19 de noviembre de 2011

No me discrimines



Estaba cenando con unos amigos. La camarera (no es sexismo, era una chica) nos trajo el plato a todos menos a Q., algo curioso, ya que habíamos pedido todos lo mismo. Cuando pasaron tres o cuatro minutos, Q. se quejó, como dirigiéndose a la camarera... "yo también tengo derecho a comer, no me discrimines". Lógicamente, el plato terminó llegando y cenamos tan ricamente.

Me impactó el "no me discrimines" dicho inconscientemente, sin pensarlo. Si hubiera sido un castizo "no me jodas" no me hubiera chocado, pero el "no me discrimines" es la queja del ciudadano buenista pseudodemocrático para el que no hay otro mal en el mundo que la discriminación.

Quizá la lectura de muchos libros de texto de la LOGSE es la que ha incrustado en el cerebro de mi amigo ese lamento tan zapateril. "No me discrimines". Empezamos a parecer franceses.

3 de noviembre de 2011

Se va un grande





Menos mal que Zapatero ha decidido tomar cartas en el asunto. No quiero vender la piel del oso antes de matarlo, pero creo que tras esta noticia podemos irnos a la cama más tranquilos.

11 de octubre de 2011

No mirar hacia otro lado



Desde hace unos meses la escalada de violencia en México no para de crecer. Los asesinatos, que se multiplican, van acompañados ahora de "performances" tales como la exhibición de cadáveres colgados en puentes de autovías, el lanzamiento de cabezas en la puerta de escuelas, etc.

Igual que México, otros países son esclavos del tráfico de drogas internacional, una serpiente de dolor y delincuencia que, como señaló hace no mucho el Santo Padre, siembra sufrimiento e injusticias allí por donde pasa.

Resulta sencillo señalar a los cárteles de la droga como los responsables primeros de estas barbaridades. Lo que es más incómodo es señalar a los consumidores de droga de EEUU y Europa -quienes fuman marihuana en la cafetería de la universidad, vamos, o se meten sus rallitas antes de salir de fiesta- como los responsables últimos de esas atrocidades.

Basta ya. Dejemos de mirar hacia otro lado. La satisfacción del desenfreno del Primer Mundo tiene víctimas, con nombres y apellidos.

15 de septiembre de 2011

Ingenieros y médicos hasta en la sopa



De los treinta nuevos en el colegio mayor, creo que son más de 25 los que van a estudiar Medicina -qué envidia- o una ingeniería. Ningún filólogo. Ningún historiador. Ningún geógrafo. Ningún enólogo. Ningún músico. Ningún filósofo. Menudo aburrimiento.

Casi nadie estudia ya carreras inútiles, en el más alto sentido de la palabra. Somos muy buenos en las cuestiones penúltimas, tan propias de la formación profesional. (Ingeniero es un eufemismo de fontanero/albañil cualificado). Somos muy buenos en el hacer. Pero la verdadera universidad, el conocimiento más alto, no tiene que ver con el hacer, sino con el ser. Y como tal, no es servil, porque no sirve a un fin inmediato.

El día que un hijo mío me diga que quiere estudiar filosofía o filología probablemente un escalofrío me recorra el espinazo. Entonces tendré que demostrar la coherencia de mi pensamiento, tragar saliva, y decirle con un nudo en la garganta que me parece perfecto, mientras interiormente maldigo al profesor del instituto que le ha metido esa estúpida idea en la cabeza. Mientras tanto, no me resulta difícil decir que ojalá tuviéramos más soñadores, más filólogos, y menos gente práctica. Menos ingenieros.

6 de septiembre de 2011

Si yo fuera prostituta...


Une los puntitos:


1. Si yo fuera prostituta no sabría ya que ponerme para diferenciarme de las mujeres vulgares, que ya son casi todas.


2. Melendi canta: que la falda sea tan corta como quieras, el problema es del que mira.


3. Ayer vi por el retrovisor en el coche de atrás a un macarra sin camiseta. Gritaba a su novia (toda una choni) y le dio dos codazos que me dejaron helado.

