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11 de julio de 2026

Todavía hay personas buenas en el mundo

 


L. se acaba de romper el tendón de Aquiles y va escayolado hasta la rodilla, caminando con una especie de pata de palo que le ahorra llevar muletas y le permite utilizar las manos.

Tras una semana de insistencia, hace un par de días decidió comprarle a su hijo de 7 años un álbum de cromos de la liga. Con 35ºC grados a la sombra se echó a la calle con la criatura, arrastrando su escayola y su pata de palo bajo el inclemente sol de julio. Para cuando ganó el kiosco más cercano, sudaba como un gorrino. Por lo visto, un cliente que hacía cola les regaló cuatro sobres de cromos, al ver la ilusión del niño. L. intentó resistirse, pero el benefactor le dijo que recordaba su ilusión por las colecciones cuando era niño –ese inconfundible olor de los sobres de cromos de panini-, y que por favor aceptara los cromos.

De vuelta a casa, el niño comprobó que los 15 cromos que tenía en casa eran de otra colección y que el álbum no servía. Se cogió una perra monumental y estuvo media hora llorando de forma inconsolable. Para cuando el niño dejó de llorar, L. seguía sudando. Sobre todo por dentro de la escayola. Los dedos del pie le picaban una barbaridad.

A esa misma hora, el hombre de los cromos se tomaba un vermú fresquito con aceitunas en la terraza climatizada de su casa, regodeándose en su buena obra el día mientras su gato pequinés ronroneaba plácidamente a sus pies.

Todavía hay personas buenas en el mundo.

21 de junio de 2025

La lucha por la diversidad y la salud mental exige sacrificio


Me invitaron a dar una clase en una universidad. Al terminar pasé por el baño. En los espejos había unas pegatinas grandes de muchos colores con estos dos mensajes: "Eres único, somos diversos" y "Cuídate, tu salud mental importa". O algo del estilo. Fui a lavarme las manos pero en ninguno de los dispensadores quedaba jabón.

Se conoce que la promoción de la diversidad y la salud mental centran los esfuerzos de esa comunidad educativa. Menos mal que la pegatina del medio ambiente todavía no la han puesto, porque los recortes en otros conceptos podrían ser dramáticos.

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Al hilo de lo anterior, nos equivocaríamos si lo redujéramos a una mera anécdota. Llevamos ya mucho tiempo centrados en eslóganes y carteles, fotitos chulis y likes, al tiempo que desatendemos casi todo lo demás. Nadie quiere reponer jabón en los baños porque es aburrido y no mola. Mientras que diseñar pegatinas de colores e ir pegándolas por ahí nos hace sentirnos "social justice warriors" situados el lado correcto de la historia. Lo que pasa es que los seres humanos necesitamos jabón, sábanas limpias y comida caliente mucho más que pegatinas y eslóganes molones, que a los cincuenta años no abrigan. 

Pensando en las pegatinas de los baños he recordado las aldeas Potemkin, construcciones de cartón piedra animadas por figurantes que decoraban el paisaje ruso al paso de Catalina II, para ser desmontadas una vez la emperatriz las había contemplado. 

14 de junio de 2025

Las cosas como son

 

Hablé, departí, peroré durante casi una hora sobre un asunto de calado. Entre muchas ideas y giros sugerentes, de mi propia cosecha y decantación, dediqué siete segundos a citar dos versos de un poema de Jiménez Lozano. Trece palabras.

Al terminar la sesión se me acercó sonriendo A., hombre cultivado e inteligente. Adoptando una pose modesta me preparé para una felicitación cordial, mientras me preguntaba cuál de mis reflexiones le habría interpelado más.

"¡Qué poema el de Jiménez Lozano!", me dijo emocionado. "Uno de mis favoritos". Y se fue.

Me quedé plantado, rompiendo en pequeños trocitos el guion de mi charla y riéndome de mí mismo. A. es un hombre cultivado e inteligente.

