7 de julio de 2016

Adoquines



(El otro día me volvió a suceder. Cuando me hube recuperado, volví a sentir ese impulso, ese pálpito, esa energía que me hace irresistible volver por aquí. Y contarlo.)

Era una tarde horrible. Llovía. Llegaba tarde a la estación de tren. No iba especialmente preocupado ni hundido. Las cosas no iban del todo bien, es cierto. Pero todavía tenía el control emocional de la situación. Y entonces ocurrió.

Pisé un adoquín suelto, mi zapato se llenó de agua, y me empapé el calcetín.

Este contratiempo es todo un clásico. Frente a otro tipo de putadas que a uno le pueden pasar en la calle, ésta tiene perfiles muy propios. Chocarse contra una farola, resbalarse, caerse de la bici, o incluso que a uno le cague una paloma... son cosas bien distintas. Estos incidentes, como tantos otros, tienen en común que suelen trascender a terceros. Ello nos genera un componente de verguenza no pequeño, que ojo, no necesariamente es negativo. La verguenza nos distrae del dolor. (He visto a gente alejarse del lugar de su accidente de bicicleta sonriendo, como si no pasara nada, cuando a lo mejor tiene el hombro dislocado, un diente partido y se ha roto los vaqueros nuevos.) La publicidad del revés nos humilla, pero también nos da fuerza para sobreponernos. Además, uno puede maldecir luego secretamente a la farola, la bicicleta, o el ave incontinente.

Sin embargo, pisar un adoquín suelto y mojarse el zapato es una desgracia exclusivamente personal, íntima, privada. No suele ser percibida por terceros, de modo que la desazón no se libera, y nos roe la moral durante unos minutos. Tampoco tiene gran magnitud, lo que imposibilita el volverse a casa y meterse en la cama, o incluso contarlo a un amigo buscando consuelo. Además, el disgusto que sentimos ante la desgracia suele ser desproporcionado, lo que nos hace conscientes de nuestra vulnerabilidad emocional.

Aunque nunca compensa del todo la zozobra precedente, lo cierto es que quitarse luego el zapato con disimulo, tocarse con los dedos el calcetín mojado, y darse ligeros masages entre los dedos de los pies, pues oye, también es un pequeño placer.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Simplemente genial.

Un abrazo,

Pedro.