19 de julio de 2018

Varios flashes



Cuando te entiendes tan bien con alguien que no hace falta que en las bromas de whatsapp pongas emoticono alguno.

El estómago tiene una cámara secreta para el dulce. Puedes estar muy lleno y no poder más. Pero cuando llega un postre rico, siempre encuentras algo de sitio para él.

Le di un golpe fuerte al coche con un bordillo traicionero. Me quedo sentado con cara de tonto. Mis amigos se acercan a la parte delantera. Veo sus caras mirando el golpe desde fuera, e intento valorar los daños a juzgar por sus muecas. La situación es bastante cómica y me da la risa. Luego se reirá el del taller, cada uno tiene su momento.

En los artículos que escribo procuro esconder dos o tres palabras molonas, con la ilusión de que alguien sonría al descubrilas. Hace poco escribí: "etnia mapuche"; ayer, "industrias vitivinícola y quesícola"; hoy, "añagaza". Pequeñas venganzas contra el gris aburrido del argot académico.

19 de junio de 2018

Hillary vs María



Leí la noticia hace poco. Una feminista afeaba a Hillary Clinton que en su breve biografía de Twitter lo primero que ponía era: esposa, madre y abuela. Y luego ya sus méritos profesionales: candidata, secretaria de Estado, abogada, etc... ¿Qué forma de definirse es esa, en relación con su marido, su hija y nietos? Lo primero es lo primero. Di quién eres. Qué has conseguido. Quién eres TÚ, más allá de Bill, Chelsea y toda la tropa. Sé una verdadera feminista. Hillary, claro, tuvo casi que disculparse, y ya ha cambiado su perfil, anteponiendo sus logros profesionales a los lazos familiares. Todo menos decir que a una (y a uno) le definen más sus relaciones significativas que sus logros individuales, lo que sería una suerte de blasfemia contra el credo feminista.

La noticia me recordó que en el evangelio de Juan a la Virgen no se la llama nunca por su nombre. Ella no es María, sino simplemente "la madre de Jesús". No sé si la Virgen es feminista. Pero sí tengo claro que si se tuviera que abrir una cuenta en Twitter, no añadiría a esa biografía ni una coma. Se pusieran como se pusieran Hillary y sus guardianas de la ortodoxia feminista.

26 de mayo de 2018

No elijas todo



Divertido eslogan de la nueva campaña de Movistar: Elige todo. Que no cuenten conmigo.

Elegir todo puede sonar bien, pero en el fondo supone no preferir nada. Todas las carreras. Todos los sabores de helado. Todos los equipos de fútbol. Vaya rollo. Elegir todo supone no escoger, no convertir nunca a algo -o mejor, a alguien- en único y especial. Qué queréis que os diga: aunque suponga renunciar a cosas, yo prefiero preferir.

Lo explica muy bien Marwan en "Todos mis futuros son contigo": "Sé que la quiero, porque cuando me dicen que elija dos mujeres la elijo dos veces a ella".

25 de abril de 2018

21 de abril de 2018

Placeres domésticos


Soy ordenado. No es mérito mío: siempre lo he sido. Cuando vuelvo de viaje, me encanta deshacer la maleta, e ir dejando cada cosa en su sitio. De hecho, la propia expresión "estará en su sitio" me produce un placer difícilmente explicable: ¡Qué manifestación de inteligencia y civilización! Que cada objeto tenga su lugar dentro de la casa, de la habitación, del cajón... es simplemente precioso. Tener un sitio propio otorga al objeto plena ciudadanía en una casa.

Hay cosas que todavía no tienen sitio. Suele suceder con los regalos de las bodas, carreras populares o amigos invisibles cuando no sabes dónde ponerlos (normalmente, porque son objetos mediocres: ni tan buenos que merecen un sitio inmediato, ni tan cutres que directamente van a la basura). Así, estos objetos normalmente son semi-abandonados sobre la mesa, encima de la cama o en el aparador de la entrada: el objeto todavía es un intruso, un invitado. Ponerlo provisionalmente en un sitio no cambia las cosas: sigue de prestado. Esta situación puede precipitar de tres formas distintas: hacia la casa de un amigo o vecino -"recolocación a tercero", todo un clásico del que hay verdaderos expertos-; directamente hacia la basura -deportación, bajo el lema "para qué quiero yo esta mierda que ocupa espacio y no vale para nada"- o hacia un lugar propio y definitivo -adopción del mismo, reconocimiento pleno de sus derechos. También existe una cuarta posibilidad, fruto de la omisión: la de mantener la situación de interinidad indefinidamente. Es lo que suele pasarle a las personas desordenadas, que no se deciden ni a colocar, ni a ordenar ni a tirar, y sus casas o despachos se convierten en lugares donde el caos encuentra su asiento. A este respecto, podría contaros cosas espeluznantes... pero bueno, volvamos a los placeres.

