11 de septiembre de 2022

Joga bonito

 

La  pleamar de mal gusto me pone melancólico. Como reacción, me he propuesto llevar una vida elegante, bonita. Me gustaría ser de fábrica más creativo, más original y más apuesto. Pero tengo las cartas que me han tocado. Aún así, y sabiendo que mis esfuerzos pasarán desapercibidos al 99.9999% de la Humanidad, aspiro a llevar una vida no solo buena o verdadera, sino sobre todo bonita. Pues bien, dando vueltas a estas ideas hoy me he topado en el office de mi residencia con estos tuppers para las sobras. Y claro, me he emocionado.

Ojalá en cada trabajo, en cada gesto, pueda poner un poco de este buen gusto. Vamos a intentarlo.

***

Hoy he ido a dar un paseo y a ver cantar a unos amigos, que tienen un grupo de música "solidario" y tocan en ferias y eventos de carácter social. Actuaban en la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Mis colegas son cuarentones o cincuentones, y cantan temas ochenteros metiendo tripa y con gorras que disimulen un poco su calvicie. Público variado: sus familias, niños, curiosos, paseantes...


En un momento invitan a cantar a voluntarios, y suben al escenario tres adolescentes "que pasaban por allí". Un chaval con una camiseta de la nasa y melena rubia; y sus dos ¿hermanas?, con pantalones apretados, una con un top y otra con lo que toda la vida se ha conocido como un sujetador. Su padre, fibrado, hortera, moreno, les graba con un móvil. Pues bien, de los tres espontáneos llama la atención la del top, una adolescente de melena rubia que canta y baila las canciones -sufre mamón, Venecia, insoportable-  entusiasmada, como un niño el día de reyes. 

En mi manual, esa chica y su ombligo al aire están en la sección de los "equivocados", en "carne de  desorientación feminista y woke". Pero a ella no parecía importarle: estaba allí tan feliz, cantando y botando con sus hermanos totalmente desinhibida, entusiasmada. Y su alegría era realmente contagiosa.

Me pregunto cuándo es la última vez que yo me he sentido y he sido capaz de contagiar algo así. Tendré que revisar mi manual.

18 de agosto de 2022

Media vida. O no.

Un buen número de iglesias de Inglaterra y Gales están rodeadas de cementerios antiguos, con césped y lápidas. Las lápidas -casi todas del siglo XIX- son "unifamiliares", y consignan todas las personas que están sepultadas debajo, con su nombre, la fecha del deceso y la edad que tenían al morir.

El otro día, tras una romería en la iglesia de St Mary the Virgin, en Prestwich, me entretuve leyendo algunas lápidas. En casi todas había referencias de personas que fallecieron muy jóvenes, con pocos meses o años. Aunque ya sabía que la mortalidad infantil era muy alta hasta bien entrado el siglo XX, leer los nombres de esos niños o adolescentes muertos, junto con el de sus padres, me dio bastante pena. Una cosa es estudiar una estadística de supervivencia en un libro de Historia y otra bien distinta rezar sobre una tumba concreta con nombres propios.

Como dentro de poco cumplo 40 años, llevo unos meses pensando en "la mitad de la vida" y en lo que me gustaría hacer en la segunda mitad, que inevitablemente parece que encaro. Pues bien, tras el paseo por el cementerio me he dado cuenta de que ya he vivido mucho más que muchísimas personas, y de que a lo mejor no me queda media vida, sino bastante menos. Dios dirá.

Con lo vivido hasta aquí yo ya estoy agradecido. Vamos a intentar hacer un buen papel en el tiempo que nos queda, esperando lo maravilloso pero sin olvidar que esto no deja de ser un gran víspera, un buen sábado santo. Como leí en unos diarios de Jiménez Lozano, la vida está bien, pero no remata. De hecho, si uno lo piensa bien, no hay una gran diferencia entre vivir 22, 37 ó 79 años. Lo importante no es vivir mucho, sino vivir bien. Hoy. Ahora.

