13 de octubre de 2023

Recordar lo importante


Tomando el aperitivo con un matrimonio amigo, me hablan de una boda curiosa a la que han asistido hace poco.

- ¿Os aburristeis mucho? -pregunté en un momento dado, cuando iban a contarme algo que había sucedido durante la comida.

-¡Qué va! -respondió él.- Nosotros cuando vamos juntos nunca nos aburrimos.

Lo dijo como lo más natural del mundo, y continuó con la anécdota del banquete. El 98% de mi cerebro siguió el curso de la conversación. Pero el 2% se quedó atrapado en ese comentario, que se me ha grabado por ahí dentro en alguna sinapsis neuronal, asociado a la sonrisa cómplice de mis amigos.

Y ahora lo apunto aquí en previsión de que la sinapsis se me diluya. De la anécdota del banquete, por supuesto, no recuerdo absolutamente nada. Al lado de un comentario tan memorable carecía de cualquier interés.

7 de octubre de 2023

Saber qué es lo importante


 El viernes pasado estuve en la graduación de un grupo de estudiantes. La ceremonia me gustó, dentro de un orden. La liturgia laica que estructuró el acto no fue larga, hortera ni pretenciosa. Los discursos -bastante previsibles, por supuesto-, fueron razonablemente breves. Se notaba que el decanato había puesto delicadeza y cariño en la preparación de cada detalle. Y los chicos y sus familias estaban encantados. En fin, que el acto fue como un destello de lo que puede ser una comunidad universitaria. Más vale tarde que nunca.

Pero bueno, al grano. Justo antes de llamar a cada estudiante para imponerle su beca, la conductora del acto pronunció una frase parecida a esta: "Ahora llega el momento más esperado y emotivo de la ceremonia. El momento en el que escucharéis las palabras más emocionantes de esta tarde: vuestro nombre. Cuando os llamemos, podéis subir al escenario para que se os imponga la beca".

La afirmación me sorprendió bastante. De ser cierta, habría que concluir que lanzamos al mundo a un atajo de narcisistas, para quienes lo más importante del mundo son ellos mismos. Habrá quien se emocionase enormemente al escuchar su nombre, no hay duda. Pero prefiero pensar que la mayoría se emocionó más al verse sentado por última vez con todos sus compañeros; al escuchar el "Veni creator" del comienzo del acto, en el que invocamos nada menos que al Espíritu Santo; al escuchar a su delegado recordar los momentos pasados juntos, o al padrino de la promoción desearle lo mejor para los primeros pasos de vida profesional; al abrazar a sus padres al final del acto; o al brindar con los amigos en la cena de después.

El propio nombre es importante, claro. Pero quien piense que su nombre y apellidos son las palabras más emocionantes del universo muy posiblemente sea un bobo y un ególatra. A la universidad vamos a abrirnos al mundo y a los demás. A hacer nuestras sus preocupaciones y prepararnos para poder servirles. No estaría mal recordar esto a los estudiantes de vez en cuando. También, por supuesto, en el acto académico de su despedida. Más vale tarde que nunca.

16 de septiembre de 2023

De geranios y elefantes

 

Estos días releo un libro de Jiménez Lozano con un señalador que compré en el MNAC: El balancín, de Torné Esquius. Por encima de las páginas asoman la contraventana azul y el jarrón con los geranios, y es una alegría mirarlos de vez en cuando. Es como tenerlos delante, pero mejor, porque puedes llevarlos a todas partes y siempre tienen buena luz.

Pensando la compañía que me vienen haciendo, recordé esa historia que cuenta el propio Jiménez Lozano, en la que Abraham regala cuatro cabritillas a un príncipe de oriente y éste le promete a cambio un elefante. Unos días después,el príncipe hace entrega a Abraham, muy solemnemente, de un poema en el que uno de sus sabios ha descrito al elefante, y no termina de entender la decepción del patriarca, cuando para el príncipe es mucho mejor tener el elefante en el poema, debidamente encadenado y disponible, y no un elefante de carne y hueso, mucho más caprichoso y contingente. Porque el elefante en el poema -si el escritor es bueno, claro está- está mucho más presente que barritando y zascandileando por ahí. 

Y eso es lo que sucede también con mis geranios.



