24 de febrero de 2018

Mucho más que un euro



Creo que a todos nos ha pasado. Echas un euro en una máquina expendedora. Aprietas tranquilamente el botón. Esperas. Ningún ruidito, más allá del ruidito de tu euro cayendo dentro del bolsillo del dueño de la máquina. Esperas otro poco y pulsas el botón, algo más fuerte. Pero sigue sin pasar nada. Bueno, pasa que has perdido un euro y se te ha quedado cara de tonto.
Pues bien, lo que hay que hacer es abandonar rápidamente el lugar de los hechos, con dignidad. No ha pasado nada. Es solo un euro. Un euro que hay que olvidar cuanto antes.

Cualquier otra reacción distinta a la huida serena y digna no mejora las cosas.

Apretar el botón una y otra vez, cada vez más fuerte, no vale para nada. Poner cara de enfado y mirar alrededor, acompañando tu gesto con algún que otro aspaviento, sólo hace tu desdicha más evidente, convirtiéndote en objeto de burla o compasión de un hipotético y previsible espectador. Ninguna de esos sentimientos ajenos te va a hacer sentir mejor, ni te va a devolver tu euro. Es más, bajo el foco de la mirada ajena tu cara de tonto y tu enfado se enconarán.

Tampoco te aconsejo buscar al responsable y exigir la devolución de tu moneda, ni llamar al teléfono 900 que está impreso medio borroso en una etiqueta plateada, casi en la base de la máquina. Perderás tiempo y paciencia. Perderás otro euro. ¿Qué esperas de esa llamada? ¿Va a venir un repartidor con gorra a traerte la coca-cola o el sánwich que la máquina se niega a expedirte? ¿Te va a traer un euro? ¿Qué te va a decir el operador del teléfono? ¿Que le des tu número de cuenta para ingresarte un euro? La opción de la llamada es, a todas luces, insatisfactoria. (Salvo que tu objetivo sea satisfacer de manera inmediata una necesidad perentoria de maldecir a alguien, claro. En este caso, te recomiendo el siguiente esquema para la conversación: 1. Introducción educada: Buenos días, lo que tengo que decirle no es nada personal; 2. Maldición propiamente dicha, taco, insulto; 3. Despedida cordial -muchas gracias por su atención y pase un buen día.)

Ahora bien, todavía hay una reacción más irracional: la agresividad que ciertos consumidores frustrados exhiben, golpeando la máquina con la palma de la mano -suavemente, como a un bebé en la espalda animándole a que eructe, o con contundencia, como a una televisión antigua que se resiste a sintonizar-, o incluso directamente dándole patadas rasantes con la punta del pie, o a media altura, flexionando la rodilla y atacando con la planta. El último escalón de este crescendo de decepción y furia consiste en colgarse de la máquina desde un lateral, y zarandearla sobre su base. Todo se ha visto. Quiero pensar que este tipo de reacción violenta obedece más a una necesidad física de dar salida al sentimiento de frustración, que al deseo racional de recuperar un euro. Dan ganas de acercarse al interesado y ofrecerle un euro diciéndole: "Tu euro. Pasa un buen día".

Vuelvo al comienzo. Si no te ha pasado, te pasará, porque las máquinas se tragan monedas. Cuando llegue el momento recuerda esta entrada, y no hagas el ridículo. Disimula, sonríe, aléjate del lugar. Es solo un euro. Un euro que puede joderte la mañana; pero también hacerte feliz, si piensas que ante tamaño revés estás actuando con entereza, con inteligencia emocional, con dominio propio. Es más: recomiendo echar, antes de irte, un segundo euro en la ranura. Con magnanimidad. Ni sándwich ni historias. Esos dos euros perdidos, no te quepa duda, te han hecho mucho más fuerte.

Llámame loco. Pero cada vez que echo una moneda en una máquina de vending, algo dentro de mi anhela que la máquina se trague mi euro.

16 de febrero de 2018

Me supo a verano



El otro día bebí agua de una manguera, y me supo a infancia y a verano. Sobre todo a verano.

PD. Valga esta breve entrada como pequeño homenaje a Josemari Arriola, un grande, que se nos ha ido esta semana. En él también se cumple el poema de D'Ors: "Se marchó, pero qué forma de quedarse". Un amigo más a quien pedirle cosas.