Para cerrar este post os dejo una de mis poesías favoritas de Jiménez Lozano. Quizá no es la primera vez que la reproduzco en el blog, pero no importa. Hay que leerla de vez en cuando. Se titula "El precio", y dice así:

Matinales neblinas, tardes rojas,
doradas; noches fulgurantes,
y la llama, la nieve;
canto del cuco, aullar de perros,
silente luna, grillos, construcciones de escarcha;
amapolas, acianos, y desnudos
árboles de invierno entre la niebla;
los ojos y las manos de los hombres, el amor y la dulzura
de los muslos, de un cabello de plata, o de color caoba;
historias y relatos, pinturas, y una talla.
Todo esto hay que pagarlo con la muerte.
Quizás no sea tan caro.
 
Yo creo que no, la verdad, aunque no sé qué dirían los niños del cementerio de la Iglesia de Saint Mary the Virgin, de Prestwich.

13 de agosto de 2022

De museos en Manchester y Liverpool

Estoy pasando unos días en Reino Unido. Sin buscarlos demasiado, he entrado en dos o tres museos con los que he tropezado en mis paseos por la ciudad.

Como siempre, lo primero que hago es ir a la tienda, para hacerme una idea de lo que me encontraré en el museo. Hace un par de días me llevé una grata sorpresa: estaba en el museo de Lowry, un pintor a quien no conocía, pero del que hace unos años (tras una visita al Fitzwilliam Museum de Cambride) compré una postal que me hizo mucha gracia, que he tenido bastante tiempo colgada en el corcho del despacho. La pintura se llama: After the wedding. Me gusta el tono de normalidad que respira la escena, tan alejada de los excesos que rodean a las bodas actualmente. Tengo la impresión de que la imagen de Lowry representa bastante mejor lo que es un matrimonio que los vídeos con drones y las fotos editadas que suelen "inmortalizar" las bodas de hoy. Este es el cuadro:


Entre las obras que había en el museo de Mánchester me gustó especialmente La Carreta. Es típico cuadro que a primera vista parece que podría haber hecho cualquiera, pero que si lo miras un rato te das cuenta de que no. Como tirar un penalti a lo panenka. El burro, sin ir más lejos, me parece sencillamente insuperable.


Ayer estuvimos en la Tate de Liverpool. En la tienda había objetos muy chulos, y no pude resistirme a comprar tres cuadernos de notas con portadas de Terry Frost. Ni conocía al tío ni necesitaba cuadernos, y además eran un poco caros. Pero luego pensé que no hay color entre utilizar un cuaderno de Terry Frost que te has comprado en la Tate de Liverpool con J. e I. o utilizar una libreta Guerrero que has comprado en el chino de la esquina, con lo que me animé a comprarlos. Por cierto, preparando esta entrada he visto otras obras de Frost, que me han gustado mucho y me han resultado curiosamente parecidas a algunas de Sardá que llevan años colgando en mi cuarto de estar. Qué cosas.

Aquí os dejo la foto de los cuadernos antes de comprarlos.

23 de julio de 2022

Resultó que el tío era un verdadero genio


Estos días he estado escuchando algunas canciones relativamente recientes de Un Pingüino en mi Ascensor. 

Mientras me reía con temas como "Supergilipollas" o "No es el mejor momento para hacerse perroflauta" he caído en la cuenta de que el Pingüino lleva haciendo el mismo tipo de música popera (mala) y algo payasa más de treinta años. Ahí es nada.

El tío no es Mark Knofler ni Bob Dylan. Nunca ha estado en el top ten de nada. Alguien dirá que no deja de ser un friki, un matadillo, un pelao. Y no le faltará razón. Pero oye, disfruta con lo que hace y ahí sigue, en la brecha. Haciendo lo que le gusta. Fiel a su estilo y a los cuatro gatos  -que luego resulta que somos algunos más- que llevamos toda la vida echándonos unas risas con sus canciones.