Epifanía en el monte

 

Hace unas semanas fui a dar un paseo por la Sierra Calderona con dos antiguos alumnos, A. y N. Nos acompañó J., amigo de A. que dejó a medias sus estudios y trabaja de operario en una fábrica de cartón. Me pareció una persona alegre y un punto simple.

Hablando de todo un poco en la cumbre del Pico Espadán, salió en la conversación un colega de otro departamento, a quien también habían tenido de profesor. No estaban demasiado satisfechos con la experiencia, no recuerdo por qué.

- Pues el tío es un máquina -comenté yo-. Publica muchísimo y está avanzando como un cohete en la carrera académica. Vamos, que es un achiever, un triunfador. 

- No lo pillo -terció J. mientras daba un mordisco a su manzana-. ¿Para qué quiere triunfar un profesor? ¿No se trata de que triunfen sus alumnos?

Bajé de la montaña pensando que quizá ni J. era tan simple ni yo tan espabilado ni mi colega el achiever un buen profesor.

8 de abril de 2024

Si estás a tiempo, no vayas

 

Fue hará un par de años.

Me invitaron a una conferencia en la sede de una Congregación (lo que viene a ser un ministerio), después de la cual tendría lugar un paseo por los jardines vaticanos.

Los jardines no están mal. Las vistas de la cúpula de San Pedro desde el cogote, mucho más cerca que las que ofrece la Via de la Concilizaione, son realmente impresionantes. No en vano, son las que imaginó Miguel Ángel, en cuyo diseño original la basílica tenía planta de cruz griega. Más allá de estas vistas -y sin intentar refrescar mi memoria en Internet- del paseo recuerdo una fuente peculiar, el monasterio donde entonces vivía Benedicto XVI, un jardín francés cuidado y uno inglés más agreste, una torre redonda de ladrillo coronada de un tejado circular que me recuerda remotamente a la casa de Gargamel, un paseo que termina en una gruta reproducción de la de Lurdes, un helipuerto, una vía de tren muerta y varias esculturas de la Virgen "modernas" realmente espantosas. También recuerdo que durante el paseo -de una media hora-, nos cruzamos con cinco o seis jardineros y con nadie más.

Mi conclusión es que aquello no está mal, pero no es para tanto. Si antes de mi visita en mi imaginación los jardines vaticanos eran una especie de sancta sanctorum rodeado de un áurea de misterio y misticismo, un entorno medio élfico y medio angelical, al terminar el paseo pasaron a ser un jardín apañado y bastante desierto, así, sin más. Ni papas recogidos rezando el rosario, ni obispos circunspectos caminando despacio mirándose las puntas de los zapatos y cavilando sobre algún dogma, ni túmulos célebres con bustos de bronce y cagadas de pájaro. Ni cardenales jugando a la petanca, ni monseñores paseando al perro, ni tíos haciendo pompas gigantes, ni niños columpiándose ni jugando al balón, ni abuelos sentaos en bancos, ni parejas paseando de la mano.

La verdad es que no sé qué esperaba de los jardines vaticanos cuando acepté la invitación, pero tengo claro que nunca debí haber ido. Gané unas vistas preciosas del cuppulone, de acuerdo. Pero perdí algo infinitamente más valioso: un lugar encantado, un refugio de fantasía en mi imaginación. Pasan los años y me van quedando menos.

12 de enero de 2024

Una buena historia que contar

 

El sábado estuve en un vivero comprando plantas para la terraza. Cayeron un tomillo, una lavanda, una planta de hojas rojizas y -ojo al loro- un cactus.

Mientras acomodaba el tomillo en su tiesto -todavía tengo abono debajo de las uñas- me distraje un momento y me piché con el cactus. No le di importancia, pero dos minutos después tenía unas pequeñas ronchas y una docena de granos en el antebrazo. Puto cactus. Ya me pedirás agua, ya. 

