16 de febrero de 2020

Paradoja


Al terminar la conferencia, me obsequiaron con una botella de vino guardada en una bolsa de Decatlón.

Happycracia

He leído hace poco el libro "Happycracia: cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas". Dejo a continuación un comentario y algunas citas del libro, utilizando el blog a modo de almacén.




Título en versión original: Manufacturin Happy Citizens. How the Science and Industry of Happiness control our Lives
Autores. Edgar Cabanas y Eva Illouz.

El libro de Cabanas e Illouz supone una impugnación de la obsesión por la búsqueda de la felicidad que parece extenderse en las sociedades de Primer Mundo. Para los autores, el sentido de la vida no consiste en perseguir una felicidad individualista a cualquier precio, sino en un compromiso moral con la justicia y el conocimiento.

Aquí van algunas de las ideas más destacadas del libro.

CONTRAL DICTADURA DEL PENSAMIENTO POSITIVO. Los autores critican desde el punto de vista científico la llamada psicología positiva, que pretende resolver todos los problemas sociales y personales mediante una actitud individual optimista y proactiva, que, ante el mal tiempo, pone buena cara.

Sin negar que la actitud personal sea importante para desarrollar una vida plena, el libro subraya que la actitud personal no es la llave para abrir todas las puertas. En este sentido, los autores pretenden desmontar la ecuación que asocia el éxito o fracaso de una vida exclusivamente con la responsabilidad personal y la actitud del individuo. Esa asociación, tan propia del sueño americano, no siempre es real. Ni todos los triunfadores son virtuosos y felices; ni todos los fracasados –sean pobres, enfermos, desgraciados, o gente corriente- son mediocres, tibios, tristes. Existen factores externos a la voluntad de las personas –ya sean sociales, genéticos o de fortuna- que inciden en su éxito o su fracaso, de forma que reducirlo todo a un problema de actitud es falaz.

CONSUMISMO. El libro también se muestra crítico con la vertiente mercantilista de la “happycracia” imperante, que tiende a cifrar la felicidad en la capacidad económica y promueve un estilo de vida consumista, con los que mantener una imagen pública de felicidad y alegría.

HAPPYCRACIA COMO FRENO AL CAMBIO SOCIAL. Otro peligro de la happycracia es que tiende a esconder o ignorar los problemas e injusticias sociales. Si la causa del fracaso personal radica, fundamentalmente, en la falta de actitud happycrática del individuo, la solución deberá ofrecerla él personalmente, con un cambio de actitud. Bajo este prisma, es difícil denunciar las injusticias y fallas del sistema. Así, la temporalidad en los contratos de trabajo; la competitividad rampante en el mundo laboral; los bajos salarios; la soledad de las personas mayores… han de ser gestionados por las personas con una actitud positiva, proactiva, resiliente. Todo menos reconocer que las sociedades neoliberales –a menudo- abocan a los individuos a existencias agotadoras, solitarias, inestables y atomizadas. Quizá, en lugar de insistir en la lucha individual por la felicidad personal, deberíamos redescubrir los vínculos que nos unen y dan sentido a nuestra vida: familia, sociedad, religión.

INDIVIDUALISMO. La filosofía que late detrás de la happycracia nos impulsa cada vez más a proyectar la vida en términos puramente egoístas e individualistas: el trabajo como nuestra carrera profesional; la educación, como la construcción de nuestras competencias; la salud como resultado de hábitos de vida saludables; el amor, como bienestar afectivo personal… La ciencia de la felicidad identifica la misma con valores exclusivamente individualistas.

ANSIEDAD E INFELICIDAD. Un último efecto negativo de la happycracia es su carácter inasible: los humanos nunca estamos del todo felices con quienes somos o con lo que hacemos. Ortega decía: que no puedas llegar es lo que te hace grande. Pues bien, al martillear a las personas con la necesidad de ser alegres y felices, la happycracia puede generar una ansiedad permanente por no alcanzar el resultado deseado, una suerte de insatisfacción en la ciudadanía happycondríaca, que nunca consigue alcanzar con los niveles de felicidad que la psicología positiva y la publicidad le han prometido, fundamentalmente porque son niveles ficticios, imposibles de alcanzar. Así, todos los ciudadanos, por defecto, deberíamos ir a psicólogos y leer libros de psicología positiva, para aprender a estar cada vez más alegres. La insatisfacción que todos sentimos –por naturaleza- se convierte en el mundo happycrático en una enfermedad que es preciso tratar. Resulta paradójico que en los países donde las formas de vida happycrática más se han desarrollado –psicología positiva, optimismo por decreto, búsqueda obsesiva de la felicidad personal- los niveles de felicidad no han incrementado, antes al contrario. ¿No será que la obsesión egoísta por estar cada vez mejor quizá no es el mejor camino para ser feliz?