3 de septiembre de 2023

Justicia divina

 

Antes no me pasaba: cuando leía algo bien escrito disfrutaba. Pues bien, desde hace unas semanas mi vocación frustrada de escritor ha empezado a interponerse entre los libros y yo, de modo que cuando leo algo chulo siento envidia por no escribir tan bien, por no haberlo escrito yo. Y secretamente me maldigo por carecer de la determinación y la constancia para convertirme en escritor.

A lo mejor la crisis de los 40 es esto. Asistir a la evaporación de futuribles en los que no has invertido demasiado, mientras constatas que otras personas -los muy perros- sí que los han hecho realidad.

Julián Marías decía que uno de los premios del cielo consistirá en desarrollar las trayectorias vitales a las que uno ha renunciado aquí abajo por pura falta de tiempo o necesidad. Pues ojalá. A ver si san Pedro me va preparando un rinconcito silencioso y un teclado allí arriba para escribir mis novelas, y un pool de lectores inteligentes que devoren mis libros con entusiasmo, como tiene que ser. Y ya puestos que a otros les prepare manualacos de Tecnos gordos y aburridos, formularios, tarimas y pizarras, para que se fastidien explicando Derecho Administrativo a las ánimas del purgatorio durante una buena temporada, y así aprendan lo que es bueno y que no todo en la vida en sentarse a escribir cosas maravillosas e ir por ahí dando envidia a los demás.

Porque Dios es misericordioso, pero también tiene que ser justo. Así al menos es como lo veo yo.

El poder de los sin poder. Havel.

El poder de los sin poder. Václav Havel. 1990, Ediciones encuentro (original de 1979).


Desde hace años me topaba aquí y allá con el nombre de Havel, disidente checo que llegó a ser presidente de Checoslovaquia y de Chequia. Su librito “El poder de los sin poder” es el primer ensayo que me leo este curso. Aquí va una breve recensión, seguida de algunos extractos literales.

El libro contiene una triple invitación: vivir en la verdad; asumir la propia responsabilidad; y renunciar a la lucha política para centrarse en la mejora del hombre concreto.

El ensayo está escrito en 1979 en el contexto de un país bajo el yugo comunista, en el que las expresiones de libertad son sospechosas, cuando no directamente reprimidas. Havel comienza exponiendo las diferencias entre las dictaduras tradicionales –en las que un poder militar muy minoritario más o menos improvisado oprime a la población en cortos períodos temporales envolviéndose en eslóganes pseudorrevolucionarios y heroicos- y la dictadura bajo la que él vive, mucho más organizada, estructurada capilarmente, burocratizada y muy estable. A este tipo de poder lo califica de “poder postotalitario”. Una vez definido el postotalitarismo Havel pretende exponer cómo los individuos “sin poder”, los disidentes, pueden hacer frente a esa fabulosa máquina de control y conformación social.

Aunque Havel se refiere habitualmente a la situación de los países bajo el telón de acero, en los últimos capítulos señala que dicho postotalitarismo puede ejercerse en contextos aparentemente democráticos, mediante formas más sutiles de represión de la disidencia. De hecho, lo que hace interesante el texto es su aplicabilidad a la situación actual, en la que cada vez resulta más complicado hacer frente a los dictados de lo políticamente correcto, la ideología de género, el milenarismo climático y lo woke.

La fórmula de Havel –si es que puede llamarse así- destaca por su sencillez. Más que enredarse en complicadas formulaciones teóricas de lo “habría que hacer”, el dirigente checo se dirige a la persona concreta, invitándola a dejar de “vivir en la mentira” y a comenzar a “vivir en la verdad”. Este tránsito lo ejemplifica de forma sencilla en la negativa de un tendero a exponer en su escaparate una consigna reivindicativa “mainstream” que todo el mundo exhibe (“tenderos del mundo, uníos”). Para Havel la revolución empieza ahí, en ese minúsculo gesto de separarse de lo “políticamente correcto” cuando no se cree en ello. Havel señala que nunca podemos saber el efecto de dicho acto, que puede perderse desapercibido en la historia, pero también puede contribuir decisivamente a derribar el muro de mentiras que el poder establecido ha construido. Abandonar la corriente de lo que “todos hacen, piensan o dicen” para ser fiel a la propia conciencia –a la verdad- conjura el riesgo del autototalitarismo, que es aquel en el que las personas instaladas en la mentira se convierten en víctimas y en agentes de la propia opresión.

