20 de abril de 2010

Etiquetas



Soy una VAV (Volcano Ashes Victim). Vine a Londres a un congreso y desde el sábado estoy esperando que abran el espacio aéreo. Durante el congreso conocí a un profesor español, bastante mayor que yo, y estos días hemos hecho juntos un poco de turismo.

Es toda una experiencia pasar un día entero con una persona a la que no conoces de nada. Se habla de cosas de lo más dispares, a veces anodinas, a veces interesantes. Hay que ir buscando puntos en común, para que la conversación no languidezca.

Inconscientemente, uno va tratando de situar a su interlocutor en alguna de las categorías en las que clasificamos a la gente. Yo tardé varias horas. Al final lo conseguí, cuando en un ciber café mi compañero consultó las noticias en la web de dos medios claramente posicionados ideológicamente.

Las etiquetas nos ayudan a saber con quién estamos y desde dónde nos hablan. Y por eso son interesantes. Pero empobrecen mucho nuestra permeabilidad, nos previenen y activan nuestros prejuicios.

Me encantó la experiencia de estar tanto tiempo con una persona sin saber qué etiqueta ponerle. Creo que le traté mejor, sin encasillarle de partida. Y aprendí muchas cosas.

3 de marzo de 2010

Dieta Audiovisual



Estos son los gourmets de nuestra alma: Javier Bardem, George Clooney, Penélope Cruz, Tom Cruise, Nicole Kidman, Woody Allen, Amenábar, Natalie Portman, Peter Jackson, Almodóvar, Dani Martín, Shakira.

Si cada día comemos la basura que estos señores nos cocinan, no habrá libro de autoayuda que nos saque de lo hondo del pozo.

O cuidamos nuestra dieta audiovisual o estamos perdidos. De lo que se come se cría.

25 de febrero de 2010

Pascua



Conversando con T, me cuenta algunas costumbres bien indecentes de conocidos suyos. Aunque uno nunca se acostumbra a estos relatos, tampoco hay nada nuevo bajo el sol, y bien pensado, estos comportamientos desenfrenados son la cosa más común. Con Dios enterrado bien hondo y Aristóteles de vacaciones, lo único que nos queda es el momento presente. Si ya no hay alma, entonces hay que exprimir el cuerpo. Aquí-ahora-más.

Y así se va arrojando en la caldera del deseo la madera del tren sin ningún reparo y sin ningún límite. Pero… ¿y cuándo ya no quede más madera? ¿Y cuándo el tren se haya consumido irremediablemente, y la locomotora yazca en una vía muerta sin recursos, sin esperanza, sin nada entre las manos?

Quién sabe, a lo mejor entonces se asome una amapola entre las traviesas. Quizá para entonces quede gente con acopio de ternura, que esté dispuesta a compartirla sin pedir nada a cambio. Pobres, cobardes, supersticiosos, ingenuos, que con una sonrisa repitan su cantar: “siempre es un buen momento para empezar de cero, la mañana de pascua se reedita en el tiempo”.

22 de febrero de 2010

Acabar una tesis



Porque el último mes de embarazo es el más pesado e incierto, pero el más gozoso. Porque el último kilómetro de una maratón es el más largo, pero el más dulce. Porque las guerras las ganan los soldados cansados...

Voy a disfrutar y a trabajar y a sufrir como un LOCO estas últimas semanas de mi tesis doctoral. El paro me espera al final de este túnel. Más de cuatro millones de personas para abrazarme al término de mi carrera. Por ellos. Por todos. Sufrir y pelear hasta el final.

20 de febrero de 2010

Jubilación



Maruja, la secretaria del departamento, se jubila en dos semanas. Parece que hasta ahora había espantado la certeza de su retiro con actividad, bromas, encogimientos de hombros. Tácticas para convencerse del “todavía queda mucho”.

Pero ya no. Estos días se la ve tristona –aunque con una sonrisa-, melancólica. Va a echar de menos la universidad. El otro día nos invitó a un grupo de doctorandos a unos ferrerorrocher, y nos hicimos una foto juntos en una sala de reuniones. Cuando le invitamos a la defensa de las tesis, se alegró mucho. Así volveré con motivo, y nadie podrá decir “qué hace ésta por aquí”.

Luego nos contó que está a punto de tener su primera nieta. Y estaba bien contenta.

Me dejó muy buena sensación la conversación con Maruja. Jubilación, añoranza, nietos, alegría… Son los dorados tonos del otoño, que es un tiempo de cosecha y recogida.