Otro placer casi inefable para quienes somos ordenados: buscar algo que no sabemos dónde lo hemos dejado en el sitio en el que, siguiendo la lógica, debería haber sido puesto... y encontrarlo esperándonos ahí. Es como una cita -no diré romántica, pero sí cómplice- con nuestro yo del pasado. Bien hecho. Dejar algo en su sitio, donde razonablemente debe estar, es citarnos con un yo futuro en un momento indeterminado, pero precisamente ahí. Lo contrario, dejar las cosas en cualquier lugar y de forma irracional -ale, al fondo del cajón o hecho un burruño en un altillo-, supone poner la zancadilla a nuestro yo futuro, amargarle una tarde, hacerle perder un tiempo que hoy no sabemos si tendremos o no. En este sentido, el desorden podría ser definido como una autoputada diferida.

Un último placer doméstico asociado al orden: el de tirar cosas. La gente tiende a acumular todo tipo de objetos inútiles por pena de tirarlos, para luego enojarse al ver cómo esas cosas invaden sus espacios -casa, habitación, armario, escritorio del ordenador-, les amargan la vida y les generan malas vibraciones. No te dejes engañar por el... "quizá lo use en el futuro" o el "ya lo tiraré otro día". No. Sé fuerte. Tira cosas. Celébralo. Es realmente reconfortante y placentero. Hace poco leí un libro llamado "El arte de tirar". Lo mejor del libro era el título, la verdad -de hecho, tiré el libro antes de acabarlo, en un ejercicio de coherencia. Pues bien, ejercítate en ese arte. Tirar todo aquello que no te guste y no sea imprescindible te hará mucho más feliz.

Todo esto lo pensaba ayer, cuando un amigo me prestó pasta de dientes en un viaje y vi que su tubo de pasta de dientes estaba apretujado por el centro. Como si el tío lo hubiera apretado con todo el puño por la mitad, para ponerse un poquito de pasta de dientes en el cepillo. ¡Qué diferentes somos!, pensé. Personalmente, no podría vivir con alguien que se pusiera la pasta de dientes así. ¿Seré un maniático por apretar mi tubo de pasta de dientes desde abajo? ¿O es lo que hacen las personas civilizadas y racionales? ¿Deberían sobreimprimir unas instrucciones básicas sobre cómo utilizar el tubo? ¿Cómo se puede ser tan zángano? Si tiene así el tubo de dientes... ¿cómo estará su habitación de ordenada? ¿cómo hará su cama? ¿cómo estará la guantera de su coche? Sólo de pensarlo me daban escalofríos. Cada vez era más difícil refrenar mis pensamientos, que llegaban a conclusiones impredecibles y kafkianas: "Dime cómo te pones pasta de dientes y te diré quién eres", "Muchos divorcios y crisis de pareja se solucionarían si en los primeros compases de la relación se realizara la prueba del tubo de pasta de dientes", "¿Qué sociedad estamos construyendo, con gente que se pone así la pasta de dientes?", y un largo etcétera.

Llámame fascista, pero cuando terminé de lavarme los dientes, no pude evitar el impulso de tirar el tubo de pasta de dientes a la basura. Y cuando un rato después mi amigo me preguntó dónde estaba su dentífrico, le contesté displicente: "Estará en su sitio..."

24 de febrero de 2018

Mucho más que un euro



Creo que a todos nos ha pasado. Echas un euro en una máquina expendedora. Aprietas tranquilamente el botón. Esperas. Ningún ruidito, más allá del ruidito de tu euro cayendo dentro del bolsillo del dueño de la máquina. Esperas otro poco y pulsas el botón, algo más fuerte. Pero sigue sin pasar nada. Bueno, pasa que has perdido un euro y se te ha quedado cara de tonto.
Pues bien, lo que hay que hacer es abandonar rápidamente el lugar de los hechos, con dignidad. No ha pasado nada. Es solo un euro. Un euro que hay que olvidar cuanto antes.

Cualquier otra reacción distinta a la huida serena y digna no mejora las cosas.