25 de agosto de 2011

La Vanguardia y Rouco Varela




Estoy pasando unos días en Barcelona, y he de reconocer que leo con agrado La Vanguardia. Al tratar el viaje del Papa a Madrid para presidir la JMJ, me sorprenden dos cosas: todos los articulistas hablan muy bien del evento, cosa que me agrada; y todos aprovechan su tribuna para darle un pequeño pescozón a Rouco Varela, que por lo visto no tiene mucho predicamento por estos lares.



En lugar dirigir invectivas contra Rouco, mejor harían los pequeño burgueses catalanes que escriben y leen La Vanguadia en preguntarse porqué las diócesis catalanas son las que menos jóvenes han llevado a Cuatro Vientos a esa fiesta de la juventud cristiana.



Menos meterse a arreglar la casa del vecino -que por cierto trabaja mucho y bien por llenar las parroquias que tiene encomendadas-, y más preguntarse por el páramo espiritual que presenta su "iglesia nacional".

11 de julio de 2011

Sorpresa dominguera




A los dos segundos de cruzar el umbral de la puerta uno se da cuenta: algo pasa. Mucha gente elegante. Rostros sonrientes. Alguna corbata hortera fuera de lugar.


Entonces se intentan buscar rutas alternativas. ¿Hay alguna otra iglesia cerca? ¿puedo ir a Misa esta tarde? La mente se mueve rápido, con desesperación incluso, intentando reconfigurar la tarde del domingo en busca de una Misa sin sorpresas, que se mantenga dentro del razonable margen de los 45 minutos.


Normalmente el plan alternativo no prospera. Uno lo va abandonando paulatinamente, mientras un sonriente sacerdote anuncia, antes del "yo confieso", el alegre motivo que justifica la ceremonia de hora y cuarto a la que uno con santa resignación se dispone: bodas de oro, imposición de medallas, aniversario de un tránsito, bendición de mascotas, romería rociera...


Uno se pone de mal humor un tiempo, y farfulla "ya podrían avisar". Este universal reproche al párroco tiene su gracia, como si el hombre pudiera ir de puerta en puerta avisando a todos los feligreses de todas las excepciones al horario ordinario. Como si el sacristán panzón no llevara toda la semana precedente avisando después de la comunión. Lo que sucede es que no le escucha ni el Tato. Es más, uno suele pensar: ese hombre por qué no se callará de una vez.


En fin, hay que reconocer que luego estas sorpresas domingueras tampoco son para tanto. Es más, son un verdadero clásico con el que hay que convivir. Más que remugar y poner cara de mártir, conviene tomárselas con cierto sentido del humor. Porque no nos vamos a librar: nos van a tocar cada cinco o seis domingos hasta que nos muramos. Eso sí: entonces seremos nosotros los que prolonguemos la Misa inopinadamente un martes cualquiera. Por lo menos nos queda ese consuelo. Nuestra venganza está más que asegurada.

28 de junio de 2011

Sentido común, barrica de roble y meditación




El otro día iba paseando plácidamente por la biblioteca de la universidad, y me tropecé con el volumen cuya imagen os brindo arriba (pocas veces las palabras "tropezar" y "volumen" han sido empleadas con más justificación). Se trata de un estudio perpetrado por el señor González Botija sobre el etiquetado del vino, que consta de la bonita cifra de 1133 páginas. Has leído bien, 1133 páginas.


Al hilo de semejante cifra, tres reflexiones me vienen obsesionando:



1. Qué poco sentido común nos queda cuando el ordenamiento jurídico es tan complejo que admite un trabajo de más de mil páginas sobre, j_d_t_, el etiquetado del vino.



2. Pienso que sería justo aconsejar al autor un silencio meditativo de, al menos, 10 años.



3. Si el señor González Botija bebe vino con la misma fruición que escribe, no habrá pagos ni bodegas en la península ibérica capaces de aplacar su sed.

