18 de mayo de 2014

Lotófagos

Os copio un artículo que publiqué hace dos semanas en el Diario Las Provincias. Tomo ideas de una entrada antigua del blog, algo más desarrollada. Pau, el tono no es muy positivo, lo siento :-(



En su retorno a Ítaca, uno de las pruebas que debe superar Ulises es el tránsito por la isla de los lotófagos. Los habitantes de esta misteriosa isla se alimentan de ciertos lotos, con unas propiedades amnésicas, que les hacen olvidar su identidad: quiénes son, de dónde vienen, a dónde van. Quien come los lotos experimenta una sensación de felicidad y ligereza, pero al precio de renunciar a sus raíces y a su destino. A los pocos días de llegar, Ulises constata con sorpresa las nefastas consecuencias de la dieta de la isla: los hombres de su tripulación se han convertido en lotófagos, y renuncian a continuar su viaje de regreso a casa.

Tras varios años de estudio sobre los riesgos que los adolescentes afrontan frente a las nuevas tecnologías, y tras más de sesenta charlas en colegios, asociaciones e institutos, he llegado a la conclusión de que el principal peligro de Internet y las tecnologías digitales es el mismo que afrontó Ulises en la isla de los lotófagos: la distracción, la amnesia, el olvido. Y si este riesgo nos acecha a todos los usuarios de la Red, los adolescentes son quizá el público más expuesto. Por su menor capacidad de resistencia, su menor madurez y su menor criterio.

Pensemos qué ofrece a los marineros la isla de los lotófagos: despreocupación, entretenimiento, placer. Exactamente lo que tantas veces buscan los jóvenes –y no tan jóvenes- en Youtube, Instagram o Twitter. Las nuevas tecnologías nos ofrecen de modo fácil mil maneras de evasión, ya sea en forma de entretenimiento, información, comunicación con otras personas… Pero, ¿a qué precio?, debemos preguntarnos. Tantas veces, al precio que pagaron los compañeros de Ulises: el de olvidar nuestra identidad, nuestra proveniencia, nuestro destino.

Este precio, además, lo pagamos a todos los niveles. A nivel superficial y diario, cuando abrimos Internet para hacer algo concreto, y lo cerramos media hora después sin haber hecho aquello que inicialmente nos propusimos. ¿No les ha pasado nunca? ¿No es esto ser pequeños lotófagos digitales?

Pero el precio no acaba ahí, en esa calderilla de tiempo desperdiciado. El precio también se paga en billetes grandes, a nivel profundo y existencial. Un uso intemperante de Internet mina la capacidad de concentración; empeora el rendimiento escolar o profesional; debilita las relaciones personales. En la Red todo es rápido, fácil, fugaz. Pero hay muchas cosas que valen la pena que requieren tiempo, trabajo, constancia: precisamente esos hábitos que el uso de Internet desincentiva. Es más, todas las cosas grandes que uno puede heredar o conquistar en la vida –nuestras raíces y nuestro destino-, han requerido o requieren esa combinación de tiempo, energía y paciencia.

¿Es Internet una buena escuela de estas actitudes? La respuesta nos la da una mirada sincera y sin optimismos ingenuos a una amplia mayoría de adolescentes y jóvenes de hoy: no son capaces de leer media hora seguida sin interrupción; de mantener una conversación sin mirar constantemente el móvil; o de visitar un museo o contemplar una puesta de sol sin hacer fotos compulsivamente con su teléfono móvil. No han leído a Cervantes ni a Delibes, les aburre John Ford, no distinguen a Mozart de Beethoven. Ah, y tampoco quieren cambiar el mundo. No tienen tiempo para eso, tienen que twittear y ver videos de risa en Youtube.

Quizá alguno, leyendo estas reflexiones, me tildará de apocalíptico tecnológico, o de pájaro de mal agüero digital. “Estos jóvenes tienen otra sensibilidad, leerán otras cosas, construirán otras cosmovisiones”, sostienen. A quien así piense, le invito a leer detenidamente una de las más brillantes distopías de la primera mitad del siglo XX, Un mundo feliz, de Aldous Huxley, que describe muy bien qué sensibilidad estamos desarrollando. Si Orwell o Bradbury temieron un futuro oscuro donde estuviera prohibido pensar y los libros se quemasen, Huxley, más certero, imaginó una sociedad donde no hiciera falta prohibir o quemar libros, porque ya nadie quisiera leerlos. Temió el advenimiento del reino de los lotófagos: una sociedad adolescente, irrelevante, banal y autosatisfecha. Una sociedad sin raíces ni proyectos; sin sufrimiento, pero sin sentido; divertida, pero intrascendente. Para no olvidarse nada, Huxley también imaginó lotos: el soma, una droga que los hombres del futuro consumen para olvidar su tristeza y su vacío existencial.