Ni que decir tiene que muchos catedráticos nunca tendrán esa alegría, tibia y serena, de Maruja.

11 de febrero de 2010

En la Montaña de Cristal



El príncipe caminó largamente hasta que vio la Montaña de Cristal y en su cima en Castillo. Bajó del caballo y con no poco esfuerzo subió a la Montaña. Entró en el castillo. En el salón vio a la princesa. Estaba sentada frente a un televisor.

El príncipe quedó fascinado por la belleza de la princesa y supo que por fin se cumplía el destino que hasta entonces había estado buscando en vano por todo el mundo. Se acercó para depositar un beso sobre la frente de ella, despertarla de su sueño encantado y tomarla por esposa.

Sin embargo, cuando se le estaba acercando, echó sin querer una mirada al televisor. Se sentó junto a la princesa en el sofá y, habiéndose olvidado de momento del beso, también se puso a mirar la televisión.

(Cuento de Mrozek)

2 de febrero de 2010

Conferenciante


Hoy he dado una conferencia o clase, prgramada entre las 18 y las 20h. El público: alumnos de un máster, unos 50, que han empezado las sesiones de la tarde a las 16 h. Al minuto de empezar he comentado que pensaba terminar a las 19.30 o 19.40, no más tarde. Se ha hecho un tupido silencio, supongo que de alivio. Y he añadido: "esperaba obtener la primera ovación de la tarde tras este anuncio". Y la ovación se ha precipitado.

A las 19.30 he anunciado que estaba acabando. Que para quien quisiera, a partir de las 20 h. glosaría en el mismo aula las consecuencias jurídicas del tema. Silencio de nuevo. "Era una broma", he aclarado. Algazara general y segunda ovación.

Al terminar, no ha hecho falta suscitar el aplauso. Éste se ha derramado natural, cálido, cerrado.

Ha sido verdaderamente gratificante, y pienso que por estos tres aplausos -especialmente por los dos primeros- han valido la pena los esfuerzos de las últimas semanas.

30 de enero de 2010

Arreglar un pinchazo


Cuando la rueda de la bicicleta se pinchaba comenzaba un proceso encantador. Había que sacar la cámara de la cubierta. Hincharla una vez fuera, con una de esas bombas algo oxidadas. Coger un cubo lleno de agua –en el campo siempre era de metal, nada de plástico- y sumergir la cámara, mientras se la hacía girar, para descubrir dónde estaba el pinchazo: una hilera de burbujitas tarde o temprano lo delataba. Luego se secaba la cámara, se le aplicaba saliva –ignoro el misterioso motivo que justificaba este babeamiento, pero no me cabe duda de que lo hay-, se echaba pegamento y se ponía el parche. Por último, había que lijar ligeramente –bajo el ala aleve del leve abanico- los bordes del parche. Y se volvía a poner la cámara en la cubierta y a hinchar. Aunque claro, eso era lo de menos: después del ritual del parche a uno se le habían pasado las ganas de montar en bicicleta y ya estaba camino de la piscina. Porque las bicicletas son para el verano.

Por lo visto ahora resulta más barato comprar cinco cámaras nuevas en Decatlón que una caja de parches. Cosas de la modernidad.

21 de enero de 2010

Digamos sí a la reposición


Esta imagen la he tomado en mi colegio mayor. Entiendo que salir del cuartito con un rollo de cartón agotado en la mano puede resultar incómodo, o hasta humillante. Indudablemente, se presta a chistes fáciles. Ahora bien, tampoco comprendo la nacional reticencia a retirar el rollo y poner uno nuevo. Digamos no a la gandulería. Digamos sí a la reposición.

5 de enero de 2010

Cachas locas




Se dice continuamente que hemos superado por fin los clichés sexistas. Que la mujer florero y el macho hispano son conceptos superados. Se dice que vivimos en la sociedad del conocimiento.

Pues a mí que alguien me explique a qué viene entonces la "fiebre por la cacha" que nos embarga. La fiebre por la teta y por la cacha. Aquí todo el mundo se esfuerza por lucir escote o biceps con una persererancia y unanimidad dignas de asombro.

Mejor haríamos en desapuntarnos de ese club de la cacha, que al final todo lo que sube baja, o cuelga, como dice el refrán popular.

Qué bien iría España si por cada minuto de gimnasio, de espejo, de lectura del Marca o del Hola -auténticas sagradas escrituras de la cacha-, o de debate sobre el astrálago de CR9, fuera obligatorio leer una página de un libro, por malo que fuera. Joder, qué bien iría.