UN CONTRASTE CON PETERSON
Me parece interesante contrastar este libro con las opiniones mantenidas por Jordan Peterson en muchos de sus vídeos, que contienen una llamada a la responsabilidad personal y al ejercicio de una voluntad sólida para sobrevivir al drama de la existencia y poner un poco de orden en el caos. Quizá la invitación de Peterson sea un poco voluntarista y esté marcada por un sesgo individualista y liberal, líneas que denuncian Cabanas e Illouz en Happycracia. De cualquier modo, Peterson se sitúa en las antípodas de la happycracia, partiendo de la base de que la vida del ser humano es dramática y está fundamentalmente marcada por el sufrimiento. Como punto de encuentro, los tres autores critican la autosatisfacción que se nos presenta una y otra vez como el principal objetivo vital, y hacen un llamamiento a asumir la responsabilidad personal para construir un mundo más justo.

Aquí van algunas citas del libro:

Criticando la psicología positiva y sus asunciones, afirman que la misma puede “legitimar la asunción de que la riqueza y la pobreza, el éxito o el fracaso, la salud y la enfermedad, son consecuencia exclusiva de las decisiones del sujeto”. (p. 9)

Esta aproximación a la vida “produces a nuew variety of happyness seekers and happychondriacs anxiously fixated with their inner selves, continuously preoccupied with correcting their psychological flaws, and permanently worried about their own personal transformation and betterment”. (p. 10).

“Separated from family, religion, and calling as sources of authority, duty, and moral example, the self first seeks to work out its own form of action by autonomously pursuing happiness and satisfying its wants”. P. 50 Cita de otro libro.

Cambia las cosas, no solo tu actitud. P. 61. “In positive psychology, it seems to me they’re trying to convince people to be happy without making any changes in their situation (…) that fits well with political conservatism”.

p. 62. We should question whether this individualist conception of human happiness is not itself doing more harm than good by contributing to sustaining and creating some of the dissatisfaction that it promises to solve.

Pp. 65 y siguientes. Critica el mindfulness por individualista. “Mindfulness conveys the message that turning our priorities inwards does not entail any kind of defeat or hopelessness, but rather is the best way to thrive and empower ourselves in a frantic and tumultuous reality”. Mindfulness “sits well with the individualistic assumptions and narrow sense of the social that characterize these happiness scholarse and professionals, as well as he neoliberal view of the world at large”. (…) “It also thrives on the believe that the root of these problems is to be found in individuals themselves, rather than in a socio-economic reality. Allegedly, it is not society that needs reform, but individuals who need to adapt, change and improve”.

68-69. Curioso que el auge de la happycracia coincide con el aumento de índices de depresión, ansiedad y enfermedades mentales. Link between individualism and disenchantment with the world, that comes with the flattening and narrowing of lives experienced by individuals in our societies. “Consequently, the vast array of sources of meaning and purpuose have been severely contracted, with anything else that could be placed outside the sphere of the self (morality, society, culture, tradition, etc.) losing its power and legitimacy to dirve people’s lives –together with its charm, mystery and magic.

74. Happycracia en la educación. We are creating societies in “which developing emotional literacy, learning managerial and entrepreneurial skills, and engaging in the pursuit of happiness have gained increasing prominence over developing critical thinking, learning reasoning abilities and craft skills, or pursuing knowledge as defining features of students”.

85. Happycracia y mercado laboral duro. La happycracia “has become a useful ideological tool to make apologies for some of the crueler aspects of the market economy”.

