acuñar un adjetivo con uno de tus personajes. Ahora mismo solo se me ocurre quijotesco, pero seguro que hay más.

Otra cosa molona, a otro nivel, es conseguir generalizar una expresión "basada en hechos reales" de tu vida. Leyendo una biografía del Papa Luna (Benedicto XIII), he aprendido que la expresión "mantenerse en sus trece" viene precisamente de él, de su tozudez por aferrarse al cargo y no reconocer la legitimidad de otro pontífice. Por cierto, ya que estamos, quede constancia de que Benedicto XIII era un tío valiente y recto, que defendió con uñas y dientes cosas bastante importantes. Habrá que ir a Peñíscola a rendirle un pequeño tributo y a tomarse un helado.

Volviendo a los adjetivos: a lo mejor dentro de cien años el adjetivo "juanxino" resulta muy común en Goa o en Hungría. Que se lo digan si no al bueno de Kafka, que murió hace casi cien años en el más completo anonimato y pidió a su albacea que destruyera todos sus manuscritos. Al tiempo.

3 de junio de 2022

De lo que se entera uno


Yo creía que el árbol de hoja perenne no perdía nunca su hoja. Pero no. Se llama así porque las pierde de forma regular durante todo el año, con lo que tienes que estar barriendo pinocha siempre. O perennemente, que viene a ser lo mismo.

Sé de lo que hablo. Créeme.


1 de junio de 2022

Hacer "cool" la virtud

No puedo evitarlo. Cada vez que veo una M de McDonald siento una atracción casi fatal. Y eso que han pasado años desde que dejé de disfrutar de esos restaurantes: demasiado ruido, demasiadas prisas, demasiados restos en la bandeja. Aunque mi cabeza y mi paladar han aprendido que McDonald no es la Meca de la gastronomía, mi corazón todavía permanece fiel a Ronald.

Algo parecido me pasa con los ferrero rocher. De pequeño los veía como el culmen del placer y el buen gusto confitero; hoy sé que son un dulce resultón, pero poco fino y algo rudimentario. De todos modos, este conocimiento no impide que al ver un ferrero algo en mi interior siga confiando en la promesa de felicidad que ese bombón contiene, con su envoltorio dorado y arrugadito. Ferrero Rocher. Limusinas. Copas de champán. Mujeres de trajes satinados y hombres con pajarita.

Esta disonancia entre la promesa y la satisfacción que experimento ante un McDonald o un ferrero evidencian la genialidad del marketing de estas dos empresas, que han rodeado sus productos de un aurea de felicidad o distinción casi inefables.

Creo que al concepto de virtud le vendría bien una operación de marketing similar. A día de hoy, es una palabra poco atractiva, que suena a monserga y da bastante pereza.

En general, la palabra virtud nos evoca un hábito difícil de adquirir, que ayuda a perseguir bienes deseables pero arduos. De algún modo, nos representamos al virtuoso como un jabato que a fuerza de sudor logra sus objetivos, apretando los dientes. Gran error, ya que el virtuoso es exactamente lo contrario: quien realiza las cosas buenas fácilmente.

El tío deportista no va a correr renegando, en un ejercicio de estoicismo heroico exigido por la báscula, sino que está deseando salir a correr. El virtuoso del piano no es quien más suda al teclado, sino quien mejor acaricia sus teclas. El diligente no necesita esfuerzos hercúleos para trabajar un lunes, sino que lo hace sin dramatismos, con humor.

La virtud no es una especie de marrón al que aspirar porque “hay que ser buenos”, sino un trampolín que nos facilita conseguir nuestros objetivos. Es como esas bicis con ayuda al pedaleo, que nos permiten subir rampas como si fuéramos Induráin. Como es lógico, conseguir una virtud exige esfuerzo, pero a la larga nos simplifica la vida enormemente.

Habría que hacer algo con el concepto de virtud. Ponerle kétchup o una piscina de bolas cerca. Qué sé yo. Porque una vida virtuosa no es aburrida, como puede parecer, sino el camino más recto y más fácil hacia la felicidad. Igual con un envoltorio dorado y arrugadito...

11 de mayo de 2022

Cuestión de preferencias

Desde este curso el máster es exclusivamente online.

Sentado en mi escritorio, intento exponer mis argumentos de forma interesante, mirando la pantalla del ordenador invadida por círculos de colores con iniciales, que presuntamente representan atentos e interesados estudiantes, vete tú a saber. Bueno, mejor no vayas.

Lanzo preguntas al vacío, que solo encuentran un silencio tecnológico, esponjoso, quebrado finalmente por algún estudiante compasivo, que desde su butaca -¿y en pijama?- siente pena por mí y se decide a tomar la palabra.

Y claro, me aburro infinitamente, aunque procuro disimularlo sonriendo a mi webcam. Es todo muy deprimente.

Me declaro agnóstico de la formación reglada online.

Creo que lo más honesto sería despedirme amablemente y abandonar el claustro de profesores del máster. Pero soy amigo de los organizadores. Son buena gente. Me pagan unos eurillos. Y además, dedicar un par de tardes al año a hablar al aire de temas que ya tengo preparados y me interesan no es tampoco ningún drama. Podría seguir… quizá sería hasta lo educado.

De todos modos, algo me dice que debo dejarlo. Ahora es el máster. El año que viene serán los congresos y las conferencias. Después las clases presenciales en la universidad. Y, cuando quiera darme cuenta, ya solo quedarán mi pantalla y los círculos de colores con iniciales, para siempre.

Y a mí lo que me gusta es estar con la gente.  Me gusta frotarme el mentón en los congresos, con gesto doctoral. Que me llamen “el conferenciante”. Ver cómo resoplan en tercera fila las estudiantes mientras toman apuntes, agobiadas por no perderse ni una coma de mi –aburridísima- exposición.

Llámame antiguo, pero prefiero el bostezo de un estudiante de carne y hueso a veinticinco emoticonos sonrientes en una plataforma online.

Ahora mismo escribo a los del máster. O mejor, les mando una carta. Me dejo el máster para siempre. Me quedo con los bostezos. Con los bostezos y con alguna de las que resoplan.

5 de mayo de 2022

What the best college teachers do - K. Bain

What the Best College Teachers Do
Ken Bain, 2004


Acabo de releer este libro, con idea de refrescar algunas ideas sobre cómo enseñar bien. Dejo aquí colgado estas notas para poder volver sobre ellas de vez en cuando.

El autor busca y entrevista a profesores con mucho prestigio, y se pregunta qué es exactamente lo que hacen. Entre sus respuestas, destaco las siguientes:

1. Dominan su materia y están al día de los debates que la misma suscita.

2. Prestan atención a los alumnos, esperan mucho de ellos. Parten de lo que el estudiante sabe y de lo que puede interesarle.

3. Centran su materia en torno a las grandes preguntas que ésta trata de responder. El mal profesor llega a clase y comienza a dar materia –a ofrecer respuestas- sin haber siquiera concretado las preguntas.

4. Su enseñanza es bastante práctica: fomentan el pensamiento crítico y el aprendizaje bastando en la resolución de problemas de la vida real.

Aunque ahora me toca rumiar un poco el libro, de entrada pienso que a la hora de impartir un curso o dar una clase debería preguntarme:

- ¿Cuál es el problema clave aquí? ¿A qué estamos intentando responder?
- ¿Por qué es un problema relevante? (So what?) ¿Qué interés tiene en mi vida y en la de mis estudiantes?
- ¿Cómo pueden aprender este asunto de forma activa?
- ¿Cómo pueden aplicar lo aprendido en su vida o su práctica profesional?
- ¿Qué conexiones existen entre este problema y otros problemas de otras ramas del Derecho o de otras ciencias?

Dicho esto, dejo algunas citas literales del libro, algo desordenadas.

