20 de noviembre de 2018

Elogio de la rutina




Es innegable que la rutina tiene mala prensa. Parece una especie de maldición que quita la alegría y mata la espontaneidad. Con la honrosa excepción de los mazados de gimnasio y los corredores de maratón -que cada día son más-, en general asociamos rutina a oficinistas grises y aburridos, que aman lo previsible y quieren tenerlo todo bajo control. Rutina, amor a las reglas: virtudes tardofranquistas de burócratas inseguros y tristes, con pavor a la improvisación y a las sorpresas de la vida.
Nosotros no somos así. Nos molan las gafas de colores y las minifaldas. Nos gusta improvisar. Debajo del asfalto de las ciudades está la playa. Prohibido prohibir. Nos divertimos en el trabajo. Tenemos una visión-misión. Y todas esas gilipolleces adolescentes. Suerte con ello.
Yo me quedo con la rutina. Me encanta. Nadie lo dice mejor que Gómez Dávila: "Que rutinario sea hoy insulto comprueba nuestra ignorancia en el arte de vivir".

26 de octubre de 2018

Mi aperitivo favorito



Admiro a las aceitunas negras. No tienen buena pinta. No saben bien. Si están lisas, parecen artificiales. Si están arrugadas y flácidas tiran para atrás. Tienen hueso. Lo mires por donde lo mires, la aceituna negra es un producto rancio. Además, y para colmo de males, tienen una hermana guapa, la aceituna verde, mucho más glamourosa y con caché.

Todo esto es así. De hecho, y por mucho que las saquen en Tres Caminos, no conozco a nadie que vaya a un restaurante y pida unas aceitunas negras de aperitivo. A nadie.

Pero coño, ahí están las tías. Resistiendo. Buscando alianzas extrañas: con anchoas en pizzas, con quesos italianos de nombres importantes en ensaladas de supermercado, con garbanzos para el humus, con pescados y pimientos rojos. A lo que caiga.

Si lo piensas despacio, realmente es de admirar. Teniendo todos los motivos del mundo para resignarse a una honrosa y silenciosa extinción, la aceituna negra sigue en la brecha. Con la constancia y la humildad del antihéroe: sin alardes pero sin rendición. Admiro a las aceitunas negras.

La próxima vez que vaya a Tres Caminos y me saquen un platito de aceitunas negras -muy arrugadas- para entretener la espera, en lugar de la mueca de protesta de quien hubiera preferido anacardos o panchitos, prometo mirar las aceitunas con una chispa de complicidad y un punto de admiración. Acabo de nombrarles mi aperitivo favorito.

9 de octubre de 2018

Empuja


Cuando sudábamos en el coche, oíamos canciones enteras de cintas que se repetían una y otra vez, y nos amontonábamos en el asiento de atrás racimos de niños -culo alante, culo atrás para caber mejor-, un coche sin batería se arrancaba empujando, lo que constituía un momento de solidaridad, expectación y alegría de trabajo en equipo.

Nada que ver con la solución técnica de utilizar unas tristes pinzas con seriedad de mecánico experimentado.

Empujar el coche mola mucho más. No puedes hacerlo solo, de modo que hay que buscar gente solidaria dispuesta a darse una carrerita: amigos, vecinos, viandantes. Como en la mili, los reclutas tienen perfiles muy heterogéneos: un macarrilla que pasa por ahí -los macarrillas suelen ser gente cívica y de buen corazón-, un runner en pantalón corto, un portero panzón, algún niño... Una vez reclutada, la gente suele empujar con alegría y brío, raro es quien se anima a regañadientes.
Siempre hay quien antes se quita un abrigo, una chaqueta, los zapatos -todo se ha visto-, o se arremanga, como si fuera a correr los cien metros lisos o a mover un piano. Otro clásico es quien se ofrece a asumir la conducción, a lo que siempre uno se opone con la tan vaga como absurda sospecha de que puede ser que le roben el coche.

Entre los ayudantes, algunos empujan a conciencia, mientras que otros se limitan a acompañar el vehículo haciendo como que ayudan -quien haya movido sofás con amigos sabe a lo que me refiero-. Una figura muy recurrente es la del experto en Fórmula 1 que le recuerda varias veces al dueño del coche qué tiene que hacer: pon segunda, aprieta el embrague, pon el contacto..., a quien hay que escuchar con gran interés, no sea que se sienta ofendido y se vaya. Si el tío ya empieza a preguntar más cosas de la avería y te invita a abrir el capó, ten cuidado: puede tenerte allí más de media hora, y puedes comenzar a perder reclutas que hacen mutis. Tras las maniobras previas para "embocar" el coche en una recta, toca ganar velocidad.