89. One of the most characteristic changes brought by the new working ethics is the exceptional stress on personal responsibility. Indeed, the progressive transition from external control to self-control…

103 y 104. Dos críticas a la resiliencia. “With resilience at the Forefront, though, it seems that issues such as increasing financial resources, raising wages, offering more vacations fighting for more recognition at work, or other ethical concerns become less essential issues when it comes to happiness and productivity”.
Yet, instead of resilience being acknowledged as a psychological euphemism for demanding individuals to make a virtue of necessity given the hard conditions of today’s working environments, it is instead presented as a fantastic ability that workers should capitalize on to develop their selves and their psychological capital, as the best way to flexibly navigate in the contemporary labor market.

MEDIRLO TODO. 125 y siguientes
Measurements also adds a halo of credibility and legitimacy over commodities. (…) Most importantly, the success of these kind of self-tracking applications highlights not only the extent to which it is demanded that individuals take responsibility for their own health status and sense of well-being, but also how willingly individuals agree to (and enjoy) monitoring and managing themselves daily. It is not surprising that these kind of applications are actually instruments for massive surveillance in which emotions, thoughts and body signals are sued within mass-scale statistics to profile, research, predict and SHAPE people’s behavior behind the promise of increasing their happiness. The most surprising issue here is the great extent to whih individuals have come to engage in their own self-surveillance, for the profitability of big business. (…)
The applications tend to obscure some important issues. For instance, these applications obscure the fact that they encourage individuals to be extremely self-absorbed with their inner lives and make them constantly worried about how to achieve higher levels of control over their thoughts, emotions and bodies. The dark side of these applications is that they advance new forms of discontent related to the daily checking, monitoring and correcting of our inner states. In this sense, the alluring promise of complete self-management easily turns into a threat: not engaging in constant self-surveillance entails the danger of becoming unhappy and unruly beings that do not care much about themselves.
Furthermore, these applications obscure the fact that they reify interiority. As if these applications captured and quantified user’s psyche with surgical precision, they give the appearance of turning interiority inside out, depicting it in an objective way through colorful images, numbers, charts and graphs. But instead of accurately monitoring and managing themselves, individuals rather PERFORM THEIR SUBJECTIVITIES AND IDENTITIES THROUGH THESE APPLICATIONS. In this sense, individuals would not be discovering and managing who they really are as much as SHAPING THEIR SELVES ACCORDING TO CERTAIN ASSUMPTIONS about and demands o how they should thing, act and feel.

132 y ss. Personal branding and the urge to seem happy.
In social networks you must appear happy at any cost (…). There is an ingrained, oppressive demand made on younger generations to curate, craft and communicate via social media an authentic yet only positive version of themselves.

140. Obsesión por parecer alegre y egoísmo de pensar mucho en la propia perfección.
We argue that it is not personal perfection so much as normalizing the obsession with one’s own self-improvemente that the market seeks to induce in consumers. Cenrtainly, the appiness industry thrives on producing a new breed of happycondriacs. Se nos dice que: “the normal and most functional way of living is to be fixated on their inners selves (…)and to be permanently concerned with their own personal transformation and betterment.

171. Si te va mal, es por tu culpa. Problema de la happycracia.
“The dark reverse in the stories of these inspirational, loving characters is that happiness is presented as being as much a personal choice as suffering, so those who choose not top lay the glad game are suspected of wanting misfortune, and therefore, responsible for it.”

172. Poco espacio para la compasión.
“The problem arises when positivity turns into a tyrannical attitude that holds people responsible for most of their misfortunes and factual powerlessness, regardless of how myopic, ungrounded or unfair this may be. (…) In a world where everyone is held responsible for their own suffering, there is little place for pity or compassion”.

12 de enero de 2020

Yo siempre he jugado así



La costumbre es fuente del Derecho. Nace de la repetición de actos y de la conciencia en una comunidad de que determinada práctica es obligatoria. Elementos objetivo y subjetivo de la costumbre, respectivamente.

Las comunidades frikis que juegan a juegos de mesa tienen sus costumbres, interpretan a su modo las reglas del juego. Y no es infrecuente que dichas interpretaciones paulatinamente se distancien de las reglas objetivas del juego, que se leyeron por última vez hace años, si es que realmente alguna vez se leyeron. Mientras las partidas reúnen a miembros de la  misma comunidad esta evolución consuetudinaria de las reglas no genera problema alguno.

Ahora bien, cuando alguna partida reúne a personas que no suelen jugar juntas -jugadores de distintas tradiciones- es inevitable que en un momento dado surjan las discrepancias.