Creo que la perseverancia del Pingüino en su pop cachondo y nasal encierra una gran lección: no todos tenemos que ser unos cracks, no pasa nada por no ser el mejor. Los temitas gamberros (¿inmortales?) del Pingüino -El Balneario, CAMP, Espiando a mi vecina- nos enseñan a reirnos de la hybris por la excelencia que escurre en los libros de autoayuda y en miles de infumables charlas TED. Nuestro pueblo no es Manhattan; nuestra novia es normalita; y nuestra historia de superación es absolutamente soporífera. Cuanto antes seamos capaces de admitirlo, pues mejor. Lo que no quita, oye, que podamos disfrutar de la vida como el que más.

Me gusta pensar que 10argumentos tiene algo de esa filosofía "pingüinil". Ya son 16 años escribiendo cosillas, sin preocuparme demasiado de si me leen mucho o poco. Desde hace tiempo todos tenemos claro que no voy a ser el nuevo Jiménez Lozano ni el siguiente Paco Umbral. Mis post son absolutamente prescindibles. Pero oye, aquí sigo, aquí seguimos. En la brecha. Escribiendo para los amigos y pasándomelo bien. 

De tarde en tarde, además, recibo algún mensaje animante de mis incondicionales -Fuli, Drulo, Pau, Titotitao...- parecido a los comentarios que dejan en YouTube los fans del Pingüino: "Leyenda", "Midas", "Titán", "Historia de la música", o "piel de gallina, pelos como escarpias". Comentarios exagerados, divertidos, que que nadie termina de creerse... pero no importa. Porque son sinceros, y, si lo piensas despacio, tienen su parte de verdad.

1 de julio de 2022

Txoria txori


El otro día estuvimos cantando y tocando la guitarra después de cenar. Como en los viejos tiempos. Alguien debería pensar algo para preservar estas "veladas" musicales en las noches de verano, cantando a cielo abierto con los amigos y bebiendo pacharán.

Con su voz poderosa -pecho de búfalo- H. cantó Txoria Txori ("el pájaro, pájaro es"), una canción en euskera realmente bonita. Al terminar nos tradujo la letra: 

"Si le hubiera cortado las alas habría sido mío,

no se me habría escapado.

Pero así habría dejado de ser pájaro.

Pero así habría dejado de ser pájaro.

Y yo... yo lo que amaba era el pájaro.

Y yo... yo lo que amaba era el pájaro".

No sé qué me gustó más. Si la interpretación solemne y poderosa de H., pecho de búfalo, o la letra sencilla, grave, profunda.

A la mañana siguiente, comentando cuánto me había gustado la canción del pájaro, P. intentó pincharme el globo señalando que el tema del pájaro sin alas o atrapado por el hombre estaba ya muy manido. "De hecho -apuntó con un toque erudito-, existe constancia de un poema de hace unos cuatro mil años que trata exactamente de ese asunto".

Y ahí está precisamente el misterio. En que 4.000 años después seguimos poniendo música y letra a la misma historia, y cantándola entre alegres y melancólicos bajo las mismas estrellas en las noches de verano.

Txoria txori. Yo lo que amaba era el pájaro. Y el pacharán y las guitarras y las noches de verano. Que también nos alegran un ratito y, después, se marchan volando.

23 de junio de 2022

Despedidas y presentaciones

 


Mañana Vytas se vuelve a Lituania, después de seis años aquí. Entre los abrazos y despedidas, me ha emocionado especialmente la de Billy, un chino poco inclinado al sentimentalismo que comparte con Vytas la pasión por el baloncesto. Con una ancha sonrisa, mientras le daba tres golpecitos en el hombro, le ha dicho: "nos vemos en el próximo partido". Y ya está. 