Comentario introductorio. Destaco el estar al día de las discusiones de su ámbito
Without exception, outstanding teachers know their subjects extremely well. They are all active and accomplished scholars, artists, or scientists. Some have long and impressive publication lists, the kind the academy has long valued. Others have more modest records; or in a few cases, virtually none at all. But whether well published or not, the outstanding teachers follow the important intellectual and scientific or artistic developments within their fields, do research, have important and original thoughts on their subjects, study carefully and extensively what other people are doing in their fields, often read extensively in other fields (sometimes far distant from their own), and take a strong interest in the broader issues of their disciplines: the histories, controversies, and epistemological discussions. In short, they can do intellectually, physically, or emotionally what they expect from their students.

A. Esperan más
Simply put, the best teachers expect “more.”
The best teachers we encountered expect “more” from their students. Yet the nature of that “more” must be distinguished from expectations that may be “high” but meaningless, from goals that are simply tied to the course rather than to the kind of thinking and acting expected of critical thinkers.

B. Fijarse en las preguntas
What is the key problem we face here? What are we trying to solve?
“We define the questions that our course will help them to answer,” another reminded us, “but we want them, along the way, to develop their own set of rich and important questions about our discipline and our subject matter.”
They stress the beauty, utility, or intrigue of the questions they try to answer with their students, and they pursue answers to questions rather than simply the “learning of information.”
might begin,” one professor told us, “by trying to write down the largest question that the course would address. I would then list the questions that one would need to explore to address the larger issue
Jeanette Norden argued that every discipline can find ways “to confront students with questions of who they are as human beings.”
An intriguing question or problem is the first of five essential elements that make up the natural critical learning environment.
Many teachers never raise questions; they simply give students answers.

C. ¿Por qué esto es relevante? Ampliar el foco
Best teachers avoid the language of demands and use the vocabulary of promises instead.
University of California, invokes the principle of what he calls “WGAD”—“Who gives a damn?”
In contrast, the best teachers tend to embed the discipline’s issues in broader concerns, often taking an interdisciplinary approach to problems.

D. Empezar por el alumno. Qué sabe? Qué le interesa?
“My strongest feeling about teaching is that you must begin with the student.
Start with something that, as Sandel put it, “students care about, know, or think they know, rather than just lay out a blueprint or an outline or tale or theory or account of our own.”
I could give them detailed instructions on how to hold the bat, where to stand, how to look for the ball from the pitcher, and how to swing, never letting them hold a bat until they had heard several lectures on the subject. Or, I could give them a bat and allow them to take a few swings, after which I might find one thing that the kid is doing, which if adjusted, would make him a better hitter.”

E. Solución de problemas
People learn naturally while trying to solve problems that concern them.
Third, the natural critical learning environment also engages students in some higher-order intellectual activity: encouraging them to compare, apply, evaluate, analyze, and synthesize, but never only to listen and remember.
A simple yet profound perception guides the natural critical learning experience: People tend to learn most effectively (in ways that make a sustained, substantial, and positive influence on the way they act, think, or feel) when (1) they are trying to solve problems (intellectual, physical, artistic, practical, or abstract) that they find intriguing, beautiful, or important; (2) they are able to do so in a challenging yet supportive environment in which they can feel a sense of control over their own education; (3) they can work collaboratively with other learners to grapple with the problems; (4) they believe that their work will be considered fairly and honestly; and (5) they can try, fail, and receive feedback from expert learners in advance of and separate from...

F. Otras cosas

Thought of teaching as anything they might do to help and encourage students to learn.
“I also tell them that my decision to teach the class includes the commitment to offer sessions worth attending, and I ask them to let me know if they think I’m not doing that.”
Thus it seeks ways to provide learners with feedback rather than simply judge their efforts. What level of interaction can I have with each student? Will I have time to talk with students individually in addition to reading their work?
In general, they looked for the diamonds in the rough, took all their students seriously, and treated each one with respect.
Her classes, she explained, were in her view like a great meal she had prepared, and she simply wished to invite her students to the dinner table.
They know how to simplify and clarify complex subjects, to cut to the heart of the matter with provocative insights.