Si la discrepancia se produce al arranque del juego -quién tira primero, hacia dónde gira el turno, cuánto dinero se reparte al comienzo...-, las dudas son resueltas de forma pacífica y consensuada -"estamos empezando, todos somos amigos, oye, me adapto"-, salvo que haya algún energúmeno en torno del tablero, extremo que no hay que excluir. Si ante una diferencia de opiniones antes de empezar la partida algún jugador se muestra particularmente tozudo o inflexible, se recomienda replantearse la idea de jugar con él, ya que no sé sabe a qué extremos puede llegar pasada la media hora.

Lo que resulta mucho más divertido -mágico, incluso- es cuando la discrepancia surge en un momento crítico de la partida. "¿Cómo que tengo que construir primero 4 casas y luego pagar el hotel entero otra vez?", "¿Cómo que no puedo jugar dos cartas de desarrollo a la vez?". Y entonces surge la frase inigualable, canónica: "pues yo siempre he jugado así", de quien se carga de razón apelando a su exclusiva experiencia personal, como si a los demás les importase cómo ha jugado él siempre.
Esta afirmación de "yo siempre he jugado así" puede ir seguida de varias reacciones: (1) votación democrática entre los jugadores, que muchas veces no satisface a quien piensa que lleva razón, diga lo que diga la mayoría, y le sume en profundas cavilaciones sobre la validez de la democracia-;
(2) aplicación de las reglas del lugar -ius loci-, que impone quien pone la casa y ha pagado la merienda; (3) detención del juego a modo de suspensión cautelar para examinar conjuntamente las reglas, solución normalmente adoptada cuando quien reclama se empecina un poco (genial cuando las mismas son interpretables y no queda claro qué posición es la más correcta, con lo que hay que recurrir a la votación democrática o a foros de Internet, si la cosa se pone muy fea); (4) continuación de la partida y lectura individual y por lo bajini de las reglas por parte de la persona victimizada, seguida de dos posibles reacciones: reivindicación triunfal de su teoría, apuntando con el dedo la regla en cuestión o blandiendo la hoja de instrucciones sobre el tablero; o bien devolución discreta de las reglas a la caja del juego al constatar que no llevaba razón. Dependiendo de la humildad del jugador, el mismo reconocerá su error públicamente, o hará como que no ha pasado nada e intentará que nadie le pregunte qué es lo que dicen las reglas exactamente.

Una vez resuelta la controversia, el juego continua. Quien "siempre ha jugado así" pero tiene que dar su brazo a torcer puede reaccionar de dos formas: obstinación enfurruñada, de la que no se recupera durante la partida, y, habitualmente, hasta que se da una ducha en su casa; acepación deportiva, asumiendo el cambio de planes e intentando rehacerse sobre el tablero. La inclinación hacia una de estas reacciones -no siempre racional ni consciente- suele responder a la suma de dos factores: la  posibilidad de seguir compitiendo a pesar del revés interpretativo de las reglas; y la presencia en la partida de una persona hacia la que se siente una cierta atracción sexual y con la que no se tiene mucha confianza, ante la que no se quiere hacer el ridículo.

Todo esto y mucho más nos deparan las discrepancias en la interpretación de las reglas de un juego de mesa. La próxima vez que te enfrentes con una, disponte a disfrutar con plena conciencia de ese momento mágico, divertido y tremendamente humano.

10 de enero de 2020

Kodawari



Estudiar Derecho Administrativo y encontrarte con esto:

"La cultura japonesa, tan rica en delicadezas, sugiere una idea interesante a propósito de la actitud frente a la profesión, el kodawari. Se refiere esta idea a un empeño personal en la perfección. Una actitud en la que entra el cuidado sutil en los detalles;el orgullo profesional; una disposición humilde en el empeño; ligereza en la expresión; paciencia; amor a lo bien hecho; a la honradez del proceso; al equilibrio del resultado". (Eduardo Paricio Rallo: El oficio de juez de la Administración. El Cronista, núm. 81, pág. 31).

Un regalo.

11 de agosto de 2019

Hay que hacerse un tatuaje cuanto antes


Me gusta la reciente moda de hacerse un tatuaje.