Sin embargo, sutilmente, mi enfado trocó en secreta admiración, diría que hasta en un cierto orgullo típico de dueño, de padre primerizo. Eso es un cactus y lo demás son tonterías. Un buen cactus, como el mío, no es que pinche, es que pica. Muerde.

A la media hora, para mi decepción, en lugar de enconarse las ronchas y los granos fueron remitiendo, hasta desaparecer. Y me encontré -tersa la piel- deseando que ojalá los granos se hubieran puestos feos, morados. Que ojalá hubiera tenido que ir a urgencias con el brazo ya dormido a que un médico circunspecto experto en medicina tropical -"si hubieras llegado veinte minutos más tarde no habríamos podido hacer nada"- me pinchara en el glúteo un urbasón y me dejara medio cojo una semana.

Habrían sido días difíciles, qué duda cabe. Pero ahora tendría un arma secreta en la terraza y una buena historia que contar.

13 de octubre de 2023

Recordar lo importante


Tomando el aperitivo con un matrimonio amigo, me hablan de una boda curiosa a la que han asistido hace poco.

- ¿Os aburristeis mucho? -pregunté en un momento dado, cuando iban a contarme algo que había sucedido durante la comida.

-¡Qué va! -respondió él.- Nosotros cuando vamos juntos nunca nos aburrimos.

Lo dijo como lo más natural del mundo, y continuó con la anécdota del banquete. El 98% de mi cerebro siguió el curso de la conversación. Pero el 2% se quedó atrapado en ese comentario, que se me ha grabado por ahí dentro en alguna sinapsis neuronal, asociado a la sonrisa cómplice de mis amigos.

Y ahora lo apunto aquí en previsión de que la sinapsis se me diluya. De la anécdota del banquete, por supuesto, no recuerdo absolutamente nada. Al lado de un comentario tan memorable carecía de cualquier interés.

7 de octubre de 2023

Saber qué es lo importante


 El viernes pasado estuve en la graduación de un grupo de estudiantes. La ceremonia me gustó, dentro de un orden. La liturgia laica que estructuró el acto no fue larga, hortera ni pretenciosa. Los discursos -bastante previsibles, por supuesto-, fueron razonablemente breves. Se notaba que el decanato había puesto delicadeza y cariño en la preparación de cada detalle. Y los chicos y sus familias estaban encantados. En fin, que el acto fue como un destello de lo que puede ser una comunidad universitaria. Más vale tarde que nunca.

Pero bueno, al grano. Justo antes de llamar a cada estudiante para imponerle su beca, la conductora del acto pronunció una frase parecida a esta: "Ahora llega el momento más esperado y emotivo de la ceremonia. El momento en el que escucharéis las palabras más emocionantes de esta tarde: vuestro nombre. Cuando os llamemos, podéis subir al escenario para que se os imponga la beca".

La afirmación me sorprendió bastante. De ser cierta, habría que concluir que lanzamos al mundo a un atajo de narcisistas, para quienes lo más importante del mundo son ellos mismos. Habrá quien se emocionase enormemente al escuchar su nombre, no hay duda. Pero prefiero pensar que la mayoría se emocionó más al verse sentado por última vez con todos sus compañeros; al escuchar el "Veni creator" del comienzo del acto, en el que invocamos nada menos que al Espíritu Santo; al escuchar a su delegado recordar los momentos pasados juntos, o al padrino de la promoción desearle lo mejor para los primeros pasos de vida profesional; al abrazar a sus padres al final del acto; o al brindar con los amigos en la cena de después.

El propio nombre es importante, claro. Pero quien piense que su nombre y apellidos son las palabras más emocionantes del universo muy posiblemente sea un bobo y un ególatra. A la universidad vamos a abrirnos al mundo y a los demás. A hacer nuestras sus preocupaciones y prepararnos para poder servirles. No estaría mal recordar esto a los estudiantes de vez en cuando. También, por supuesto, en el acto académico de su despedida. Más vale tarde que nunca.