Seamos realistas: en gran parte, ese futuro temido por Huxley ha llegado. Los lotófagos ya están aquí. ¿Volver a Ítaca? ¿Con lo bien que estamos aquí?


No pretendo con estas líneas negar las maravillosas oportunidades que Internet y las tecnologías digitales nos ofrecen. Pero olvidar que dichas herramientas tienen sus riesgos, especialmente para los adolescentes, me parece una ingenuidad. Debemos, por lo tanto, defendernos de la fuerza atractiva de Internet, luchando cada día contra la distracción permanente y contra la amnesia de los grandes ideales, que su uso tan a menudo produce. Ignorar estos riesgos, y no prevenir a los más jóvenes frente los mismos, implica abandonarles a la fuerza todopoderosa de las industrias del entretenimiento y de la disgregación. Tengamos el valor de defendernos y de defenderles, como hizo Ulises. No podemos defraudarles, abandonándoles en la isla digital de los lotófagos.

2 comentarios:

Pau dijo...

Tampoco te has puesto especialmente cenizo hoy. Pienso que tienes días mucho peores...
Me parece que hay bastante razón en lo que dices. Es realmente increíble el efecto sedante que puede ejercer Internet como no andes con cuidado...
Últimamente me gusta preguntar su experiencia a los usuarios de Instagram. Al final, la mayoría reconocen que le dan al Like de las fotos por alguna de estas 4 razones:
a) Porque todo el mundo la ha votado.
b) Porque Zutanito me votó a mí en la foto que colgué ayer.
c) Porque Menganito me ha mandado un Wassap pidiéndome que le vote.
d) Porque la foto es buena (las menos de las veces...).
Tiranía digital. Incapacidad de decirle a un amigo (como se ha hecho siempre, a la cara) de que su foto es más fea que Picio...
Personalmente, no tengo redes sociales. Sí tengo Wassap y ahí noto la tiranía. ¿Cómo irme de un grupo en el que me han metido sin darle vueltas a lo que pensará el resto de miembros? ¿Cómo aguantar a un tipo al que le ha llegado mi mensaje (double-check que te crió) y no me ha contestado? Por no hablar de las felicitaciones de cumpleaños por Wassap (antes molaba más cuando te llamaban por teléfono…).
El Wassap me parece un invento genial y pienso seguir utilizándolo. Pero para no ser merendado por la aplicación, ahí van algunos consejos:
a) Tener agallas para desconectarlo durante algún tiempo (durante el estudio o por las noches). Es gratificante la sensación de libertad que produce. Conozco a un tipo de 2º de Bachiller que lleva un mes y medio sin mirar el Wassap. Los mensajes le llegan (double check) pero no los mira. En este tiempo le han llegado 3.246 mensajes.
b) Tener siempre un libro a mano para leer. Ahora mismo estoy terminando “La vida sale al encuentro”. Bellísimo: la historia de un adolescente que se quiere comer el mundo. Recomendadísimo.
c) Llamar a los amigos de vez en cuando (no solo contactar con ellos vía Wassap). Especialmente, en los cumpleaños.
d) Hacer planes en la naturaleza: subir montes, hacer pesca o caza, etc (el geocaching me parece ya un poco friki…). Y siempre con amigos.
Y ya.
Juan, no dejes de escribir….

Iñaki dijo...

Mucho de verdad parece que hay en lo dicho. Pero.. y el mundo real, como es realmente para la mayoría de gente?
-Trabajo mecánico y monótono la mayor parte de la vida.
- Intervalos de descanso diarios, semanales y anuales en los que poco o nada se puede programar, y lo que si se puede tiene un coste económico inasumible.
- Convivencia en colectivos de sencillez soporífera con temas de conversación repetitivos y superficiales, fútbol, ciclismo, el tiempo, los famosos...Y como explores otros temas, quedas, muchas veces aislado y etiquetado como raro o extravagante, quien se arriesga a pensar diferente en el mundo real?
- En la intimidad con Internet puedes explorar otras dimensiones,
preparar viajes, rutas, conocer lugares, incluso mas que los propios lugareños, hacer preguntas , etc.
Eso si, cuando vuelves al mundo real has de ser discreto y aparentar ser como los demás y aceptar el lugar que te corresponde