1. En primer lugar, el boom del tatuaje supone que hay gente tomando decisiones más o menos definitivas, lo que ha de ser celebrado en un contexto social de pánico irracional y adolescente a las decisiones de por vida. La gracia del tatuaje, precisamente, consiste en que no es una calcamonía.

2. Quien se tatúa, además, lo hace porque porque es libre, y no se plantea que tatuarse le quite algo de libertad. Más bien al contrario: como soy (macarra y) libre me tatúo lo que me da la gana, y decido llevar un tatuaje para toda mi vida. Si la sirena o las runas élficas se borrasen en unas semanas o meses, el tatuaje sería mentira, fraude y postureo. La decisión de tatuarse perdería peso y gravedad, sería mucho  menos significativa. Poder tatuarme para siempre amplía mi libertad; no la niega.

3. En tercer lugar, tengo entendido que tatuarse duele, y que ese sufrimiento, de alguna manera, es una parte importante del rito del tatuaje. Las marcas de por vida no son un juego, no son gratis. Como el amor, como el éxito, como las dificultades, el tatuaje que se imprime en la piel conlleva también una dosis de sufrimiento que no debe evitarse. No hay amor sin espinas. No hay toreo sin muerte. No deberia haber tatuaje sin dolor.

De lo dicho hasta aquí podemos concluir que la moda del tatuaje constituye una inesperada aliada en la transmisión de ciertos valores antropológicos que parecían condenados a la extinción en el páramo relativista y hedonista en que nos encontramos. Pero ojo, es que todavía hay más.

4. Creo que si uno no se arrepiente nunca del tatuaje, al pasar del tiempo el mismo constituye una muestra de fidelidad a uno mismo -o a su novia, equipo de fútbol o difunto amigo- genial. Han pasado los años. Estoy calvo. Tengo barriga y cáncer de próstata. Quizá incluso soy un verdadero coñazo. Pero mira, aquí sigue mi tatuaje. Soy el mismo, he llegado hasta aquí, te sigo queriendo. Mola.

5. Pero es que si uno se arrepiente del tatuaje no sucede ningún drama, es incluso hasta mejor. El tatuaje se convierte entonces en un memento mori, a través del cual nuestro yo del pasado nos recomienda no tomarnos demasiado en serio nada de esta vida, ni siquiera a nosotros mismos. El tatuaje del que uno se arrepiente nos invita silenciosamente a sonreirnos ante nuestros solemnes "para siempre" y "nunca más". Y no con la sonrisa amarga del cínico o el descreído, sino con la sonrisa humilde y dulce de quién ha experimentado sus límites y sus contradicciones, pero aún así mantiene un poco de fe en sí mismo y en la vida, y está dispuesto a intentarlo otra vez. El tatuaje del que nos arrepentimos es un fracaso, no hay duda. Pero nos recuerda también que somos capaces de sueños grandes y de utopías. Que no puedas llegar es lo que te hace grande. Detrás del desencanto y de la bacía, si aprendemos a mirar, podemos vislumbrarel brillo misterioso del yelmo de Mambrino.

Me gusta la reciente moda de hacerse un tatuaje.

PD. Lógicamente, esta entrada está dedicada a quien ya lo sabe.

29 de mayo de 2019

Sorpresas en el jardín


Ayer a mediodía me acerqué a un jardín de mi ciudad con la intención de terminarme un libro a la sombra de un árbol.

Sentado en la típica plazoleta elíptica con una fuente en el centro, y cuando me disponía a empezar a leer, descubrí con asombro que la vecina del banco de al lado -además de estar escuchando una telenovela en su móvil-, se estaba cortando las uñas de los pies.

Como es natural, me alejé del lugar de autos, no fuera a ser que procediera a orinar o a defecar en la fuente a continuación.

Recuperado de la impresión, me instalé en un cómodo banco de una rosaleda. No llevaba leyendo ni diez minutos cuando una pareja de novios y un fotógrafo aparecieron por allí. Tras revolotear un poco en torno a un banco, los novios fueron adoptando poses cariñosas dirigidos por el fotógrafo, que les indicaba cómo tenían que cogerse de las manos, cuándo tenían que besarse, y hacia dónde tenían que mirar. Toda la situación era realmente artificial e indiscutiblemente hortera. Aunque intenté continuar con mi lectura como si tal cosa, lo cierto es que no conseguí concentrarme.

