
Leía el otro día las declaraciones de una famosa actriz que afirmaba que los tiempos del machismo, de la sociedad patriarcal, estaban casi superados, aunque todavía quedaban algunos tabúes por romper. Personalmente, creo que todavía queda mucho machista suelto. Estos últimos machistas, paradójicamente, son en su mayoría mujeres, y se encuentran en ciertos sectores autodenominados feministas.
Este pretendido feminismo anima a la mujer a abrazar alegremente el rol que hasta ahora se venía atribuyendo al varón en la sociedad moderna. Denosta el papel de la mujer como madre, menosprecia las tareas del hogar, y desprecia la dimensión del cuidado de los demás, como una tarea indigna de la mujer. Los cancerberos de este nuevo rol de la mujer en la sociedad son celosos garantes de sus ideas, y estigmatizan a todo aquel que pretenda, según sus propias sentencias, encerrar a la mujer en la cocina, posponer su emancipación, condenarle a ser madre, etc.
Curiosamente, otras muestras de machismo bastante más extendidas son ignoradas, cuando no propuestas o jaleadas, por estos sectores pseudo-feministas. Valgan tres ejemplos.
Primero: el uso y abuso de la imagen de la mujer como reclamo publicitario. Les invito a dar un paseo por su ciudad y contar cuántos anuncios en marquesinas muestran mujeres escasas de ropa anunciando toda suerte de productos: cremas solares, yogures, coches, perfumes. ¿Y la dignidad de la mujer? A nadie le importa, lo importante es vender. Separar la violencia de género de esta constante utilización de la mujer como objeto (como reclamo, como cebo), sólo puede ser resultado de la estulticia o de la hipocresía.
Segundo ejemplo: estas presuntas feministas no dudan en afirmar que la decisión sobre la vida del feto durante el embarazo corresponde sólo a la mujer, y no al hombre. Dejaremos a un lado que el aborto es un delito y no un derecho. Afirmando que la decisión sobre la vida del embrión corresponde exclusivamente a la madre, y nunca al padre, no consiguen –como es su propósito- ampliar la libertad de la mujer, sino plantear el embarazo (y posterior nacimiento) como una cuestión que afecta exclusivamente a la mujer, y no al hombre. Sin embargo, todo embarazo y nacimiento tiene que implicar el compromiso real del padre, con un tiempo, con una dedicación, con un amor, que no corresponde exclusivamente a la mujer. Lo contrario deja a la mujer sola con su hijo, y constituye una prueba más de machismo.
Tercer ejemplo: la llevada y traída paridad. Leyes como la recientemente aprobada en nuestro país sólo denotan un profundo desconocimiento, si no desprecio, hacia las capacidades de la mujer, que en igualdad de condiciones superan muchas veces a las del varón. Personalmente, celebro la aprobación de esta ley, ya que como hombre en muy poco tiempo voy a ser beneficiado por ella. Las mujeres no necesitan de cuotas y prebendas para sobresalir y ganarse un sitio en las relaciones sociales. Quien así lo entienda, que se dé un paseo por las principales universidades y pregunte por los mejores expedientes, por las mejores cabezas, tanto en letras como en ciencias.
Existe un feminismo mal entendido, que idolatra el papel que se le atribuyó al hombre en los siglos precedentes, especialmente con la llegada de la revolución industrial y la economía de mercado. Para este feminismo, los valores superiores del ser humano son meramente cuantitativos: el éxito en la vida profesional, la acometitividad, la agresividad en las relaciones sociales, la independencia económica, el desentendimiento de las tareas del hogar. Son valores que podrían resumirse en el extracto de una cuenta bancaria.
Esta concepción del feminismo olvida que los valores verdaderamente superiores, los que hacen feliz a todo ser humano, son aquellos que se han atribuido hasta ahora a la mujer: la maternidad responsable, las tareas del hogar, la dimensión del cuidado de los demás. No hay nada tan creativo como fundar un hogar; no hay trabajo que requiera más liderazgo que educar a un hijo; no hay empresa más audaz que la de sacar adelante una familia. Como estos son los trabajos más típicamente humanos, en los que nunca podremos ser sustituidos por las máquinas, tenemos que desarrollarlos tanto los hombres como las mujeres. Un verdadero feminismo no pasa por infravalorar estas tareas, sino por defenderlas como las más elevadas, tanto para el hombre como para la mujer.
Los hombres no somos seres tan inferiores a las mujeres que no podamos abrir nuestra vida, nuestro corazón, y nuestro horario a estas tareas. Sacrificar estos valores pretendidamente femeninos en el altar de la igualdad, desdeñarlos como trabajos inferiores, como pretenden los últimos machistas, sería un grave error. Perderíamos lo mejor que tenemos: la capacidad de darnos generosamente a los nuestros, sin esperar ninguna recompensa.