Por fin, cuando el coche coge algo de inercia, se pone el contacto y -tras unas toses del motor que suponen el clímax de la situación-, el coche arranca y se aleja. Momento crítico, ya que el coche experimenta un ligero frenazo y una posterior aceleración, lo que puede hacer perder el equilibrio a los que empujan.  Más de uno se ha caído de morros al asfalto.

Una vez que el coche arranca, el dueño mira por el retrovisor cómo los ayudantes se hacen pequeñitos -momento de gran carga simbólica y muy cinematográfico-, y lo suyo es tocar el cláxon en señal de agradecimiento. Los que han empujado se felicitan: los niños con euforia; los mayores, con alegría contenida, casi con circunspección, con la satisfacción del deber cumplido. Según los cánones, hay que dar tres palmadas verticales a fin de limpiarse las manos -aunque su verdadero significado es más bien: "otro problema que resuelvo...".

La alegría que se experimenta es difusa, pero genuina: la que da el trabajo en equipo, la solidaridad, el éxito en una empresa. Son satisfacciones que la vida diaria no nos da muchas ocasiones de saborear.

Frente a este momento de camaradería y encuentro, arrancar un coche con pinzas es un acto anodino, solitario y triste. Su proceso es meramente técnico. Su resultado predecible.

No te dejes engañar por los cantos de sirena de la sociedad individualista y tecnificada. Apuesta por la amistad y la gratitud. Tira las pinzas grasientas que guardas en tu garage. Te diría más. Déjate las luces del coche encendidas de vez en cuando. Y arranca empujando, como toda la vida. Algo escondido en tu interior te lo agradecerá. Verás que el niño que hay dormido en ti -y en quienes se ofrezcan a ayudarte- no ha dicho todavía su última palabra. Le cargarás a él también las baterías.

19 de julio de 2018

Varios flashes



Cuando te entiendes tan bien con alguien que no hace falta que en las bromas de whatsapp pongas emoticono alguno.

El estómago tiene una cámara secreta para el dulce. Puedes estar muy lleno y no poder más. Pero cuando llega un postre rico, siempre encuentras algo de sitio para él.

Le di un golpe fuerte al coche con un bordillo traicionero. Me quedo sentado con cara de tonto. Mis amigos se acercan a la parte delantera. Veo sus caras mirando el golpe desde fuera, e intento valorar los daños a juzgar por sus muecas. La situación es bastante cómica y me da la risa. Luego se reirá el del taller, cada uno tiene su momento.

En los artículos que escribo procuro esconder dos o tres palabras molonas, con la ilusión de que alguien sonría al descubrilas. Hace poco escribí: "etnia mapuche"; ayer, "industrias vitivinícola y quesícola"; hoy, "añagaza". Pequeñas venganzas contra el gris aburrido del argot académico.

19 de junio de 2018

Hillary vs María



Leí la noticia hace poco. Una feminista afeaba a Hillary Clinton que en su breve biografía de Twitter lo primero que ponía era: esposa, madre y abuela. Y luego ya sus méritos profesionales: candidata, secretaria de Estado, abogada, etc... ¿Qué forma de definirse es esa, en relación con su marido, su hija y nietos? Lo primero es lo primero. Di quién eres. Qué has conseguido. Quién eres TÚ, más allá de Bill, Chelsea y toda la tropa. Sé una verdadera feminista. Hillary, claro, tuvo casi que disculparse, y ya ha cambiado su perfil, anteponiendo sus logros profesionales a los lazos familiares. Todo menos decir que a una (y a uno) le definen más sus relaciones significativas que sus logros individuales, lo que sería una suerte de blasfemia contra el credo feminista.

La noticia me recordó que en el evangelio de Juan a la Virgen no se la llama nunca por su nombre. Ella no es María, sino simplemente "la madre de Jesús". No sé si la Virgen es feminista. Pero sí tengo claro que si se tuviera que abrir una cuenta en Twitter, no añadiría a esa biografía ni una coma. Se pusieran como se pusieran Hillary y sus guardianas de la ortodoxia feminista.

26 de mayo de 2018

No elijas todo



Divertido eslogan de la nueva campaña de Movistar: Elige todo. Que no cuenten conmigo.

Elegir todo puede sonar bien, pero en el fondo supone no preferir nada. Todas las carreras. Todos los sabores de helado. Todos los equipos de fútbol. Vaya rollo. Elegir todo supone no escoger, no convertir nunca a algo -o mejor, a alguien- en único y especial. Qué queréis que os diga: aunque suponga renunciar a cosas, yo prefiero preferir.

Lo explica muy bien Marwan en "Todos mis futuros son contigo": "Sé que la quiero, porque cuando me dicen que elija dos mujeres la elijo dos veces a ella".

