1 de julio de 2022

Txoria txori


El otro día estuvimos cantando y tocando la guitarra después de cenar. Como en los viejos tiempos. Alguien debería pensar algo para preservar estas "veladas" musicales en las noches de verano, cantando a cielo abierto con los amigos y bebiendo pacharán.

Con su voz poderosa -pecho de búfalo- H. cantó Txoria Txori ("el pájaro, pájaro es"), una canción en euskera realmente bonita. Al terminar nos tradujo la letra: 

"Si le hubiera cortado las alas habría sido mío,

no se me habría escapado.

Pero así habría dejado de ser pájaro.

Pero así habría dejado de ser pájaro.

Y yo... yo lo que amaba era el pájaro.

Y yo... yo lo que amaba era el pájaro".

No sé qué me gustó más. Si la interpretación solemne y poderosa de H., pecho de búfalo, o la letra sencilla, grave, profunda.

A la mañana siguiente, comentando cuánto me había gustado la canción del pájaro, P. intentó pincharme el globo diciéndome que el tema del pájaro sin alas o atrapado por el hombre estaba ya muy manido. "De hecho -me señaló con un toque erudito-, existe constancia de un poema de hace unos cuatro mil años que trata exactamente de ese asunto".

Y ahí está precisamente el misterio. En que 4.000 años después seguimos poniendo música y letra a la misma historia, y cantándola entre alegres y melancólicos bajo las mismas estrellas en las noches de verano.

Txoria txori. Yo lo que amaba era el pájaro. Y el pacharán y las guitarras y las noches de verano. Que también nos alegran un ratito y, después, se marchan volando.

23 de junio de 2022

Despedidas y presentaciones

 


Mañana Vytas se vuelve a Lituania, después de seis años aquí. Entre los abrazos y despedidas, me ha emocionado especialmente la de Billy, un chino poco inclinado al sentimentalismo que comparte con Vytas la pasión por el baloncesto. Con una ancha sonrisa, mientras le daba tres golpecitos en el hombro, le ha dicho: "nos vemos en el próximo partido". Y ya está. 

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Hoy también he ido a presentarme a MB, una catedrática amiga de un amigo que puede ser un buen enganche para volver a Roma en alguna otra ocasión. Me ha atendido de maravilla. Hemos tomado un agua con gas en una sala de estudio muy bonita del Instituto Sturzo, con unos frescos preciosos aunque algo dañados, muy en sintonía con el ambiente entre noble y decadente del barrio de Ripeta.

Se había leído mi artículo, lo traía subrayado y me lo ha criticado con una ancha sonrisa. Me ha dedicado más de una hora, en la que hemos charlado de muchas cosas, entre otras de la verdadera jerarquía de la Iglesia, la jerarquía de la santidad. Mientras hablábamos han pasado a despedirse de ella dos o tres colegas y el conserje. Todos sonreían mucho, como en el show de Truman pero de verdad.

Me ha parecido una mujer amable, profunda, cercana y simpática. Vamos, que ella sola, en una hora, me ha reconciliado con Italia. Yo también he sonreído mucho al despedirme, aunque también me ha dado un poco de pena.

10 de junio de 2022

Vete tú a saber

 

Creo que lo máximo a lo que puede aspirar un escritor es a incorporar su nombre propio a un idioma en foma de nombre o adjetivo común. En castellano creo que solo conozco los siguientes casos: kafkiano, homérico y dantesco. También se utilizan orwelliano y galdosiano, aunque -sin quitarles mérito- me gustan menos: orwelliano es demasiado específico, y además no está admitido por la Academia; galdosiano, por su parte, me parece un pelín pedante. Es curioso que, a excepción de galdosiano, ninguno de estos adjetivos proviene de un escritor en español, lo que tiene más mérito.

También es top, pero menos, acuñar un adjetivo con uno de tus personajes. Ahora mismo solo se me ocurre quijotesco, pero seguro que hay más.

Otra cosa molona, a otro nivel, es conseguir generalizar una expresión "basada en hechos reales" de tu vida. Leyendo una biografía del Papa Luna (Benedicto XIII), he aprendido que la expresión "mantenerse en sus trece" viene precisamente de él, de su tozudez por aferrarse al cargo y no reconocer la legitimidad de otro pontífice. Por cierto, ya que estamos, quede constancia de que Benedicto XIII era un tío valiente y recto, que defendió con uñas y dientes cosas bastante importantes. Habrá que ir a Peñíscola a rendirle un pequeño tributo y a tomarse un helado.

Volviendo a los adjetivos: a lo mejor dentro de cien años el adjetivo "juanxino" resulta muy común en Goa o en Hungría. Que se lo digan si no al bueno de Kafka, que murió hace casi cien años en el más completo anonimato y pidió a su albacea que destruyera todos sus manuscritos. Al tiempo.

3 de junio de 2022

De lo que se entera uno


Yo creía que el árbol de hoja perenne no perdía nunca su hoja. Pero no. Se llama así porque las pierde de forma regular durante todo el año, con lo que tienes que estar barriendo pinocha siempre. O perennemente, que viene a ser lo mismo.

Sé de lo que hablo. Créeme.


1 de junio de 2022

Hacer "cool" la virtud

No puedo evitarlo. Cada vez que veo una M de McDonald siento una atracción casi fatal. Y eso que han pasado años desde que dejé de disfrutar de esos restaurantes: demasiado ruido, demasiadas prisas, demasiados restos en la bandeja. Aunque mi cabeza y mi paladar han aprendido que McDonald no es la Meca de la gastronomía, mi corazón todavía permanece fiel a Ronald.