16 de septiembre de 2023

De geranios y elefantes

 

Estos días releo un libro de Jiménez Lozano con un señalador que compré en el MNAC: El balancín, de Torné Esquius. Por encima de las páginas asoman la contraventana azul y el jarrón con los geranios, y es una alegría mirarlos de vez en cuando. Es como tenerlos delante, pero mejor, porque puedes llevarlos a todas partes y siempre tienen buena luz.

Pensando la compañía que me vienen haciendo, recordé esa historia que cuenta el propio Jiménez Lozano, en la que Abraham regala cuatro cabritillas a un príncipe de oriente y éste le promete a cambio un elefante. Unos días después,el príncipe hace entrega a Abraham, muy solemnemente, de un poema en el que uno de sus sabios ha descrito al elefante, y no termina de entender la decepción del patriarca, cuando para el príncipe es mucho mejor tener el elefante en el poema, debidamente encadenado y disponible, y no un elefante de carne y hueso, mucho más caprichoso y contingente. Porque el elefante en el poema -si el escritor es bueno, claro está- está mucho más presente que barritando y zascandileando por ahí. 

Y eso es lo que sucede también con mis geranios.



3 de septiembre de 2023

Justicia divina

 

Antes no me pasaba: cuando leía algo bien escrito disfrutaba. Pues bien, desde hace unas semanas mi vocación frustrada de escritor ha empezado a interponerse entre los libros y yo, de modo que cuando leo algo chulo siento envidia por no escribir tan bien, por no haberlo escrito yo. Y secretamente me maldigo por carecer de la determinación y la constancia para convertirme en escritor.

A lo mejor la crisis de los 40 es esto. Asistir a la evaporación de futuribles en los que no has invertido demasiado, mientras constatas que otras personas -los muy perros- sí que los han hecho realidad.

Julián Marías decía que uno de los premios del cielo consistirá en desarrollar las trayectorias vitales a las que uno ha renunciado aquí abajo por pura falta de tiempo o necesidad. Pues ojalá. A ver si san Pedro me va preparando un rinconcito silencioso y un teclado allí arriba para escribir mis novelas, y un pool de lectores inteligentes que devoren mis libros con entusiasmo, como tiene que ser. Y ya puestos que a otros les prepare manualacos de Tecnos gordos y aburridos, formularios, tarimas y pizarras, para que se fastidien explicando Derecho Administrativo a las ánimas del purgatorio durante una buena temporada, y así aprendan lo que es bueno y que no todo en la vida en sentarse a escribir cosas maravillosas e ir por ahí dando envidia a los demás.

Porque Dios es misericordioso, pero también tiene que ser justo. Así al menos es como lo veo yo.

16 de agosto de 2023

A todo color


 Volvíamos de jugar al pitch and putt. A las 22 la pantalla del navegador del coche se puso en blanco y negro. "Es mi móvil", aclaró J., el conductor, "a las diez se me pone en escala de grises, lo que me ayuda a mirarlo menos y prepararme para irme a dormir".

La idea me gustó, y me puse el móvil en escala de grises, pero no por la noche, sino todo el día. Llevo así dos días. Llámame loco, pero ahora cuando dejo de mirar la pantalla y me fijo en las cosas y en la gente las veo más coloridas, más vivas e interesantes. Lo contrario de lo que me pasaba antes, cuando los colores vivos y el brillo de la pantalla me hacían ver las cosas a mi alrededor más grises y aburridas.

Acabo de ponerme en escala de grises también el portátil. No sé si estoy llevando el tema un poco lejos, el tiempo lo dirá. En cualquier caso, este sistema de ensayo y error para mantener a raya la tecnología me divierte

Como otras veces, cierro esta entrada con un escolio de Gómez Dávila que leí el otro día: "quien pretenda montar guardia en los desfiladeros de su alma debe aprender a morar entre roquedos". Es un cierre algo pedante, pero ahí queda.

(PD. La nueva configuración de mi pantalla me impide saber si la foto que encabeza estas líneas es en blanco y negro o no. Era la idea).