En cualquier caso, como advierte Havel, la decisión de vivir en la verdad no saldrá gratis, ya que tanto quienes viven en la mentira como el propio sistema interpretarán dicha decisión –el retirar el eslogan- como un desafío y un mentís a la corriente dominante, de modo que el disidente debe estar preparado para hacer frente a distintas formas de reacción y marginación social. En efecto, el sistema no puede permitir que un conjunto de personas afirmen que el rey va desnudo. La mentira es frágil y no quiere arriesgarse a que sus vergüenzas sean denunciadas públicamente, con lo que conviene etiquetar rápidamente al disidente como contrarrevolucionario, fascista, machista, negacionista o conspiranoico, cuando no es preferible, lisa y llanamente, un linchamiento y ejecución sumarísima en la plaza pública. Lo vimos en la Unión Soviética con Solzhenitsyn; lo vimos con Rocco Butiglione, con Benedicto XVI, con Djokovic. Lo vemos en el acoso y derribo de la educación diferenciada. Y lo vemos con algunos representantes políticos que se niegan a tildar un asesinato –que evidentemente condenan- como un crimen machista.

Cuando son varias las personas que comienzan a “vivir en la verdad” se crean unas sinergias que el autor califica de “vida independiente de la sociedad”, en el sentido de que aparecen manifestaciones de convivencia no programadas ni planificadas por el sistema –de arriba abajo-, sino espontáneas y naturales, construidas de abajo hacia arriba. En un estadio más avanzado, algunos disidentes son capaces de crear “estructuras paralelas” –asociaciones, colegios, institutos, universidades-, en las que vivir en la verdad al margen de las estructuras del sistema, colonizadas por las “mentiras oficiales”. Esta parte del ensayo me ha resultado muy interesante, por su conexión con el debate acerca de la opción benedictina y la conveniencia de crear burbujas en las que preservar los propios valores, cuando se percibe que los mismos son muy minoritarios o están amenazados en la sociedad. Havel defiende abiertamente la necesidad de crear estos entornos paralelos en los que “vivir en la verdad”, si bien subraya que –para no convertirse en guetos- deben tener un componente de universalidad: estar abiertos a todos, defender valores para todos, aspirar a que sus efectos positivos lleguen a todos. Junto con ello, Havel insiste en que la finalidad de estas estructuras no es primariamente política, aunque puedan tener efectos indudables en dicha esfera.

La parte final del libro subraya el potencial totalitario de la sociedad consumista y tecnificada, explicando que el liberalismo tampoco garantiza la defensa de la identidad y la libertad humana frente a ciertas imposiciones de la mayoría a las que resulta difícil resistir. Esta parte cita y conecta muy bien con el discurso en Harvard de Solzhenitsyn, que hay que leer todos los años.  

Concluyo. El ensayo me ha parecido interesante por muchos motivos. Por el paralelismo entre el postotalitarismo comunista de los años 70 y nuestra situación actual. Por su esperanza y su apuesta por la responsabilidad individual para hacer frente a los diferentes muros de mentiras que pretenden encerrarnos. Por su minimalismo, articulado en torno a cada persona y a pequeños grupos para encarnar “la vida en la vedad”, independientemente del impacto que su disidencia pueda tener a corto o medio plazo en la vida social. Por cómo explica la beligerancia generalizada contra todo aquél que pretende separarse del pensamiento dominante y decide no secundar sus mentiras. Y por la defensa de las “estructuras paralelas” que los disidentes crean, que si mantienen su vocación de universalidad no constituyen un redil ni un gueto, sino un entorno de libertad y resistencia.

 

Algunas citas sueltas.

Presentación

9. La tarea primordial no es destruir lo que está mal, sino construir desde abajo una nueva persona y un hombre nuevo. La tarea más urgente y necesaria es la conversión del corazón del hombre. Es ahí donde anida el mal que hay que destruir, el cáncer que es preciso erradicar (Si yo fuera bueno, el mundo sería bueno. Dostoievski).

Capítulo 4. El tendero que cuelga el slogan de “tenderos del mundo, uniros”. Al hacer esto ha entrado él mismo en el juego, se ha hecho un jugador, ha permitido al juego avanzar, continuar, en resumen, ha permitido que se jugara.

P. 36. Al entrar en el juego, ratifica el poder vigente; en definitiva, uno ayuda al otro a seguir siendo obediente. Uno y otro son objeto de un dominio, pero a la vez son también su sujeto: son víctimas e instrumentos del sistema. (…)

Autototalitarismo: en el sistema postotalitario está inscrita la implicación de todo hombre en la estructura del poder, no porque realice ahí su identidad humana, sino para que renuncie a ella en favor de la identidad del sistema. (…) Pero no solo esto: también para que con su ligazón contribuya a la creación de una norma común y ejerza presión sobre sus conciudadanos.

p. 42. Quitando el cartel del escaparate. Con su gesto, el tendero ha interpelado al mundo; ha dado a cada uno la posibilidad de mirar detrás del telón, ha demostrado a cada uno que es posible vivir en la verdad. La vida en la mentira solo puede funcionar como pilar del sistema si está caracterizada por la universalidad, debe abarcarlo todo, infiltrarse en todo; no es posible ninguna coexistencia con la vida en la verdad; cualquier evasión la niega como principio y la amenaza en su totalidad.

43. Si el fundamento del sistema es la vida en la mentira, no es de extrañar que la vida en la verdad sea su principal peligro. Y por eso es por lo que se combate este peligro más que cualquier otro.

Vivir en la verdad tiene dimensión personal, reveladora (de la realidad), moral (como ejemplo) y también política.

44-45. No minusvalorar la fuerza de la vida en la verdad: El radio de acción de este peculiar poder no se puede inferir del número de sus adeptos, de sus electores o de las fuerzas armadas, en cuanto que se extiende a la quinta columna de la conciencia social, de las intenciones secretas de la vida, de la aspiración reprimida del hombre a su dignidad y a la realización de sus derechos elementales (…). Este poder, pues, no se apoya en ningún soldado propio, sino en los llamados soldados del enemigo, es decir, todos los que viven en la mentira y que en cualquier momento –al menos en teoría- pueden quedar fulminados por la fuerza de la verdad. (por eso se echó a Solzhenitsyn de su patria). (…) 46. Apenas un hombre exclama “el rey está desnudo” (…) da la impresión de que toda la envoltura es de papel.

50. La vida en la mentira desmoraliza. La vida en la verdad, como rebelión del individuo contra la situación que se impone, es por el contrario un intento de comprender su propia y peculiar responsabilidad: es, por tanto, una acción abiertamente moral.

La decisión de la vida en la verdad. A veces hay que superar una esperanza pasiva en que las cosas mejoren. P. 57. No se puede continuar esperando eternamente y es necesario, a la vez y con fuerza, decir la verdad, sin tener en cuenta las sanciones que comportará ese gesto y sin fundarse en la frágil esperanza de que un gesto de ese tipo podrá reportar resultados tangibles en un tiempo no lejano.

P. 62. Empezar por la persona. “Un cambio a mejor de las estructuras, que sea real, profundo y estable (…) hoy no puede partir (…) de la afirmación de esta o de aquella mala copia de un proyecto político tradicional y en definitiva solo externo (es decir, inherente a las estructuras, al sistema), sino que tiene que partir –más que nunca y más que en otras partes- del hombre, de la existencia del hombre, de la reconstrucción sustancial de su posición en el mundo, de su relación consigo mismo, con los otros hombres y con el universo.

Defensa personal contra la manipulación.

p. 83. Habitualmente la vida en la verdad no se concretará en acciones políticas. La vida en la verdad, en el sentido original y más lato del término, indica el vasto campo, no delimitado y difícilmente descriptible, de las pequeñas manifestaciones humanas que en su gran mayoría quedan inmersas en el anonimato y cuyo alcance político nadie cultivará y describirá nunca de manera más concreta que lo que ocurre en una descripción general del clima o del humor de la sociedad. La mayoría de estos ensayos se quedan en la fase elemental de rebeldía contra la manipulación: el hombre simplemente se enmienda y vive –como individuo- más dignamente.

Porqué solemos estar a la defensiva. P. 87. El sistema postotalitario desencadena un ataque moral contra el hombre, que se encuentra ante él solo, aislado y abandonado. En consecuencia, es natural que todos los movimientos disidentes tengan un carácter destacadamente defensivo: defender al hombre y a las intenciones reales de la vida contra las intenciones del sistema.

El sistema no se sana con un plan de gobierno o un programa político. P. 88. La defensa del hombre, la defensa de sus intenciones es, por tanto, no solo el camino más real –puede comenzar aquí y enseguida y puede recibir un mayor apoyo de la gente- sino también (y quizá precisamente por eso) el camino más coherente: nos lleva a la esencia más concreta de la cuestión. (…) Creo que este programa de emergencia, minimalista y negativo –la simple defensa del hombre- es hoy, en cierto sentido (y no solo en nuestra situación), el programa maximalista y más positivo; lleva a la política al único punto de dónde puede partir si tiene que eliminar sus antiguos errores: al hombre concreto.

Valor de avances pequeños. 102. Naturalmente es poco. Pero en la actitud del disidente está inscrito el partir de la realidad de lo humano aquí y ahora y creer más en el poco obtenido mil veces y con coherencia, aunque quizá se trata simplemente de aliviar los sufrimientos a un simple ciudadano, que en una solución global, abstracta y remota.

105 y 106. Los disidentes crean estructuras paralelas. Se puede decir que las estructuras paralelas representan la manifestación más articulada de vida en la verdad y que sostenerlas y desarrollarlas es uno de los compromisos importantes que los movimientos disidentes tienen hoy ante sí. (…) ¿Qué otra cosa son las estructuras paralelas sino el espacio de la vida distinta, esa vida que está en sintonía con las propias intenciones y que se estructura conforme a ellas? ¿Qué otra cosa son estos intentos de autoorganización social, si no el intento de una parte de la sociedad de vivir –como sociedad- en la verdad, de rechazar el autototalitarismo y de emanciparse así de su compromiso con el sistema postotalitario? ¿Qué otra cosa son si no el intento no violento de los hombres de negar en sí mismos ese sistema y de fundar su vida sobre una base nueva: la propia identidad? (…) Las estructuras paralelas no nace de una apriorística imagen del cambio del sistema (…) sino de las intenciones de la vida y de las necesidades auténticas de los hombres concretos.

Para no ser una burbuja llevan en sí “un elemento de universalidad” que no es (…) accesible solo a una comunidad delimitada en un mundo u otro, (…) sino que, por el contrario, es capaz de ser  punto de partida para cualquiera: una prefiguración de la solución general y que, por tanto, no es solo expresión de una responsabilidad del hombre hacia sí y por sí, sino que, por su esencia, es siempre una responsabilidad hacia el mundo y por el mundo”.

Y sigue 107. Estaría en un error quien considerase las estructuras paralelas y la polis paralela como un refugio en un gueto y como un gesto de aislamiento que resolviera exclusivamente el problema de los que han hecho su elección, pero que fuese indiferente para los demás; como si, en pocas palabras, se tratase solo de un punto de partida esencialmente de un grupo, que excluyese los lazos con la situación común.

109. Es decir: la polis paralela es indicativa y tiene sentido solo como acto de ahondamiento de la responsabilidad hacia el todo y por el todo, como descubrimiento del puesto más adecuado para este ahondamiento y no como huida de él.

120. Porqué se persíguela vida en la verdad. Mientras la vida en la verdad siga siendo ella misma, no podrá dejar de amenazar al sistema: es absurda su coexistencia con la vida en la mentira privada de su tensión continua y dramática. Su relación será siempre secreta y abiertamente conflictiva. En esta situación hay dos posibilidades: o el sistema desarrollará cada vez más sus propios elementos postotalitarios y se acercará a la alucinante imagen que Orwell da al mundo de la absoluta manipulación (…), o bien la vida independiente de la sociedad incluidos los movimientos disidentes, se transformará poco a poco en un fenómeno social cada vez más importante.

p. 122. He subrayado ya en distintas ocasiones que el punto de partida de estos movimientos y su potencial fuerza política no consisten en la construcción de proyectos de transformación del sistema, sino en una lucha real y cotidiana por una vida mejor aquí y ahora. (…)

Al final del libro habla de la civilización de la técnica y del aturdimiento que el hombre sufre en la misma.

126. En su conferencia en Harvard, Solzhenitsyn denuncia el carácter ilusorio de las esperanzas que no se basan en la responsabilidad y la subsiguiente incapacidad de las democracias tradicionales para oponerse a la violencia y al totalitarismo. Allí el individuo goza de libertades y garantías personales desconocidas para nosotros, pero en resumidas cuentas estas libertades y estas garantías no le sirven de nada: él es solo una víctima de la autocinesis, incapaz de mantener su identidad y de defender su interioridad (…).

p. 129. ¿Qué hacer, pues? Habla de la reconstrucción moral de la sociedad y de valores humanos como la confianza, la sinceridad, la responsabilidad, etc. “Yo creo en unas estructuras orientadas no hacia el aspecto técnico de ejercicio del poder, sino hacia su significado; en estructuras que se basan en la percepción común de cumplimiento de ese significado en comunidades concretas más que en ambiciones expansionistas hacia el exterior. Pueden y deben ser estructuras abiertas, dinámicas y pequeñas.

p. 132. Estos grupos actúan sin la perspectiva de un éxito clamoroso e inmediato y, por tanto, se nutren sobre todo de la percepción común de un sentido más profundo de su trabajo.

16 de agosto de 2023

A todo color


 Volvíamos de jugar al pitch and putt. A las 22 la pantalla del navegador del coche se puso en blanco y negro. "Es mi móvil", aclaró J., el conductor, "a las diez se me pone en escala de grises, lo que me ayuda a mirarlo menos y prepararme para irme a dormir".

La idea me gustó, y me puse el móvil en escala de grises, pero no por la noche, sino todo el día. Llevo así dos días. Llámame loco, pero ahora cuando dejo de mirar la pantalla y me fijo en las cosas y en la gente las veo más coloridas, más vivas e interesantes. Lo contrario de lo que me pasaba antes, cuando los colores vivos y el brillo de la pantalla me hacían ver las cosas a mi alrededor más grises y aburridas.

Acabo de ponerme en escala de grises también el portátil. No sé si estoy llevando el tema un poco lejos, el tiempo lo dirá. En cualquier caso, este sistema de ensayo y error para mantener a raya la tecnología me divierte

Como otras veces, cierro esta entrada con un escolio de Gómez Dávila que leí el otro día: "quien pretenda montar guardia en los desfiladeros de su alma debe aprender a morar entre roquedos". Es un cierre algo pedante, pero ahí queda.

(PD. La nueva configuración de mi pantalla me impide saber si la foto que encabeza estas líneas es en blanco y negro o no. Era la idea).

7 de agosto de 2023

Álvaro D'Ors. Sinfonía de una vida.

 


Álvaro D’Ors. Sinfonía de una vida.

Rialp. 2020. 716 páginas.

Como un medio de crecimiento profesional, Kevin Majeres recomienda leer biografías de personas que han trabajado en lo mismo que uno y pueden servirle de referente, modelo o inspiración. Me pareció una idea sugerente, y este mes me he leído una biografía de Álvaro D’Ors, un insigne romanista que trabajó en las Universidades de Santiago de Compostela y de Navarra. Aunque no me dedico al Derecho Romano, el personaje me resultaba de entrada atractivo, tanto por su prestigio en ciertos sectores universitarios como por ser el padre de Miguel D’Ors, uno de mis poetas preferidos. Uno de los únicos poetas que he leído.

La biografía, de más de 700 páginas, me ha dejado bastante frío. El libro está bien escrito. El avance cronológico es razonable. Te enteras de quién era D’Ors y –más o menos- de cómo era el entorno familiar, académico, social y político en el que se desenvolvió. Hasta aquí todo bien, todo correcto.

El problema es que el libro no te da nada más. Le falta pulso, vida. En sus 700 páginas no encuentras personajes secundarios interesantes o atractivos; no se describen con alma relaciones fuertes, significativas; no hay anécdotas memorables o divertidas. El libro no transmite ninguna emoción. Tras dar la vuelta a su última página (la 716, que se dice pronto) no tienes ningunas ganas de conocer al biografiado ni a ninguno de sus familiares o amigos, ni te sientes invitado a emular sus virtudes o actitudes frente a la vida.

La imagen de D’Ors que transmite la biografía es la de una persona tan recta y trabajadora como cuadriculada y aburrida. No conocí a Álvaro D’Ors, pero teniendo en cuenta la familia que fundó, su prestigio profesional y la estela de discípulos que dejó, estoy seguro de que fue una persona generosa, encantadora y carismática. Lástima que esta pulcra biografía no sea capaz de reflejar el atractivo y la potencia de su personalidad.

Vamos a ver qué otra biografía de jurista me busco para seguir a mi líder Majeres, y si me resulta un poco más estimulante. Quizá si en vez de ser profesor de Derecho Administrativo fuera astronauta o inventor la búsqueda sería más fácil. Qué se le va a hacer.

24 de julio de 2023

La regenta

 

La Regenta. Leopolodo Alas Clarín.

Hace unos años leí Pepita Jiménez y Juanita la Larga, de Juan Valera. Por aquello de ir completando el canon del XIX, y por una especie de deber moral autoimpuesto, estos meses he leído La Regenta, del mítico Leopoldo alias Clarín, jeje.

La protagonista de la novela es Ana Ozores –la Regenta- una atractiva joven aburrida de su marido que se debate entre dos pasiones antagónicas: el amor por un donjuán guapetón y cosmopolita (Álvaro Mesía) y la querencia hacia la religión, alentada por un sacerdote joven y ambicioso, que también está enamorado de ella (Fermín de Pas). Toda la novela gira en torno a ese triángulo y a la conquista del corazón y los favores de la Regenta, que constituye casi el único argumento de la trama. Como telón de fondo, Clarín ofrece un retrato de la sociedad española en una capital de provincia de finales del XIX, poniendo el foco en una nobleza algo decadente y un clero mundanizado.

La novela se me ha hecho dura, por diferentes motivos. En primer lugar, porque es larguísima. En Amazon, dos de las principales ediciones rozan las mil páginas, que se dice pronto. Si además se añade que la acción es bastante lenta, y que prácticamente la única línea argumental es quién termina conquistando a la Regenta, pues ya imagina uno el ladrillo del que estamos hablando. Por otro lado, y a pesar de que la penetración psicológica en los personajes es muy aguda, lo cierto es que la mayoría de tipos que desfilan por sus páginas son enormemente mezquinos. Si en una historia es un problema que todos los personajes sean muy buenos –como me ha pasado a mí en PPL-, que todos sean unos cretinos también es preocupante. Como consecuencia de esto, el libro es bastante ácido: todo queda mal: la religión, el matrimonio, las relaciones sociales, las relaciones entre clases…

En cualquier caso, el libro está muy bien escrito, la caracterización de los personajes es magnífica y tiene expresiones y giros humorísticos muy ingeniosos y divertidos. Así a bote pronto recuerdo reírme en voz alta, por ejemplo, en varios pasajes en los que describe el casino de Vetusta y su paisanaje.

Lástima que la capacidad de observación y la buena prosa de Clarín sean tan miopes, y solo se empleen en resaltar los aspectos más mezquinos del carácter de sus personajes. Si en la novela hubiera un Levin de Ana Karenina, un Aliosha de Los hermanos Karamazov o un Samuel Hamilton de Al Este del Edén el resultado final sería mucho más gratificante. Y también más realista.

 

Aquí dejo algunas citas que me han gustado (son pocas, no he subrayado demasiado).

Sobre los porteros del casino: “Era costumbre inveterada que aquellos señores no saludaran a los socios que entraban o salían. Pero desde que era de la Junta Ronzal, que había visto otros usos en sus cortos viajes, los porteros se inclinaban al pasar un socio sin importancia, y hasta dejaban oír un gruñido, que bien interpretado podía tomarse por un saludo; si era un individuo de la Junta se levantaban de su silla cosa de medio palmo, si era Ronzal se levantaban un palmo entero y si pasaba don Álvaro Mesía, presidente de la sociedad, se ponían de pie y se cuadraban como reclutas”.

“Para él un objeto de arte no tenía mérito aunque fuese del tiempo de Noé, si no era suyo. Así como Bermúdez amaba la antigüedad por sí misma, el polvo por el polvo, Bedoya era más subjetivo como él decía, necesitaba que le perteneciera el objeto amado”.

“si ustedes me apuran diría que es una mujer superior –si hay mujeres así- pero al fin es mujer, el nihil humani… No sabía lo que significaba este latín, ni a dónde iba a parar, ni de quién era, pero lo usaba siempre que se trataba de debilidades posibles”.

“La elocuencia era aquello, hablar así, que se viera lo que se decía”.

