L. se acaba de romper el tendón de Aquiles y va escayolado hasta la rodilla, caminando con una especie de pata de palo que le ahorra llevar muletas y le permite utilizar las manos.
Tras una semana de insistencia, hace un par de días decidió comprarle a su hijo de 7 años un álbum de cromos de la liga. Con 35ºC grados a la sombra se echó a la calle con la criatura, arrastrando su escayola y su pata de palo bajo el inclemente sol de julio. Para cuando ganó el kiosco más cercano, sudaba como un gorrino. Por lo visto, un cliente que hacía cola les regaló cuatro sobres de cromos, al ver la ilusión del niño. L. intentó resistirse, pero el benefactor le dijo que recordaba su ilusión por las colecciones cuando era niño –ese inconfundible olor de los sobres de cromos de panini-, y que por favor aceptara los cromos.
De vuelta a casa, el niño comprobó que los 15 cromos que tenía en casa eran de otra colección y que el álbum no servía. Se cogió una perra monumental y estuvo media hora llorando de forma inconsolable. Para cuando el niño dejó de llorar, L. seguía sudando. Sobre todo por dentro de la escayola. Los dedos del pie le picaban una barbaridad.
A esa misma hora, el hombre de los cromos se tomaba un vermú fresquito con aceitunas en la terraza climatizada de su casa, regodeándose en su buena obra el día mientras su gato pequinés ronroneaba plácidamente a sus pies.
Todavía hay personas buenas en el mundo.

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