Por un momento consideré la posibilidad de buscar un lugar más recóndito del parque donde poder terminar mi libro, pero algo en mi interior me previno, insinuándome que quizá no estaba preparado para el género de sorpresas que el parque podría depararme allí.

Mientras terminaba el libro en el sofá de mi casa, extraje tres conclusiones importantes de mi frustrado plan de lectura bucólica, conclusiones que me gustaría compartir aquí:

1. Es realmente difícil encontrar sitios en los que mantenerse al margen de la vulgaridad.

2. Cada vez son menos quienes consiguen casarse sin hacer el ridículo.

3. A una ya no le dejan cortarse las uñas de los pies con tranquilidad en ningún sitio.

28 de marzo de 2019

¿Por qué echar aliento en la punta de los aviones de papel?



Vengo al blog de puntillas y después de mucho tiempo.

Le encargo una gestión a Pablo antes de irme a trabajar.
- Te tengo informado.
- No hace falta.
- Vamos, que te desentiendes.
Silencio medio incómodo.
- No me desentiendo. Me fío de que lo vas a hacer bien. Me fío de ti.
Risas. Me desentendí, naturalmente.

Haciendo aviones de papel con Nico, antes de lanzar por primera vez el suyo -mítico avión-flecha de toda la vida-, le echa  aliento dos veces en la punta, para que vuele mejor. Como mandan los cánones. El gesto me hizo la mar de gracia: no me acordaba de esa pequeña liturgia, cuya razón de ser aerodinámica nunca tuve el gusto de conocer ni la inquietud de investigar. Han pasado ya tres días y todavía me hace gracia el gesto, así que dejo a Nico congelado en esta entrada, con sus 11 años y sus bermudas del colegio, soplando con prosopopeya la punta de su avión-flecha. No vaya a ser que en unos años se nos vuelve a olvidar el tema del soplido, y trunquemos una tradición multisecular que no debe morir.

En cuanto a la respuesta a la pregunta que encabeza esta entrada, lanzo el guante a mi hermano Luis por si quiere explicarnos el motivo. Yo soy de letras.

20 de noviembre de 2018

Elogio de la rutina




Es innegable que la rutina tiene mala prensa. Parece una especie de maldición que quita la alegría y mata la espontaneidad. Con la honrosa excepción de los mazados de gimnasio y los corredores de maratón -que cada día son más-, en general asociamos rutina a oficinistas grises y aburridos, que aman lo previsible y quieren tenerlo todo bajo control. Rutina, amor a las reglas: virtudes tardofranquistas de burócratas inseguros y tristes, con pavor a la improvisación y a las sorpresas de la vida.
Nosotros no somos así. Nos molan las gafas de colores y las minifaldas. Nos gusta improvisar. Debajo del asfalto de las ciudades está la playa. Prohibido prohibir. Nos divertimos en el trabajo. Tenemos una visión-misión. Y todas esas gilipolleces adolescentes. Suerte con ello.
Yo me quedo con la rutina. Me encanta. Nadie lo dice mejor que Gómez Dávila: "Que rutinario sea hoy insulto comprueba nuestra ignorancia en el arte de vivir".

26 de octubre de 2018

Mi aperitivo favorito



Admiro a las aceitunas negras. No tienen buena pinta. No saben bien. Si están lisas, parecen artificiales. Si están arrugadas y flácidas tiran para atrás. Tienen hueso. Lo mires por donde lo mires, la aceituna negra es un producto rancio. Además, y para colmo de males, tienen una hermana guapa, la aceituna verde, mucho más glamourosa y con caché.

Todo esto es así. De hecho, y por mucho que las saquen en Tres Caminos, no conozco a nadie que vaya a un restaurante y pida unas aceitunas negras de aperitivo. A nadie.

Pero coño, ahí están las tías. Resistiendo. Buscando alianzas extrañas: con anchoas en pizzas, con quesos italianos de nombres importantes en ensaladas de supermercado, con garbanzos para el humus, con pescados y pimientos rojos. A lo que caiga.

Si lo piensas despacio, realmente es de admirar. Teniendo todos los motivos del mundo para resignarse a una honrosa y silenciosa extinción, la aceituna negra sigue en la brecha. Con la constancia y la humildad del antihéroe: sin alardes pero sin rendición. Admiro a las aceitunas negras.

