
De vez en cuando se declaraba en casa –quizá también a gran escala, en el colegio- el estado de sitio, debido a la llegada de los piojos. Y todos los hermanos íbamos pasando religiosamente por la bañera –a veces se cambiaba el agua, a veces no-, en la que nuestra madre nos aplicaba filvit o algún otro producto con olor a vinagre, que acababa con la vida de los diminutos advenedizos. Había que cerrar bien los ojos, ya que el producto picaba bastante. Luego, ya en pijama, era preciso hacer contorsiones cervicales mientras mamá nos escudriñaba el pelo en busca de piojos o liendres supervivientes. Al encontrar alguno, tras un pequeño tirón de pelo, mamá lo señalaba triunfante sobre la mesa, y lo aplastaba con la uña, produciendo un pequeño y misterioso crujido. Para la cena, la operación estaba liquidada. Una tortilla francesa –no eran días para alardes culinarios-, algunos dibujos y a la cama.
Entrada patrocinada por Filvit: