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Notas
de una vida. Conde de Romanones.
Marcial Pons, 1999, 552 p.
Creo que movido
por la sonoridad del nombre, así como por la celebridad de una cita (“hagan
otros la ley, déjenme a mí el reglamento”), desde hace un tiempo sentía una
cierta curiosidad por este personaje de la restauración, uno de los sucesores
de Sagasta al frente del partido liberal.
Pues bien, tras
buscar en la biblioteca de la universidad topé con unas memorias de 500
páginas, que me han parecido muy sabrosas. Romanones fue un político liberal de
gran relevancia en el primer tercio del siglo XX. Además de alcalde de Madrid,
presidente del congreso y del senado, ocupó la presidencia del gobierno hasta en
tres ocasiones. Tuvo el honor de ser el único diputado que defendió al rey
Alfonso XIII frente a las Cortes republicanas, en 1931.
Las memorias
están escritas en un tono personal, ligero y fresco, con una prosa muy rica. Da envidia cómo una persona es capaz de escribir con tanta soltura y precisión. Sus páginas destilan
experiencia política, sabiduría, cultura y una fina ironía. Leyéndolas, se percibe que Romanones
no fue un intelectual ni un teórico, sino una persona de acción, pragmática, enamorada
de la política y buena conocedora del corazón del hombre (y del elector, como
buen cacique). Me ha llamado la atención que la mayoría de referencias a coetáneos protagonistas
de la vida política española son positivas, sean compañeros o rivales
políticos. Sin esconder los defectos de las personas, las mira con comprensión,
alabando sus virtudes y justificando o relativizando lo que él percibe como
defectos.
La lectura de las
memorias ayuda a entender los últimos años de la monarquía, la llegada y el
ocaso de la dictadura de Primo de Rivera, y la irrupción de la segunda
república. Tras leerlas, uno sitúa un poco mejor a Cánovas, Sagasta, Canalejas,
Dato, Primo de Rivera y compañía.
Me gustaría escribir
mejor para explicar de forma más elocuente por qué me ha gustado tanto esta
autobiografía, pero últimamente estoy romo con las palabras. No pasa nada. De
todas formas, la recomiendo vivamente a quien la guste la buena prosa y a quien tenga
interés por la política o la historia.
Dejo aquí algunas
citas del libro, que reflejan bien el estilo del conde:
p. 16. Hablando
del silencio, cita y glosa un consejo leído en los muros del claustro de un
convento toledano:
El silencio más
profundo / es retórica excelente, / para con Dios elocuente / y discreta para
el mundo.
Nada hay, en
efecto, más discreto que el silencio, ni más útil, sobre todo en política. El
silencio se traduce no pocas veces por prudencia y por profundidad en el pensar.
¡A cuántos he visto medrar en política y alcanzar fama de talentudos sólo por
recatar su pensamiento, para ellos tarea fácil, pues aquél era, por su volumen,
fácil de esconder!
p. 19. De tener “buenos
los remos” (hace referencia a la cojera que padeció desde pequeño a causa de un
accidente), es posible que hubiera sido mi afición favorita la del toreo, que
el toreo es lucha de verdad, y la lucha ha sido para mí el mayor atractivo de
la vida.
También se torea
en política; ella, a su vez, es combate constante y a muerte, y en ella, en
definitiva, como en la plaza, el supremo juzgador lo es el pueblo soberano.
El toreo, como la
política, requiere vista para entrar a tiempo en la suerte; corazón para
rematarla; técnica para despegarse del enemigo; agilidad de brazos para
vaciarlo, evitando el embroque; oportunidad para entretenerlo dándole una
larga, y tantas otras cosas muy parejas. En la plaza y en el Parlamento existe
igual emulación entre los primeros espadas y los oradores cumbres; igual sed de
aplausos y las mismas envidias y soberbias; y hasta no falta la pugna de los
jóvenes queriendo desplazar a los viejos; y hasta el choque entre la escuela
antigua y la moderna”.
p. 80. Sobre la
dificultad que encontraba en estudiar expedientes. Claramente, no era hombre de
flexo.
Confieso que si
mi vida como alcalde estuvo siempre llena de actividad, ésta se ejercitaba
principalmente sobre el terreno, resolviendo de visu todos los problemas; el estudio de los expedientes en la
mesa de la Alcaldía, como después en los ministerios, me ha producido
invencible horror y nunca tuve fuerzas para concluir la lectura de uno de
ellos.
Sacar solo estas tres citas de 500 páginas llenas de contenido resulta un poco humillante. Así está la cosa. Y aquí están. Algo es algo y menos da una piedra.