La próxima vez que vaya a Tres Caminos y me saquen un platito de aceitunas negras -muy arrugadas- para entretener la espera, en lugar de la mueca de protesta de quien hubiera preferido anacardos o panchitos, prometo mirar las aceitunas con una chispa de complicidad y un punto de admiración. Acabo de nombrarles mi aperitivo favorito.

9 de octubre de 2018

Empuja


Cuando sudábamos en el coche, oíamos canciones enteras de cintas que se repetían una y otra vez, y nos amontonábamos en el asiento de atrás racimos de niños -culo alante, culo atrás para caber mejor-, un coche sin batería se arrancaba empujando, lo que constituía un momento de solidaridad, expectación y alegría de trabajo en equipo.

Nada que ver con la solución técnica de utilizar unas tristes pinzas con seriedad de mecánico experimentado.

Empujar el coche mola mucho más. No puedes hacerlo solo, de modo que hay que buscar gente solidaria dispuesta a darse una carrerita: amigos, vecinos, viandantes. Como en la mili, los reclutas tienen perfiles muy heterogéneos: un macarrilla que pasa por ahí -los macarrillas suelen ser gente cívica y de buen corazón-, un runner en pantalón corto, un portero panzón, algún niño... Una vez reclutada, la gente suele empujar con alegría y brío, raro es quien se anima a regañadientes.
Siempre hay quien antes se quita un abrigo, una chaqueta, los zapatos -todo se ha visto-, o se arremanga, como si fuera a correr los cien metros lisos o a mover un piano. Otro clásico es quien se ofrece a asumir la conducción, a lo que siempre uno se opone con la tan vaga como absurda sospecha de que puede ser que le roben el coche.

Entre los ayudantes, algunos empujan a conciencia, mientras que otros se limitan a acompañar el vehículo haciendo como que ayudan -quien haya movido sofás con amigos sabe a lo que me refiero-. Una figura muy recurrente es la del experto en Fórmula 1 que le recuerda varias veces al dueño del coche qué tiene que hacer: pon segunda, aprieta el embrague, pon el contacto..., a quien hay que escuchar con gran interés, no sea que se sienta ofendido y se vaya. Si el tío ya empieza a preguntar más cosas de la avería y te invita a abrir el capó, ten cuidado: puede tenerte allí más de media hora, y puedes comenzar a perder reclutas que hacen mutis. Tras las maniobras previas para "embocar" el coche en una recta, toca ganar velocidad.

Por fin, cuando el coche coge algo de inercia, se pone el contacto y -tras unas toses del motor que suponen el clímax de la situación-, el coche arranca y se aleja. Momento crítico, ya que el coche experimenta un ligero frenazo y una posterior aceleración, lo que puede hacer perder el equilibrio a los que empujan.  Más de uno se ha caído de morros al asfalto.

Una vez que el coche arranca, el dueño mira por el retrovisor cómo los ayudantes se hacen pequeñitos -momento de gran carga simbólica y muy cinematográfico-, y lo suyo es tocar el cláxon en señal de agradecimiento. Los que han empujado se felicitan: los niños con euforia; los mayores, con alegría contenida, casi con circunspección, con la satisfacción del deber cumplido. Según los cánones, hay que dar tres palmadas verticales a fin de limpiarse las manos -aunque su verdadero significado es más bien: "otro problema que resuelvo...".

La alegría que se experimenta es difusa, pero genuina: la que da el trabajo en equipo, la solidaridad, el éxito en una empresa. Son satisfacciones que la vida diaria no nos da muchas ocasiones de saborear.

Frente a este momento de camaradería y encuentro, arrancar un coche con pinzas es un acto anodino, solitario y triste. Su proceso es meramente técnico. Su resultado predecible.

No te dejes engañar por los cantos de sirena de la sociedad individualista y tecnificada. Apuesta por la amistad y la gratitud. Tira las pinzas grasientas que guardas en tu garage. Te diría más. Déjate las luces del coche encendidas de vez en cuando. Y arranca empujando, como toda la vida. Algo escondido en tu interior te lo agradecerá. Verás que el niño que hay dormido en ti -y en quienes se ofrezcan a ayudarte- no ha dicho todavía su última palabra. Le cargarás a él también las baterías.