25 de abril de 2018

21 de abril de 2018

Placeres domésticos


Soy ordenado. No es mérito mío: siempre lo he sido. Cuando vuelvo de viaje, me encanta deshacer la maleta, e ir dejando cada cosa en su sitio. De hecho, la propia expresión "estará en su sitio" me produce un placer difícilmente explicable: ¡Qué manifestación de inteligencia y civilización! Que cada objeto tenga su lugar dentro de la casa, de la habitación, del cajón... es simplemente precioso. Tener un sitio propio otorga al objeto plena ciudadanía en una casa.

Hay cosas que todavía no tienen sitio. Suele suceder con los regalos de las bodas, carreras populares o amigos invisibles cuando no sabes dónde ponerlos (normalmente, porque son objetos mediocres: ni tan buenos que merecen un sitio inmediato, ni tan cutres que directamente van a la basura). Así, estos objetos normalmente son semi-abandonados sobre la mesa, encima de la cama o en el aparador de la entrada: el objeto todavía es un intruso, un invitado. Ponerlo provisionalmente en un sitio no cambia las cosas: sigue de prestado. Esta situación puede precipitar de tres formas distintas: hacia la casa de un amigo o vecino -"recolocación a tercero", todo un clásico del que hay verdaderos expertos-; directamente hacia la basura -deportación, bajo el lema "para qué quiero yo esta mierda que ocupa espacio y no vale para nada"- o hacia un lugar propio y definitivo -adopción del mismo, reconocimiento pleno de sus derechos. También existe una cuarta posibilidad, fruto de la omisión: la de mantener la situación de interinidad indefinidamente. Es lo que suele pasarle a las personas desordenadas, que no se deciden ni a colocar, ni a ordenar ni a tirar, y sus casas o despachos se convierten en lugares donde el caos encuentra su asiento. A este respecto, podría contaros cosas espeluznantes... pero bueno, volvamos a los placeres.

Otro placer casi inefable para quienes somos ordenados: buscar algo que no sabemos dónde lo hemos dejado en el sitio en el que, siguiendo la lógica, debería haber sido puesto... y encontrarlo esperándonos ahí. Es como una cita -no diré romántica, pero sí cómplice- con nuestro yo del pasado. Bien hecho. Dejar algo en su sitio, donde razonablemente debe estar, es citarnos con un yo futuro en un momento indeterminado, pero precisamente ahí. Lo contrario, dejar las cosas en cualquier lugar y de forma irracional -ale, al fondo del cajón o hecho un burruño en un altillo-, supone poner la zancadilla a nuestro yo futuro, amargarle una tarde, hacerle perder un tiempo que hoy no sabemos si tendremos o no. En este sentido, el desorden podría ser definido como una autoputada diferida.

Un último placer doméstico asociado al orden: el de tirar cosas. La gente tiende a acumular todo tipo de objetos inútiles por pena de tirarlos, para luego enojarse al ver cómo esas cosas invaden sus espacios -casa, habitación, armario, escritorio del ordenador-, les amargan la vida y les generan malas vibraciones. No te dejes engañar por el... "quizá lo use en el futuro" o el "ya lo tiraré otro día". No. Sé fuerte. Tira cosas. Celébralo. Es realmente reconfortante y placentero. Hace poco leí un libro llamado "El arte de tirar". Lo mejor del libro era el título, la verdad -de hecho, tiré el libro antes de acabarlo, en un ejercicio de coherencia. Pues bien, ejercítate en ese arte. Tirar todo aquello que no te guste y no sea imprescindible te hará mucho más feliz.

Todo esto lo pensaba ayer, cuando un amigo me prestó pasta de dientes en un viaje y vi que su tubo de pasta de dientes estaba apretujado por el centro. Como si el tío lo hubiera apretado con todo el puño por la mitad, para ponerse un poquito de pasta de dientes en el cepillo. ¡Qué diferentes somos!, pensé. Personalmente, no podría vivir con alguien que se pusiera la pasta de dientes así. ¿Seré un maniático por apretar mi tubo de pasta de dientes desde abajo? ¿O es lo que hacen las personas civilizadas y racionales? ¿Deberían sobreimprimir unas instrucciones básicas sobre cómo utilizar el tubo? ¿Cómo se puede ser tan zángano? Si tiene así el tubo de dientes... ¿cómo estará su habitación de ordenada? ¿cómo hará su cama? ¿cómo estará la guantera de su coche? Sólo de pensarlo me daban escalofríos. Cada vez era más difícil refrenar mis pensamientos, que llegaban a conclusiones impredecibles y kafkianas: "Dime cómo te pones pasta de dientes y te diré quién eres", "Muchos divorcios y crisis de pareja se solucionarían si en los primeros compases de la relación se realizara la prueba del tubo de pasta de dientes", "¿Qué sociedad estamos construyendo, con gente que se pone así la pasta de dientes?", y un largo etcétera.

