
Aunque no era lo común, algunas veces sucedía. Uno se olvidaba la llave, o llegaba a casa a una hora imprevista, y no había ni el tato. La alternativa no era llorar, jugar con el móvil, sentarse a esperar o ir al bar. Era llamar al timbre del vecino (en mi caso, los reaño o los puerta) y poner cara de pena con una medio sonrisa.
Los primeros impactos siempre eran los mismos: las pantuflas del propietario y el olor característico de cada casa -ninguna casa huele igual-. Te servían una coca-cola y eras aparcado delante de la televisión, el ordenador, o algún juego de mesa. Al rato oías ruido en casa, te despedías educadamente y llamabas a casa. Sonrisa entre los padres -muchas gracias y tal- y a hacer los deberes o poner la mesa.
Me pregunto si en educación para la ciudadanía, además de explicar cómo ponerse un condón, explicarán este tipo de conductas vecinales. o a lo mejor son reminiscencias tardofranquistas, qué sé yo.