1 de enero de 2018

Mis aventuras de Jeremiah Johnson (o la doble vida de los dos d'Ors)

Esta entrada es un regalo de año nuevo para Luis y para José, asiduos lectores de este blog



Poema de Miguel D'Ors
Mis aventuras de Jeremiah Johnson (o de la doble vida de los dos d'Ors)

Nostalgias de otras vidas: aventura y combate,
no tus horas insípidas
de padre de familia y funcionario
que vive encarcelado en una agenda.

Nostalgia de luchar contra la selva,
de escalar ochomiles
entre el estrépito de los aludes,
de ataques de caníbales armados con curare,
de olas de doce metros en una ballenera,
de entrar en territorio comanche dando escolta
a una destartalada caravana
de colonos pardillos.

Que tu vida —suspiras—
fuese esa caravana que atraviesa Wyoming:
huellas de mocasines junto al río,
carretas que se quedan enfangadas
(vaya irlandeses lerdos),
fustigar a los mulos a voces y empujar
las ruedas con el barro a la cintura;
de pronto, sobre el filo de una loma,
la silueta ecuestre y sigilosa
de unos indios, pie a tierra todo el mundo,
son comanches, vosotros, con los winchester,
apostaos detrás de aquellas rocas,
vosotros, ensillando y al galope a Fort Laramie,
a dar aviso a la Caballería,
buena suerte, muchachos, las mujeres y niños,
detrás de esa carreta volcada —señorita,
hay un maldito indio detrás de cada piedra—,
y usted, doctor, olvide la botella
y meta la cabeza en un cubo de agua:
va a trabajar muy duro esta mañana;
y las primeras flechas y los primeros gritos,
¿ha manejado alguna vez un rifle?,
el olor de la pólvora, alguno de los nuestros
que cae muerto, caballos por el suelo,
y un ardor repentino
mordiéndome en el hombro, y por el horizonte
la trompeta del Séptimo, ¡salvados!, ¿le han herido?,
nada, sólo un rasguño, señorita,
mientes mientras la vista se te nubla.
Y caes desfallecido en su regazo.

Y ahora que al fin ya te has callado un poco,
permíteme decirte, so petardo,
que a ver si abres los ojos, que eres más lerdo que
todos tus irlandeses:
siempre fantaseando otra existencia,
que si explorar, luchar, tener miedo, subir,
caer, vencer, defenderse de los ataques indios…
y a fin de cuentas, padre de familia
y funcionario, ¿qué otra cosa has
estado haciendo tú toda tu vida?


PD. Está bien regalar cosas que no son de uno. Pero bueno, no creo que a Miguel d'Ors le moleste demasiado. Las cosas realmente importante tienen eso, que crecen y mejoran cuando se reparten.

29 de diciembre de 2017

115



Volvía de cenar en Alicante con unos amigos. No tenía mucha prisa, y sí cosas sobre las que pensar, de modo que decidí tomármelo con calma. 115. No lo había hecho nunca. Al día siguiente repetí la experiencia en un trayecto de vuelta desde Castellón. Creedme: la sensación fue indescriptible. De solo recordarlo se me pone la piel de gallina.

Conducir a 115 km/h es como llevar unos pantalones de cuadros, o visitar un museo con las manos en la espalda. Es de rico. De genio. Digámoslo claro por una vez: de puto amo.

Cuando conducimos rápido demostramos ansiedad y prisa, al tiempo que desvirtuamos el camino que recorremos, que queremos dejar atrás cuanto antes. (Personalmente, siempre he sospechado que los conductores veloces arrastran traumas infantiles o complejos arraigados de los que no consiguen escapar).

Ir entre 120 y 130 no está mal, pero puede suponer un acatamiento acrítico de la reglamentación de tráfico y generar una estandarización conductista ciertamente indeseable. También puede obedecer a un atávico miedo a la sanción administrativa, una de las formas de homogeniezación social que ciudadanos verdaderamente libres deberían despreciar.

Ir a 115 es lo que mola: demuestra que se es dueño del tiempo, que se disfruta del camino, del paisaje, de la soledad o de la compañía. Ojo: hay que proponérselo. Si te descuidas te adelantan hasta los camiones de ganado. Pero el darte cuenta de lo despacio que vas te hace sonreír, ser consciente de que a 115 estás tomando posesión de lo que es tuyo. De aquello que la sociedad hiperconectada y vertiginosa de la teta y la cacha ya no te volverá a arrebatar.