Llámame fascista, pero cuando terminé de lavarme los dientes, no pude evitar el impulso de tirar el tubo de pasta de dientes a la basura. Y cuando un rato después mi amigo me preguntó dónde estaba su dentífrico, le contesté displicente: "Estará en su sitio..."

24 de febrero de 2018

Mucho más que un euro



Creo que a todos nos ha pasado. Echas un euro en una máquina expendedora. Aprietas tranquilamente el botón. Esperas. Ningún ruidito, más allá del ruidito de tu euro cayendo dentro del bolsillo del dueño de la máquina. Esperas otro poco y pulsas el botón, algo más fuerte. Pero sigue sin pasar nada. Bueno, pasa que has perdido un euro y se te ha quedado cara de tonto.
Pues bien, lo que hay que hacer es abandonar rápidamente el lugar de los hechos, con dignidad. No ha pasado nada. Es solo un euro. Un euro que hay que olvidar cuanto antes.

Cualquier otra reacción distinta a la huida serena y digna no mejora las cosas.

Apretar el botón una y otra vez, cada vez más fuerte, no vale para nada. Poner cara de enfado y mirar alrededor, acompañando tu gesto con algún que otro aspaviento, sólo hace tu desdicha más evidente, convirtiéndote en objeto de burla o compasión de un hipotético y previsible espectador. Ninguna de esos sentimientos ajenos te va a hacer sentir mejor, ni te va a devolver tu euro. Es más, bajo el foco de la mirada ajena tu cara de tonto y tu enfado se enconarán.

Tampoco te aconsejo buscar al responsable y exigir la devolución de tu moneda, ni llamar al teléfono 900 que está impreso medio borroso en una etiqueta plateada, casi en la base de la máquina. Perderás tiempo y paciencia. Perderás otro euro. ¿Qué esperas de esa llamada? ¿Va a venir un repartidor con gorra a traerte la coca-cola o el sánwich que la máquina se niega a expedirte? ¿Te va a traer un euro? ¿Qué te va a decir el operador del teléfono? ¿Que le des tu número de cuenta para ingresarte un euro? La opción de la llamada es, a todas luces, insatisfactoria. (Salvo que tu objetivo sea satisfacer de manera inmediata una necesidad perentoria de maldecir a alguien, claro. En este caso, te recomiendo el siguiente esquema para la conversación: 1. Introducción educada: Buenos días, lo que tengo que decirle no es nada personal; 2. Maldición propiamente dicha, taco, insulto; 3. Despedida cordial -muchas gracias por su atención y pase un buen día.)

Ahora bien, todavía hay una reacción más irracional: la agresividad que ciertos consumidores frustrados exhiben, golpeando la máquina con la palma de la mano -suavemente, como a un bebé en la espalda animándole a que eructe, o con contundencia, como a una televisión antigua que se resiste a sintonizar-, o incluso directamente dándole patadas rasantes con la punta del pie, o a media altura, flexionando la rodilla y atacando con la planta. El último escalón de este crescendo de decepción y furia consiste en colgarse de la máquina desde un lateral, y zarandearla sobre su base. Todo se ha visto. Quiero pensar que este tipo de reacción violenta obedece más a una necesidad física de dar salida al sentimiento de frustración, que al deseo racional de recuperar un euro. Dan ganas de acercarse al interesado y ofrecerle un euro diciéndole: "Tu euro. Pasa un buen día".

Vuelvo al comienzo. Si no te ha pasado, te pasará, porque las máquinas se tragan monedas. Cuando llegue el momento recuerda esta entrada, y no hagas el ridículo. Disimula, sonríe, aléjate del lugar. Es solo un euro. Un euro que puede joderte la mañana; pero también hacerte feliz, si piensas que ante tamaño revés estás actuando con entereza, con inteligencia emocional, con dominio propio. Es más: recomiendo echar, antes de irte, un segundo euro en la ranura. Con magnanimidad. Ni sándwich ni historias. Esos dos euros perdidos, no te quepa duda, te han hecho mucho más fuerte.

Llámame loco. Pero cada vez que echo una moneda en una máquina de vending, algo dentro de mi anhela que la máquina se trague mi euro.

16 de febrero de 2018

Me supo a verano



El otro día bebí agua de una manguera, y me supo a infancia y a verano. Sobre todo a verano.

PD. Valga esta breve entrada como pequeño homenaje a Josemari Arriola, un grande, que se nos ha ido esta semana. En él también se cumple el poema de D'Ors: "Se marchó, pero qué forma de quedarse". Un amigo más a quien pedirle cosas.