28 de agosto de 2025

Algo más grande que yo


 El otro día vi la película "Lunana: un yak en la escuela". Cuenta una historia conocida: chico medio bobo de ciudad que es destinado como maestro a una aldea rural y muy remota, donde el contacto con la gente sencilla le ayuda a valorar las cosas importantes de la vida.

La peli se ve a gusto, tanto por la humanidad de la historia (que por previsible que sea, no deja de emocionar) como por el tempo de narración: lento y contemplativo, en las antípodas del frenesí y el sentimentalismo low-cost tan propio de Hollywood. 

En cualquier caso, quería comentar un aspecto muy puntual de la película. Los niños de la escuela (ocho o diez, no más), antes de comenzar las clases cada mañana cantan el himno de Bután e izan la bandera del país. Hace unos años, en Nicaragua comprobé que allí también es costumbre hacerlo. En España, claro está, un rito así sería observado con una mezcla de espanto e irrisión.

Pero lo cierto es que tiene su sentido: cantar el himno e izar la bandera recuerda al estudiante que no va a la escuela exclusivamente a labrarse un futuro personal mejor, sino también a contribuir al florecimiento de su comunidad, a formarse para poder servir mejor a su país. Que todo aprendizaje integra al estudiante en una tradición, que debe incorporar y transmitir.

Creo que en nuestras sociedades, tan marcadas por el individualismo, no estaría mal recordar esto a todo aquél que entra en un aula y se dispone a aprender algo.

Lógicamente, tan injusto como el individualismo extremo de quien estudia solo para su propio provecho es el colectivismo, en el que el individuo pierde su valor personal y es concebido como un engranaje al servicio de un abstracto cuerpo social. Ni diluidos en una masa impersonal e informe (colectivismo), ni desvinculados del destino común de aquellos con quienes estamos llamados a formar una comunidad (individualismo). 

Si me animo, comentaré este asunto con mis estudiantes en el próximo curso. A ver qué les parece. 

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