
El sábado pasado publicaba el diario El Mundo una entrevista con el “científico” Peter Singer, en la que éste afirmaba: “Los simios son animales inteligentes y sensibles y merecen más protección que un embrión humano”.
A lo largo de la entrevista también decía, como de pasada, que los derechos deben atribuirse a los sujetos en función de sus capacidades. Tengo la dicha de ser uno de los miles de españoles licenciados en Derecho y a mí, como supongo que a todo jurista, me dio un escalofrío al leer semejante aserto.
Distribuir derechos en función de las capacidades suena muy bien, pero es más que peligroso. ¿Qué capacidades se bonifican? ¿Quién decide cuáles? Podemos dar derechos por ser más listo, más inteligente, más veloz, más locuaz, más trabajador. Así, y espero que el señor Singer apoye mis iniciativas, propongo que a los elefantes se les reconozcan derechos por tener la mayor memoria; a las hormigas, por su capacidad de trabajo; a los africanos, por su velocidad (a los guepardos africanos, se entiende); a las águilas, por su vista.
Mientras sigamos vinculando los derechos a las capacidades, y no a algo que está más allá –la condición humana-, estaremos en peligro de caer bajo las teorías de sujetos como el señor Singer, Benito o Adolfo. Salvo que hablemos de la capacidad, única y exclusiva, compartida por el embrión humano, de amar y ser amados de un modo trascendente.