****

Hoy también he ido a presentarme a MB, una catedrática amiga de un amigo que puede ser un buen enganche para volver a Roma en alguna otra ocasión. Me ha atendido de maravilla. Hemos tomado un agua con gas en una sala de estudio muy bonita del Instituto Sturzo, con unos frescos preciosos aunque algo dañados, muy en sintonía con el ambiente entre noble y decadente del barrio de Ripeta.

Se había leído mi artículo, lo traía subrayado y me lo ha criticado con una ancha sonrisa. Me ha dedicado más de una hora, en la que hemos charlado de muchas cosas, entre otras de la verdadera jerarquía de la Iglesia, la jerarquía de la santidad. Mientras hablábamos han pasado a despedirse de ella dos o tres colegas y el conserje. Todos sonreían mucho, como en el show de Truman pero de verdad.

Me ha parecido una mujer amable, profunda, cercana y simpática. Vamos, que ella sola, en una hora, me ha reconciliado con Italia. Yo también he sonreído mucho al despedirme, aunque también me ha dado un poco de pena.

10 de junio de 2022

Vete tú a saber

 

Creo que lo máximo a lo que puede aspirar un escritor es a incorporar su nombre propio a un idioma en foma de nombre o adjetivo común. En castellano creo que solo conozco los siguientes casos: kafkiano, homérico y dantesco. También se utilizan orwelliano y galdosiano, aunque -sin quitarles mérito- me gustan menos: orwelliano es demasiado específico, y además no está admitido por la Academia; galdosiano, por su parte, me parece un pelín pedante. Es curioso que, a excepción de galdosiano, ninguno de estos adjetivos proviene de un escritor en español, lo que tiene más mérito.

También es top, pero menos, acuñar un adjetivo con uno de tus personajes. Ahora mismo solo se me ocurre quijotesco, pero seguro que hay más.

Otra cosa molona, a otro nivel, es conseguir generalizar una expresión "basada en hechos reales" de tu vida. Leyendo una biografía del Papa Luna (Benedicto XIII), he aprendido que la expresión "mantenerse en sus trece" viene precisamente de él, de su tozudez por aferrarse al cargo y no reconocer la legitimidad de otro pontífice. Por cierto, ya que estamos, quede constancia de que Benedicto XIII era un tío valiente y recto, que defendió con uñas y dientes cosas bastante importantes. Habrá que ir a Peñíscola a rendirle un pequeño tributo y a tomarse un helado.

Volviendo a los adjetivos: a lo mejor dentro de cien años el adjetivo "juanxino" resulta muy común en Goa o en Hungría. Que se lo digan si no al bueno de Kafka, que murió hace casi cien años en el más completo anonimato y pidió a su albacea que destruyera todos sus manuscritos. Al tiempo.

3 de junio de 2022

De lo que se entera uno


Yo creía que el árbol de hoja perenne no perdía nunca su hoja. Pero no. Se llama así porque las pierde de forma regular durante todo el año, con lo que tienes que estar barriendo pinocha siempre. O perennemente, que viene a ser lo mismo.

Sé de lo que hablo. Créeme.


1 de junio de 2022

Hacer "cool" la virtud

No puedo evitarlo. Cada vez que veo una M de McDonald siento una atracción casi fatal. Y eso que han pasado años desde que dejé de disfrutar de esos restaurantes: demasiado ruido, demasiadas prisas, demasiados restos en la bandeja. Aunque mi cabeza y mi paladar han aprendido que McDonald no es la Meca de la gastronomía, mi corazón todavía permanece fiel a Ronald.

Algo parecido me pasa con los ferrero rocher. De pequeño los veía como el culmen del placer y el buen gusto confitero; hoy sé que son un dulce resultón, pero poco fino y algo rudimentario. De todos modos, este conocimiento no impide que al ver un ferrero algo en mi interior siga confiando en la promesa de felicidad que ese bombón contiene, con su envoltorio dorado y arrugadito. Ferrero Rocher. Limusinas. Copas de champán. Mujeres de trajes satinados y hombres con pajarita.