Apretar el botón una y otra vez, cada vez más fuerte, no vale para nada. Poner cara de enfado y mirar alrededor, acompañando tu gesto con algún que otro aspaviento, sólo hace tu desdicha más evidente, convirtiéndote en objeto de burla o compasión de un hipotético y previsible espectador. Ninguna de esos sentimientos ajenos te va a hacer sentir mejor, ni te va a devolver tu euro. Es más, bajo el foco de la mirada ajena tu cara de tonto y tu enfado se enconarán.

Tampoco te aconsejo buscar al responsable y exigir la devolución de tu moneda, ni llamar al teléfono 900 que está impreso medio borroso en una etiqueta plateada, casi en la base de la máquina. Perderás tiempo y paciencia. Perderás otro euro. ¿Qué esperas de esa llamada? ¿Va a venir un repartidor con gorra a traerte la coca-cola o el sánwich que la máquina se niega a expedirte? ¿Te va a traer un euro? ¿Qué te va a decir el operador del teléfono? ¿Que le des tu número de cuenta para ingresarte un euro? La opción de la llamada es, a todas luces, insatisfactoria. (Salvo que tu objetivo sea satisfacer de manera inmediata una necesidad perentoria de maldecir a alguien, claro. En este caso, te recomiendo el siguiente esquema para la conversación: 1. Introducción educada: Buenos días, lo que tengo que decirle no es nada personal; 2. Maldición propiamente dicha, taco, insulto; 3. Despedida cordial -muchas gracias por su atención y pase un buen día.)

Ahora bien, todavía hay una reacción más irracional: la agresividad que ciertos consumidores frustrados exhiben, golpeando la máquina con la palma de la mano -suavemente, como a un bebé en la espalda animándole a que eructe, o con contundencia, como a una televisión antigua que se resiste a sintonizar-, o incluso directamente dándole patadas rasantes con la punta del pie, o a media altura, flexionando la rodilla y atacando con la planta. El último escalón de este crescendo de decepción y furia consiste en colgarse de la máquina desde un lateral, y zarandearla sobre su base. Todo se ha visto. Quiero pensar que este tipo de reacción violenta obedece más a una necesidad física de dar salida al sentimiento de frustración, que al deseo racional de recuperar un euro. Dan ganas de acercarse al interesado y ofrecerle un euro diciéndole: "Tu euro. Pasa un buen día".

Vuelvo al comienzo. Si no te ha pasado, te pasará, porque las máquinas se tragan monedas. Cuando llegue el momento recuerda esta entrada, y no hagas el ridículo. Disimula, sonríe, aléjate del lugar. Es solo un euro. Un euro que puede joderte la mañana; pero también hacerte feliz, si piensas que ante tamaño revés estás actuando con entereza, con inteligencia emocional, con dominio propio. Es más: recomiendo echar, antes de irte, un segundo euro en la ranura. Con magnanimidad. Ni sándwich ni historias. Esos dos euros perdidos, no te quepa duda, te han hecho mucho más fuerte.

Llámame loco. Pero cada vez que echo una moneda en una máquina de vending, algo dentro de mi anhela que la máquina se trague mi euro.

16 de febrero de 2018

Me supo a verano



El otro día bebí agua de una manguera, y me supo a infancia y a verano. Sobre todo a verano.

PD. Valga esta breve entrada como pequeño homenaje a Josemari Arriola, un grande, que se nos ha ido esta semana. En él también se cumple el poema de D'Ors: "Se marchó, pero qué forma de quedarse". Un amigo más a quien pedirle cosas.

1 de enero de 2018

Mis aventuras de Jeremiah Johnson (o la doble vida de los dos d'Ors)

Esta entrada es un regalo de año nuevo para Luis y para José, asiduos lectores de este blog



Poema de Miguel D'Ors
Mis aventuras de Jeremiah Johnson (o de la doble vida de los dos d'Ors)

Nostalgias de otras vidas: aventura y combate,
no tus horas insípidas
de padre de familia y funcionario
que vive encarcelado en una agenda.

Nostalgia de luchar contra la selva,
de escalar ochomiles
entre el estrépito de los aludes,
de ataques de caníbales armados con curare,
de olas de doce metros en una ballenera,
de entrar en territorio comanche dando escolta
a una destartalada caravana
de colonos pardillos.