La próxima vez que te pongas al volante no lo dudes: súmate al club de los 115. Hazme caso. Vivirás experiencias increíbles.

10 de diciembre de 2017

Qué alivio



Qué alivio nos invade cuando, ante la invitación a un plan que no nos apetece nada, entre las mil y una excusas poco convincentes que buscamos a toda velocidad en nuestro cerebro y que pondríamos con la boca pequeña, cuando nos damos cuenta de que estamos a punto de ser embarcados en un asunto que nos da una pereza mortal, que nos están viviendo la vida pero bueno, que para algo están los amigos... descubrimos súbitamente que de verdad no podemos ir por una causa importante.

"Lo siento un montón" (mentira), "pero (gracias a Dios) tengo otro lío (¡menos mal!) y no voy a poder ir. Me sabe fatal (que me invites a estas mierdas). Si consigo librarme de lo otro (ni loco) te digo algo (espera sentado)".

Magnífica mezcla de amistad, buenos modales, un poco de cinismo y pecado original. Así somos. Mola.

19 de noviembre de 2017

El zapatero de mi barrio


En mi barrio hay zapatero. Tiene una tienduca pequeña, que huele a betún y a alcanfor. Es un hombre de una edad indeterminada entre los cuarenta y los cien años. Es algo calvo, pero con el pelo blanco cortado al uno. Tiene un carácter pausado, y una mirada amable, que parece ver cosas más allá de lo que vemos los demás. Corre el rumor de que es judío o judaizante: ya ves tú qué importancia tendrá... aunque quizá sí la tiene, ya que es un rasgo de identidad en esta sociedad homogeneizadora. En su tienda -mejor dicho, en su taller- siempre suena Radio 3, música clásica. Y él debe saber tocar un instrumento musical, porque tiene un cartel de una banda municipal colgado en la pared, como si él formara parte del colectivo de algún modo. El tío es un manitas, que igual te arregla un zapato -¡qué menos!-, que un llavero, una cremallera o la correa de un reloj.

El otro día entablé una breve conversación con él, mientras trajinaba con una de sus máquinas para arreglarme un botín. Le pregunté cuántos años tenían las máquinas de las que se sirve, y me enteré de que una máquina Singer que tiene detrás del mostrador tiene más de cien años, y todavía la usa. Las otras dos -grandes como frigoríficos-, tienen en torno a cincuenta años. El hombre lo decía con orgullo, como quien alaba a un hijo o presume del tamaño de una lechuga que ha cultivado en su huerto con el sudor de su frente y el dolor de su lomadar. Si yo amo mi portátil, con el que hice la tesis y al que mantengo ya diez años, y el día que tenga que tirarlo sé que habré de guardar luto, no quiero ni pensar qué vínculo se romperá el día que mi zapatero judaizante se jubile y las máquinas tengan que buscarse otro artesano.

Mientras volvía a casa con la bolsa de plástico chocándome contra las piernas pensaba en el olor de la tienda, la música clásica, la serena mirada del zapatero mientras realizaba su trabajo al compás del zumbido constante de la máquina. Y no pude sino sentir un deje de envidia, de melancolía. Melancolía por un mundo que se acaba. Un mundo de artesanos que aman su trabajo y lo realizan sin prisa. Un mundo de olores y de callos en las manos. Que desaparece y deja paso a un mundo aséptico, que no huele a nada, donde personas sin raíces ni memoria ni roña entre las uñas nos afanamos por hacer muchas cosas, y por contar a todo el mundo que las hemos hecho, a través de pantallas muy brillantes de sofisticados dispositivos condenados a la obsolescencia programada. Cada vez más lejos de las cosas, de los demás, de nosotros mismos.

Al meter la llave en la cerradura de casa, cada vez más consciente de su anacronismo, no pude sino musitar: "Zapatero, gracias. Zapatero, por favor, resiste."

20 de octubre de 2017

Sentimientos irracionales


Desde que conduzco un coche cuyo motor se detiene en los semáforos, a veces algo dentro de mí protesta cuando el semáforo se pone en verde demasiado pronto. Y pienso: "¿no podría seguir en rojo un rato más?". ¿Soy el único a quien le pasa?




Las monedas de dos euros molan. Son como las antiguas de 500 pesetas. Transmiten la sensación de poderío, de holgura, de suficiencia. No hay café ni refresco que se les resista, así, de normal. Prestar un euro es de gente cutre. Los euros sueltos se regalan. Ahora bien, desprenderse de una moneda de dos euros ya pica. Mientras esta mañana venía reflexionando sobre todo esto, he caído en la cuenta de que los billetes de 5 euros generan en mí sentimientos totalmente opuestos. Siempre arrugados, hermanos pequeños del billete de 20 -e incluso de 10, ya ves tú-, dan la impresión de estar siempre como acomplejados, de llegar justos a todas partes, de no ser nunca bastante. Son un sí pero no.

Llámame loco, pero me siento más feliz cuando llevo en el bolsillo una moneda de dos euros que un billete de cinco.

El mundo de ayer. Memorias de un europeo. Stefan Zweig



Este verano pasado leí “El mundo de ayer. Memorias de un Europeo”, de Stefan Sweig. Es un libro plácido, sereno, con una pátina de tristeza, de atardecer. Zweig lo escribe un poco antes de suicidarse en el año 1942 en Brasil, abrumado por los constantes triunfos de Hitler, que hacían presagiar su victoria final en la 2ª Guerra Mundial. El escritor austríaco analiza al hilo de sus vivencias la historia de Europa los últimos lustros del siglo XIX y hasta la llegada de Hitler al poder.

Realmente Sweig es un hombre culto, y de las memorias se trasluce su profundo amor a Europa, su cosmopolitismo y su sensibilidad hacia todas las manifestaciones artísticas: literarias, teatrales, musicales... A lo largo del relato, la tristeza y la melancolía van ganando intensidad, cuando el autor constata que las grandes creaciones artísticas y culturales que tanto ama son impotentes para evitar la Gran Guerra y el advenimiento de los totalitarismos. Pienso además que la total ausencia de Dios en el relato –se conoce que Sweig no debía tener fe- justifica esa desesperanza que paulatinamente va apareciendo en el relato.

Zweig nos presenta a lo largo de las páginas a numerosas personas a quienes conoció, con trazos entrañables, certeros, finos. El tío debía tener una interioridad muy rica, y una capacidad de penetración en la personalidad de los demás muy aguda. Realmente, su prosa es sencilla y sabrosa, es un gusto leerle. A uno le va amueblando el interior, enseñándole a captar matices y detalles. Todo esto suena un poco pedante, quizá no podría decirlo a unos amigos el lunes por la mañana, pero en fin.

Solo pondría dos peros al libro, que a mi juicio le hacen perder algo de credibilidad: conoce a demasiadas personas muy influyentes y está en lugares cruciales demasiadas veces; y las cuatro líneas que dedica a la guerra civil española son curiosas. Viene a decir que lo que vio en España en las tres horas que estuvo fue a unos curas reclutando jóvenes famélicos a quienes uniformaban y metían en camiones –pagados por los fascismos europeos- para que lucharan contra las instituciones legítimas de su país. En fin, a lo mejor el hombre fue lo que vio, pero parece un juicio algo grueso.

Copio algunas citas que me han gustado especialmente. Ahora que las releo no son para tanto, pero durante la lectura me parecieron especialmente punzantes.
pp. 44 y 45. No a la eficiencia inhumana.
La gente vivía bien, la vida era fácil y despreocupada en aquella vieja Viena, y los alemanes del norte miraban con cierto enojo y desdén a sus vecinos del Danubio, que, en vez de ser eficientes y mantener un riguroso orden, disfrutábamos de la vida, comíamos bien, nos deleitábamos con el teatro y las fiestas, y, además, hacíamos música excelente. En vez de la eficiencia alemana que, al fin y al cabo, ha amargado y trastornado la existencia de todos los demás pueblos, en vez de ese ácido querer-ir-adelante-de-todos-los-demás y de progresar a toda velocidad, a las gentes de Viena les gustaba conversar plácidamente, cultivar una convivencia agradable y dejar que todo el mundo fuera a lo suyo, sin envidia y en un ambiente de tolerancia afable y quizás un poco laxa.

197. Tras ver a Rodin trabajar en su estudio.
En aquella hora había visto revelarse el secreto de todo arte grandioso y, en el fondo, de toda obra humana: la concentración, el acopio de todas las fuerzas, de todos los sentidos, el éxtasis, el transporte fuera del mundo de todo artista.

