
Casi nadie estudia ya carreras inútiles, en el más alto sentido de la palabra. Somos muy buenos en las cuestiones penúltimas, tan propias de la formación profesional. (Ingeniero es un eufemismo de fontanero/albañil cualificado). Somos muy buenos en el hacer. Pero la verdadera universidad, el conocimiento más alto, no tiene que ver con el hacer, sino con el ser. Y como tal, no es servil, porque no sirve a un fin inmediato.
El día que un hijo mío me diga que quiere estudiar filosofía o filología probablemente un escalofrío me recorra el espinazo. Entonces tendré que demostrar la coherencia de mi pensamiento, tragar saliva, y decirle con un nudo en la garganta que me parece perfecto, mientras interiormente maldigo al profesor del instituto que le ha metido esa estúpida idea en la cabeza. Mientras tanto, no me resulta difícil decir que ojalá tuviéramos más soñadores, más filólogos, y menos gente práctica. Menos ingenieros.