29 de abril de 2006

Por favor, no nos ayuden tanto


Hay algo muy importante en esta vida: saber en cada momento qué es lo que se espera de uno. Esto ayuda a no “sobreactuar”, a no excederse, extralimitarse, etc. ¿Nunca habéis tenido que decirle a alguien, algo pelma: “por favor, no me ayudes tanto”?

Creo que el Ejecutivo español tiene algo desenfocada esta cuestión. Piensa que los poderes públicos son los garantes de la felicidad personal. Piensa que un Gobierno ha de ser el libertador de las personas, el garante de la alegría, el catalizador del júbilo general. Su misión sería así la de crear ciudadanos felices, regulando para ello, si es preciso, hasta las esferas más recónditas de las conciencias. Y por ello, sobreactúa, se excede y se extralimita, politizando cuestiones que no son propias de la pugna política, como la educación, la sexualidad, la religión, el matrimonio, etc.

El cardenal Ratzinger escribía en una ocasión: “No es misión del Estado traer la felicidad a la humanidad. Ni es competencia suya crear hombres nuevos, ni tampoco es cometido del Estado convertir el mundo y la Historia en un paraíso. Por eso, cuando lo intenta, lo absolutiza y traspasa sus límites”.

Pues eso. Limítense a garantizar una esfera pública respetuosa con todos, y dejen que en la vida privada cada uno haga lo que quiera… ¿O es que tienen miedo a la libertad y a la diversidad?

1 comentario:

Mora-Fandos dijo...

Coincido en que el Estado debería no entrar en determinadas cuestiones, para ser fiel a su propia naturaleza. Cuando crecen las atribuciones del Estado, decrecen las de los individuos. Es el principio de subsidiariedad el que está fallando. Pero sobre todo lo que fallan son ciudadanos que hablen y hagan sentir que hay gente que quiere tomar decisiones y emprender proyectos por sí mismos. Me parece que hay que dar esta batalla de la visibilidad. Pero el obrar sigue al ser: para hablar primero hay que ser algo medianamente sólido.