418. Ambiente en Moscú en 1928. Critica la burocracia
Había gente agolpada en todas partes, en las tiendas, frente a los teatros, y en todos esos lugares tenía que esperar, pues todo estaba tan ultraorganizado que nada funcionaba bien; la nueva burocracia, encargada de imponer el orden, todavía disfrutaba del placer de llenar formularios y expedir permisos, con lo cual lo atrasaba todo.

502. La técnica y el alma. La necesidad de huir de la actualidad.

Casi parece una malévola venganza de la naturaleza contra el hombre el que todas las conquistas de la técnica –gracias a las cuales le ha arrancado las fuerzas más secretas- le destruyan el alma. La peor maldición que nos ha acarreado la técnica es la de impedirnos huir, ni que sea por un momento, de la actualidad. Las generaciones anteriores, en momentos de calamidad, podían refugiarse en la soledad y el aislamiento; a nosotros, en cambio, nos ha sido reservada la obligación de saber y compartir en el mismo instante lo malo que ocurre en cualquier lugar del globo.

30 de agosto de 2017

Hazlo tan bien que no puedan ignorarte



Hazlo tan bien que no puedan ignorarte
Por qué ser competente importa más que la pasión para alcanzar el trabajo de tus sueños
Cal Newport

El libro no está mal. Sobre todo me ha gustado que va un poco contra los típicos tópcios de: "persigue tus sueños", "sigue tu pasión", "querer es poder", etc, tópicos que siempre me han parecido un poco infantiloides.

La tesis del autor es básicamente la siguiente: en lugar de obsesionarte por encontrar el trabajo de tus sueños, esfuérzate por trabajar cada vez mejor en lo que haces. Para ser cada vez mejor, es necesario el entrenamiento deliberado: no basta con hacer siempre lo mismo más o menos bien, sino que debes ser consciente de cuáles son tus puntos débiles y trabajar esforzadamente por mejorarlos. Ese esfuerzo hará que a medio plazo tu trabajo te guste cada vez más, y puedas disfrutar en él. Además, si te colocas en la vanguardia de tu sector, si eres realmente bueno, podrás encontrar tu misión profesional.

El consejo del autor puede resumirse así: para ser feliz en tu trabajo, en lugar de buscar el mejor trabajo posible, intenta trabajar de la mejor manera posible.

Copio algunas citas interesantes:

p. 18. Fija tu objetivo en trabajar bien, en lugar de hacerlo en tener un buen trabajo.

p. 30. Existe en las películas una idea de que cada cual debe perseguir sus sueños, pero no me la creo. (...) La clave está en obligarse a trabajar bien, obligar a las habilidades a nacer; esa es la fase más dura.

p. 33. Empleo, carrera, vocación.
Un empleo es algo que permite pagar el alquiler, una carrera es una trayectoria hacia trabajos cada vez mejores, y una vocación es un trabajo que forma parte importante de la vida, y a la vez es parte vital de la propia identidad. (En todas las categorías profesionales hay gente que ve su trabajo de una de estas tres formas. El tipo de trabajo no predice cuánto la gente disfruta en él, sino que lo hace la forma en la que uno se lo toma: como un empleo, como una carrera, o como una vocación).

p. 40. No sigas tus sueños.
Decirle a alguien que persiga sus sueños no es solo un acto de optimismo inocente, sino que -potencialmente- puede ser la base de una carrera guiada por la confusión y la angustia.

pp. 52-53. Perspectiva del artesano vs perspectiva de la pasión
En resumen, existen dos formas diferentes de pensar sobre el trabajo. La primera es la perspectiva del artesano, que se centra en lo que uno puede aportar al mundo. La segunda es la perspectiva de la pasión, que a su vez se centra en lo que el mundo puede aportar a uno. (...) Tal como comprendí (..) la perspectiva del artesano tiene algo liberador, porque obliga a dejas atrás las preocupaciones egoístas sobre si el trabajo que se tiene es el "correcto" y a la vez inisiste en persverar en hacerlo realmente bien.

p. 83. Hay que forzar las destrezas.

p. 90. Si te limitas a trabajar duro, pronto alcanzarás un nivel de destreza que no serás capaz de mejorar (...). Para mejorar: entrenamiento deliberado. En resumen, el entrenamiento deliberado es la clave para llegar rápidamente a hacerlo tan bien que no puedan ignorarte.

p. 99. Entrenamiento deliberado.
Hacer aquello que conocemos bien es entretenido, pero también es exactamente lo opuesto a lo que exige el entrenamiento deliberado... El entrenamiento deliberado es, sobre todo, un esfuerzo de concentración y enfoque. Eso es lo que hace que sea deliberado, algo bien distinto de la práctica descuidada de escalas o raquetazos a los que se dedica casi todo el mundo.

p. 144. Trabajar bien es duro. La dureza solo espanta a los soñadores y a los apocados, que dejan más oportunidades a los que están dispuestos a dedicarle tiempo a diseñar con cuidado la mejor ruta, y después ponerse en marcha con confianza.

p. 149. Misión profesional.
Una buena misión profesional es parecida a un descubrimiento científico; se trata de una innovación que espera ser descubierta en el adyacente posible de tu ámbito. si deseas identificar una misión en tu vida profesional, deberás posicionarte primero en la vanguardia, el único lugar desde el que se puede ver una misión. (...) Vistas en retrospectiva, estas ideas son evidentes. Si las misiones que pueden transformar la vida de los demás pudieran encontrarse solo reflexionando y con una actitud optimista, cambiar el mundo sería cosa de niños. Pero no lo es; de hecho, es muy infrecuente. Esta singularidad, tal y como podemos comprender ahora, se debe a que los grandes descubrimientos exigen primero estar en la vanguardia, algo que resulta dura, con una dureza que habitualmente evitamos en nuestro trabajo.

171. Esfuerzo por ser interesante.
"O eres interesante, o eres invisible", afirma Seth Godin en su éxito de 2012 La vaca púrpura. (...). "El mundo está lleno de cosas aburridas -vacas marrones-,  por eso poca gente les presta atención... Una vaca púrpura... eso sí que destaca. El marketing de interés es el arte de construir algo que merezca la pena darse a conocer".

186. Más sobre la práctica deliberada.
Descubrí que los músicos, atletas y jugadores de ajedrez, entre otros, son conscientes de la práctica deliberada, pero los trabajadores no. Casi todos los empleados del sector servicios huyen de ese incómodo esfuezo como de la peste, realidad que queda confirmada por la obsesión del típico oficinista por comprobar si tiene algún correo nuevo. ¿Qué es esto, sino una vía de escape frente a algo más exigente mentalmente?

Revelar fotos - Hacer una cadena - Que las cosas maceren



Hoy he ido a revelar unas cuantas fotos chulas que tenía en el móvil. Algunas las regalaré a amigos. Otras las pondré en un marco de los chinos. Y otras las guardaré en un cajón con otras que ya tengo, y que de vez en cuando repaso. Estoy contento: las he rescatado del olvido. De no haberlas revelado, las habría perdido, como tantas otras, sepultadas en usbs perdidos, en móviles sumergidos o en ordenadores estropeados. Estas ya no se me escapan. Y en unos años serán el hilo conductor de mis recuerdos de estos años.

***

Hacer una cadena mola. No me refiero a la cadena de montaje del estilo: estamos haciendo mojitos, yo pongo hielo, tú azúcar, tú ron, etc., sino a la cadena más sencilla para pasarse cosas. Del pequeño caos inicial -al recoger la mesa, colocar sillas para un evento, o lo que sea- se pasa a una organización de lo más sencilla y efectiva. Si el trabajo acaba rápido, uno comenta: "mira qué bien, en un periquete lo hemos dejado listo". Si por el contrario se trata de una tarea larga, la cadena cobra una cadencia muy gratificante. Aunque el trabajo requiera esfuerzo, el ritmo y el balanceo de la cadena ofrecen una sensación de lo más satisfactoria. Es curioso además que cuando el primer dolorcillo ataca los riñones o los músculos de los brazos, la sensación de felicidad incrementa. No sé por qué, pero hacer una cadena mola. Me preguntó quiénes fueron los primeros seres humanos que hicieron una cadena. Unos pioneros, sin duda.

***

Este curso me he propuesto hacer un pequeño resumen o comentario de los libros que leo. No para dar la paliza al personal -de hecho, no pretendo que la gente los lea-, sino fundamentalmente para dejar que esas lecturas y películas reposen, como las paellas. La idea es evitar el ir saltando de una lectura a otra atolondradamente, como un pollo sin cabeza. Veremos si soy capaz de cumplirlo.