12 de junio de 2011

Otra cosa que se me da muy bien



Normalmente nos cuesta reconocer nuestros defectos, mientras que nuestras virtudes siempre las tenemos delante de la vista. Pues bien, esta semana me he asombrado descubriendo una virtud que poseo desde hace años pero de la que hasta ahora no era consciente.

Pues bien, igual que Pepiño Blanco, soy un auténtico figura quedándome bolígrafos.

Como les pasa a los grandes, se trata de un talento natural, no necesito entrenarlo y muchas veces ni siquiera me doy cuenta. Llego a la habitación por la noche, y cuando me vacío los bolsillos digo: "Uy, este boli... ¿de dónde lo habré sacado?".

Pero pam, no falla. Bolígrafo que toco, bolígrafo que pincho.

Tengo los dos botes de mi habitación totalmente llenos, pero no soy capaz de hacer nada. Por la mañana los meto en los bolsillos de la chaqueta con idea de ir dejándolos en otras partes, disimuladamente, como los presos de La Gran Evasión hacían con la arena del túnel que les daría la libertad. Pero no hay manera. Cada noche el número no mengua, antes al contrario, crece y crece sin parar.

Espero no tener que hacer reformas en mi cuarto para dar cabida al ingente número de bolis que se reproduce en mis estanterías sin cesar.

27 de mayo de 2011

Tipos de feminismo: feminismo liberal y neofeminismo





El feminismo de primera generación (Simone de Beauvoir and Co.) trató de igualar a la mujer en los valores tradicionalmente masculinos (animus): competitividad, mercado, agresividad, independencia. "Las mujeres también pueden competir y demostrar en el mercado su valía", nos decían. "También pueden llevar pantalones y tener una cuantiosa cuenta corriente". Para este feminismo liberal las tareas asociadas tradicionalmente a la mujer (el anima) eran inferiores, un yugo insoportable del que había que liberarse: el trabajo en casa, la delicadeza, la dependencia, la educación de los hijos, el cuidado de los necesitados (bebés y ancianos), la sensibilidad. La maternidad era una carga genética que esclavizaba a la mujer. Los anticonceptivos y el derecho al aborto se convirtieron, pues, en uno de los caballos de batalla de estas feministas liberales. "Líbrate de los roles que la sociedad patriarcal te ha impuesto. Sal de la cocina." Así, se sacrificaron los valores tradicionalmente femeninos en el altar de la igualdad.

El feminismo de segunda generación (Ballesteros, Glendon), el neofeminismo, defiende los valores típicamente femeninos, los del ánima, como los propiamente humanos. Lo mejor no es trabajar en una empresa y ser competitivo, sino tener un hogar al que volver y ser capaz de cuidar a los nuestros. La capacidad de cuidar al otro, no de someterlo con nuestra fuerza. El sueño no es la independencia, sino la interdependencia, sabiendo que dependemos unos de otros desde que nacemos hasta que los nuestros lloran nuestra marcha. Lo más valioso que tenemos es la capacidad de alumbrar, no de matar. El trabajo es un medio, la familia un fin. Lo que sucede es que los varones no son tan inferiores a la mujer, tan energúmenos, que no puedan aspirar a la igualdad en estos valores. Todos han de vivir los valores del ánima y del animus, pero lo propiamente humano es lo que históricamente se asoció a la mujer. Se impone pues redescrubrir el papel de la dimensión del cuidado y la valía de las tareas domésticas como esferas enormemente dignas, en las que tenemos que ser todos iguales, los hombres y las mujeres. Así, el éxito se medirá en función del servicio, no del dominio.

Este neofeminismo defiende la igualdad de los sexos y la igual valía de los hombres y las mujeres. Y no reniega de lo típicamente humano: el cuidar de la familia, el compadecerse con el que sufre. Este feminismo apuesta por la conciliación, y sueña con construir una sociedad con madres y una familia con padres.