Algo parecido me pasa con los ferrero rocher. De pequeño los veía como el culmen del placer y el buen gusto confitero; hoy sé que son un dulce resultón, pero poco fino y algo rudimentario. De todos modos, este conocimiento no impide que al ver un ferrero algo en mi interior siga confiando en la promesa de felicidad que ese bombón contiene, con su envoltorio dorado y arrugadito. Ferrero Rocher. Limusinas. Copas de champán. Mujeres de trajes satinados y hombres con pajarita.

Esta disonancia entre la promesa y la satisfacción que experimento ante un McDonald o un ferrero evidencian la genialidad del marketing de estas dos empresas, que han rodeado sus productos de un aurea de felicidad o distinción casi inefables.

Creo que al concepto de virtud le vendría bien una operación de marketing similar. A día de hoy, es una palabra poco atractiva, que suena a monserga y da bastante pereza.

En general, la palabra virtud nos evoca un hábito difícil de adquirir, que ayuda a perseguir bienes deseables pero arduos. De algún modo, nos representamos al virtuoso como un jabato que a fuerza de sudor logra sus objetivos, apretando los dientes. Gran error, ya que el virtuoso es exactamente lo contrario: quien realiza las cosas buenas fácilmente.

El tío deportista no va a correr renegando, en un ejercicio de estoicismo heroico exigido por la báscula, sino que está deseando salir a correr. El virtuoso del piano no es quien más suda al teclado, sino quien mejor acaricia sus teclas. El diligente no necesita esfuerzos hercúleos para trabajar un lunes, sino que lo hace sin dramatismos, con humor.

La virtud no es una especie de marrón al que aspirar porque “hay que ser buenos”, sino un trampolín que nos facilita conseguir nuestros objetivos. Es como esas bicis con ayuda al pedaleo, que nos permiten subir rampas como si fuéramos Induráin. Como es lógico, conseguir una virtud exige esfuerzo, pero a la larga nos simplifica la vida enormemente.

Habría que hacer algo con el concepto de virtud. Ponerle kétchup o una piscina de bolas cerca. Qué sé yo. Porque una vida virtuosa no es aburrida, como puede parecer, sino el camino más recto y más fácil hacia la felicidad. Igual con un envoltorio dorado y arrugadito...

11 de mayo de 2022

Cuestión de preferencias

Desde este curso el máster es exclusivamente online.

Sentado en mi escritorio, intento exponer mis argumentos de forma interesante, mirando la pantalla del ordenador invadida por círculos de colores con iniciales, que presuntamente representan atentos e interesados estudiantes, vete tú a saber. Bueno, mejor no vayas.

Lanzo preguntas al vacío, que solo encuentran un silencio tecnológico, esponjoso, quebrado finalmente por algún estudiante compasivo, que desde su butaca -¿y en pijama?- siente pena por mí y se decide a tomar la palabra.

Y claro, me aburro infinitamente, aunque procuro disimularlo sonriendo a mi webcam. Es todo muy deprimente.

Me declaro agnóstico de la formación reglada online.

Creo que lo más honesto sería despedirme amablemente y abandonar el claustro de profesores del máster. Pero soy amigo de los organizadores. Son buena gente. Me pagan unos eurillos. Y además, dedicar un par de tardes al año a hablar al aire de temas que ya tengo preparados y me interesan no es tampoco ningún drama. Podría seguir… quizá sería hasta lo educado.

De todos modos, algo me dice que debo dejarlo. Ahora es el máster. El año que viene serán los congresos y las conferencias. Después las clases presenciales en la universidad. Y, cuando quiera darme cuenta, ya solo quedarán mi pantalla y los círculos de colores con iniciales, para siempre.

Y a mí lo que me gusta es estar con la gente.  Me gusta frotarme el mentón en los congresos, con gesto doctoral. Que me llamen “el conferenciante”. Ver cómo resoplan en tercera fila las estudiantes mientras toman apuntes, agobiadas por no perderse ni una coma de mi –aburridísima- exposición.

Llámame antiguo, pero prefiero el bostezo de un estudiante de carne y hueso a veinticinco emoticonos sonrientes en una plataforma online.

Ahora mismo escribo a los del máster. O mejor, les mando una carta. Me dejo el máster para siempre. Me quedo con los bostezos. Con los bostezos y con alguna de las que resoplan.

4 de mayo de 2022

Déjate cosas

 

J. intentó repasar en su charla todo aquél documento. Introducción, cinco capítulos principales, dos anexos. Cuatro o cinco ideas por capítulo. Hombre riguroso y cumplidor, cubrió de forma rápida y sucinta todos los temas en el tiempo que le habían dado. A un minuto y medio por idea, más o menos.

Al terminar tuve la sensación de haber visitado un museo haciendo futin. Si lo sé, me pongo un chándal. Habíamos echado un vistazo apresurado a todos los cuadros importantes; no nos habíamos parado delante de ninguno.

Igual aquél repaso era necesario, pero pienso que hubiera sido mejor glosar dos o tres ideas, en lugar de treinta y cinco. Como quien va a un museo a ver un puñado de cuadros. A visitarlos. Te quedas sin ver muchos, claro está, pero tienes tiempo de detenerte ante unos pocos, de preguntarles cosas y dejarte sorprender.

Han pasado cinco días y de la conferencia de J. solo me ha quedado una vaga sensación de apresuramiento y efectividad.