7 de agosto de 2023

Álvaro D'Ors. Sinfonía de una vida.

 


Álvaro D’Ors. Sinfonía de una vida.

Rialp. 2020. 716 páginas.

Como un medio de crecimiento profesional, Kevin Majeres recomienda leer biografías de personas que han trabajado en lo mismo que uno y pueden servirle de referente, modelo o inspiración. Me pareció una idea sugerente, y este mes me he leído una biografía de Álvaro D’Ors, un insigne romanista que trabajó en las Universidades de Santiago de Compostela y de Navarra. Aunque no me dedico al Derecho Romano, el personaje me resultaba de entrada atractivo, tanto por su prestigio en ciertos sectores universitarios como por ser el padre de Miguel D’Ors, uno de mis poetas preferidos. Uno de los únicos poetas que he leído.

La biografía, de más de 700 páginas, me ha dejado bastante frío. El libro está bien escrito. El avance cronológico es razonable. Te enteras de quién era D’Ors y –más o menos- de cómo era el entorno familiar, académico, social y político en el que se desenvolvió. Hasta aquí todo bien, todo correcto.

El problema es que el libro no te da nada más. Le falta pulso, vida. En sus 700 páginas no encuentras personajes secundarios interesantes o atractivos; no se describen con alma relaciones fuertes, significativas; no hay anécdotas memorables o divertidas. El libro no transmite ninguna emoción. Tras dar la vuelta a su última página (la 716, que se dice pronto) no tienes ningunas ganas de conocer al biografiado ni a ninguno de sus familiares o amigos, ni te sientes invitado a emular sus virtudes o actitudes frente a la vida.

La imagen de D’Ors que transmite la biografía es la de una persona tan recta y trabajadora como cuadriculada y aburrida. No conocí a Álvaro D’Ors, pero teniendo en cuenta la familia que fundó, su prestigio profesional y la estela de discípulos que dejó, estoy seguro de que fue una persona generosa, encantadora y carismática. Lástima que esta pulcra biografía no sea capaz de reflejar el atractivo y la potencia de su personalidad.

Vamos a ver qué otra biografía de jurista me busco para seguir a mi líder Majeres, y si me resulta un poco más estimulante. Quizá si en vez de ser profesor de Derecho Administrativo fuera astronauta o inventor la búsqueda sería más fácil. Qué se le va a hacer.

25 de junio de 2023

Nadie da tanto por tan poco

 

Beber agua con gas mola. Bueno, beberla no: pedirla. Beberla a veces es consecuencia de un puro error que cometemos en el duty-free del aeropuerto. Y entonces no mola. Nadie bebe con gusto agua con gas en una triste botella de plástico verde haciendo cola en la puerta de embarque. Puaj.

Pero pedirla en un bar es lo máximo. Genera un áurea de exclusividad difícilmente igualable. Sobre todo si uno la  pide con autoridad, sin justificar su elección en un ligero dolor de estómago o un persistente reflujo.

Pedir agua con gas te eleva por encima de tus acompañantes, que satisfacen su sed o mitigan su calor con vulgares refrescos o cervezas. Quien bebe agua con gas no está atado a esas necesidades fisiológicas o la urgencia del placer, tan propias de persona que anhela, que suda. Que se abalanza sobre las patatas fritas. Tan propias de tío del Atleti. No.

Terminando este post he pensado que seguramente Pep Guardiola pida agua con gas en los bares. Y entonces se me han empezado a pasar las ganas de hacerlo yo. Aunque bueno, también podría ser que Pep perteneciera al club de los fantasmas que, no contentos con  pedir agua con gas, todavía preguntan al camarero: "¿Cuáles tienes?"

Esa posibilidad me ha tranquilizado no  poco. Resistiré la tentación de elevarme tanto y preguntar por la gama de aguas con gas que hay en la carta. Pediré agua con gas, a secas. Y haré un esfuerzo por beberla como si me gustara. Construir un prestigio tiene su precio.