30 de enero de 2010

Arreglar un pinchazo


Cuando la rueda de la bicicleta se pinchaba comenzaba un proceso encantador. Había que sacar la cámara de la cubierta. Hincharla una vez fuera, con una de esas bombas algo oxidadas. Coger un cubo lleno de agua –en el campo siempre era de metal, nada de plástico- y sumergir la cámara, mientras se la hacía girar, para descubrir dónde estaba el pinchazo: una hilera de burbujitas tarde o temprano lo delataba. Luego se secaba la cámara, se le aplicaba saliva –ignoro el misterioso motivo que justificaba este babeamiento, pero no me cabe duda de que lo hay-, se echaba pegamento y se ponía el parche. Por último, había que lijar ligeramente –bajo el ala aleve del leve abanico- los bordes del parche. Y se volvía a poner la cámara en la cubierta y a hinchar. Aunque claro, eso era lo de menos: después del ritual del parche a uno se le habían pasado las ganas de montar en bicicleta y ya estaba camino de la piscina. Porque las bicicletas son para el verano.

Por lo visto ahora resulta más barato comprar cinco cámaras nuevas en Decatlón que una caja de parches. Cosas de la modernidad.

2 comentarios:

P aRS dijo...

La añoranza tb se paga

el insolente ilustrado dijo...

por esa razon yo viajo en bus