Esta disonancia entre la promesa y la satisfacción que experimento ante un McDonald o un ferrero evidencian la genialidad del marketing de estas dos empresas, que han rodeado sus productos de un aurea de felicidad o distinción casi inefables.

Creo que al concepto de virtud le vendría bien una operación de marketing similar. A día de hoy, es una palabra poco atractiva, que suena a monserga y da bastante pereza.

En general, la palabra virtud nos evoca un hábito difícil de adquirir, que ayuda a perseguir bienes deseables pero arduos. De algún modo, nos representamos al virtuoso como un jabato que a fuerza de sudor logra sus objetivos, apretando los dientes. Gran error, ya que el virtuoso es exactamente lo contrario: quien realiza las cosas buenas fácilmente.

El tío deportista no va a correr renegando, en un ejercicio de estoicismo heroico exigido por la báscula, sino que está deseando salir a correr. El virtuoso del piano no es quien más suda al teclado, sino quien mejor acaricia sus teclas. El diligente no necesita esfuerzos hercúleos para trabajar un lunes, sino que lo hace sin dramatismos, con humor.

La virtud no es una especie de marrón al que aspirar porque “hay que ser buenos”, sino un trampolín que nos facilita conseguir nuestros objetivos. Es como esas bicis con ayuda al pedaleo, que nos permiten subir rampas como si fuéramos Induráin. Como es lógico, conseguir una virtud exige esfuerzo, pero a la larga nos simplifica la vida enormemente.

Habría que hacer algo con el concepto de virtud. Ponerle kétchup o una piscina de bolas cerca. Qué sé yo. Porque una vida virtuosa no es aburrida, como puede parecer, sino el camino más recto y más fácil hacia la felicidad. Igual con un envoltorio dorado y arrugadito...

11 de mayo de 2022

Cuestión de preferencias

Desde este curso el máster es exclusivamente online.

Sentado en mi escritorio, intento exponer mis argumentos de forma interesante, mirando la pantalla del ordenador invadida por círculos de colores con iniciales, que presuntamente representan atentos e interesados estudiantes, vete tú a saber. Bueno, mejor no vayas.

Lanzo preguntas al vacío, que solo encuentran un silencio tecnológico, esponjoso, quebrado finalmente por algún estudiante compasivo, que desde su butaca -¿y en pijama?- siente pena por mí y se decide a tomar la palabra.

Y claro, me aburro infinitamente, aunque procuro disimularlo sonriendo a mi webcam. Es todo muy deprimente.

Me declaro agnóstico de la formación reglada online.

Creo que lo más honesto sería despedirme amablemente y abandonar el claustro de profesores del máster. Pero soy amigo de los organizadores. Son buena gente. Me pagan unos eurillos. Y además, dedicar un par de tardes al año a hablar al aire de temas que ya tengo preparados y me interesan no es tampoco ningún drama. Podría seguir… quizá sería hasta lo educado.

De todos modos, algo me dice que debo dejarlo. Ahora es el máster. El año que viene serán los congresos y las conferencias. Después las clases presenciales en la universidad. Y, cuando quiera darme cuenta, ya solo quedarán mi pantalla y los círculos de colores con iniciales, para siempre.

Y a mí lo que me gusta es estar con la gente.  Me gusta frotarme el mentón en los congresos, con gesto doctoral. Que me llamen “el conferenciante”. Ver cómo resoplan en tercera fila las estudiantes mientras toman apuntes, agobiadas por no perderse ni una coma de mi –aburridísima- exposición.

Llámame antiguo, pero prefiero el bostezo de un estudiante de carne y hueso a veinticinco emoticonos sonrientes en una plataforma online.

Ahora mismo escribo a los del máster. O mejor, les mando una carta. Me dejo el máster para siempre. Me quedo con los bostezos. Con los bostezos y con alguna de las que resoplan.