Que tu vida —suspiras—
fuese esa caravana que atraviesa Wyoming:
huellas de mocasines junto al río,
carretas que se quedan enfangadas
(vaya irlandeses lerdos),
fustigar a los mulos a voces y empujar
las ruedas con el barro a la cintura;
de pronto, sobre el filo de una loma,
la silueta ecuestre y sigilosa
de unos indios, pie a tierra todo el mundo,
son comanches, vosotros, con los winchester,
apostaos detrás de aquellas rocas,
vosotros, ensillando y al galope a Fort Laramie,
a dar aviso a la Caballería,
buena suerte, muchachos, las mujeres y niños,
detrás de esa carreta volcada —señorita,
hay un maldito indio detrás de cada piedra—,
y usted, doctor, olvide la botella
y meta la cabeza en un cubo de agua:
va a trabajar muy duro esta mañana;
y las primeras flechas y los primeros gritos,
¿ha manejado alguna vez un rifle?,
el olor de la pólvora, alguno de los nuestros
que cae muerto, caballos por el suelo,
y un ardor repentino
mordiéndome en el hombro, y por el horizonte
la trompeta del Séptimo, ¡salvados!, ¿le han herido?,
nada, sólo un rasguño, señorita,
mientes mientras la vista se te nubla.
Y caes desfallecido en su regazo.

Y ahora que al fin ya te has callado un poco,
permíteme decirte, so petardo,
que a ver si abres los ojos, que eres más lerdo que
todos tus irlandeses:
siempre fantaseando otra existencia,
que si explorar, luchar, tener miedo, subir,
caer, vencer, defenderse de los ataques indios…
y a fin de cuentas, padre de familia
y funcionario, ¿qué otra cosa has
estado haciendo tú toda tu vida?


PD. Está bien regalar cosas que no son de uno. Pero bueno, no creo que a Miguel d'Ors le moleste demasiado. Las cosas realmente importante tienen eso, que crecen y mejoran cuando se reparten.

29 de diciembre de 2017

115



Volvía de cenar en Alicante con unos amigos. No tenía mucha prisa, y sí cosas sobre las que pensar, de modo que decidí tomármelo con calma. 115. No lo había hecho nunca. Al día siguiente repetí la experiencia en un trayecto de vuelta desde Castellón. Creedme: la sensación fue indescriptible. De solo recordarlo se me pone la piel de gallina.

Conducir a 115 km/h es como llevar unos pantalones de cuadros, o visitar un museo con las manos en la espalda. Es de rico. De genio. Digámoslo claro por una vez: de puto amo.

Cuando conducimos rápido demostramos ansiedad y prisa, al tiempo que desvirtuamos el camino que recorremos, que queremos dejar atrás cuanto antes. (Personalmente, siempre he sospechado que los conductores veloces arrastran traumas infantiles o complejos arraigados de los que no consiguen escapar).

Ir entre 120 y 130 no está mal, pero puede suponer un acatamiento acrítico de la reglamentación de tráfico y generar una estandarización conductista ciertamente indeseable. También puede obedecer a un atávico miedo a la sanción administrativa, una de las formas de homogeniezación social que ciudadanos verdaderamente libres deberían despreciar.

Ir a 115 es lo que mola: demuestra que se es dueño del tiempo, que se disfruta del camino, del paisaje, de la soledad o de la compañía. Ojo: hay que proponérselo. Si te descuidas te adelantan hasta los camiones de ganado. Pero el darte cuenta de lo despacio que vas te hace sonreír, ser consciente de que a 115 estás tomando posesión de lo que es tuyo. De aquello que la sociedad hiperconectada y vertiginosa de la teta y la cacha ya no te volverá a arrebatar.

La próxima vez que te pongas al volante no lo dudes: súmate al club de los 115. Hazme caso. Vivirás experiencias increíbles.

10 de diciembre de 2017

Qué alivio



Qué alivio nos invade cuando, ante la invitación a un plan que no nos apetece nada, entre las mil y una excusas poco convincentes que buscamos a toda velocidad en nuestro cerebro y que pondríamos con la boca pequeña, cuando nos damos cuenta de que estamos a punto de ser embarcados en un asunto que nos da una pereza mortal, que nos están viviendo la vida pero bueno, que para algo están los amigos... descubrimos súbitamente que de verdad no podemos ir por una causa importante.

"Lo siento un montón" (mentira), "pero (gracias a Dios) tengo otro lío (¡menos mal!) y no voy a poder ir. Me sabe fatal (que me invites a estas mierdas). Si consigo librarme de lo otro (ni loco) te digo algo (espera sentado)".

Magnífica mezcla de amistad, buenos modales, un poco de cinismo y pecado original. Así somos. Mola.