“¡Qué fácil era el crimen” Aquella puerta… la noche… la obscuridad… Todo se volvía cómplice. Pero ella resistiría. ¡Oh! ¡sí! Aquella tentación fuerte, prometiendo encantos, placeres desconocidos, era un enemigo digno de ella. Prefería luchar así. La lucha vulgar de la vida ordinaria, la batalla de todos los días con el hastío, el ridículo, la prosa, la fatigaban; era una guerra en un subterráneo de fango”.

Dice el marido: “Y esto no es un programa de gobierno, sino que se cumplirá en todas sus partes”.

Don Víctor (el marido) alborotaba pocas veces; pero si se tocaba a los cacharros de su museo, como él llamaba aquella exposición permanente de manías, se transformaba en un Segismundo.

“Relucían con el brillo triste del paño muy rozado”.

25 de junio de 2023

Nadie da tanto por tan poco

 

Beber agua con gas mola. Bueno, beberla no: pedirla. Beberla a veces es consecuencia de un puro error que cometemos en el duty-free del aeropuerto. Y entonces no mola. Nadie bebe con gusto agua con gas en una triste botella de plástico verde haciendo cola en la puerta de embarque. Puaj.

Pero pedirla en un bar es lo máximo. Genera un áurea de exclusividad difícilmente igualable. Sobre todo si uno la  pide con autoridad, sin justificar su elección en un ligero dolor de estómago o un persistente reflujo.

Pedir agua con gas te eleva por encima de tus acompañantes, que satisfacen su sed o mitigan su calor con vulgares refrescos o cervezas. Quien bebe agua con gas no está atado a esas necesidades fisiológicas o la urgencia del placer, tan propias de persona que anhela, que suda. Que se abalanza sobre las patatas fritas. Tan propias de tío del Atleti. No.

Terminando este post he pensado que seguramente Pep Guardiola pida agua con gas en los bares. Y entonces se me han empezado a pasar las ganas de hacerlo yo. Aunque bueno, también podría ser que Pep perteneciera al club de los fantasmas que, no contentos con  pedir agua con gas, todavía preguntan al camarero: "¿Cuáles tienes?"

Esa posibilidad me ha tranquilizado no  poco. Resistiré la tentación de elevarme tanto y preguntar por la gama de aguas con gas que hay en la carta. Pediré agua con gas, a secas. Y haré un esfuerzo por beberla como si me gustara. Construir un prestigio tiene su precio.

Difendere chi siamo - Diego Fusaro

 


Diego Fusaro

Difendere chi siamo. Le ragioni dell’identità italiana. 

Rizzoli, 2020, 246 páginas.

Comentario

Para preparar mi viaje a Roma en mayo busqué algo que escuchar y que leer en italiano, y me topé con algunos podcast de Diego Fusaro. Me gustó mucho, así que decidí comprarme el libro que ahora comento. El libro está a la altura de los podcast. Es uno de los ensayos que he leído últimamente que más me ha gustado.

He disfrutado de su lectura al menos por tres razones.

En primer lugar, porque es un libro apasionado sobre un tema importante y actual: la identidad cultural, nacional e identidad. Resumiendo mucho, la tesis de Fusaro es que la identidad está bajo amenaza por un doble frente: la derecha globalista que quiere que todos seamos consumidores intercambiables y homologados; y la izquierda arcoíris que combate cualquier pertenencia fuerte: Estado, familia, religión, en nombre de un “amor universal” que en el fondo deja a la gente sola. El “mercado” quiere llenar ese vacío con el capitalismo y sus productos; la izquierda estatalista, suponemos que por un Estado “papaíto” que no tenga rival a la hora de colonizar la mente y el corazón de los ciudadanos.

En segundo lugar, porque es un libro políticamente incorrecto, que critica de forma abierta e inteligente muchas de las corrientes hoy en día imperantes, que califica de totalitarismo cool, permisivo y hedonista, caracterizado por lo políticamente correcto y lo éticamente corrupto. Su idea básica es que muchas de las causas de la izquierda arcoíris –ecología, feminismo, veganismo, derechos de los animales- son reivindicaciones de una clase media cool cada vez más egoísta, que detrás de un amor a lo universal esconde una gran indiferencia hacia los problemas reales de la gente normal (salarios bajos, difícil acceso a la vivienda, complicaciones para formar familias, etc.). La derecha globalista celebra que la gente se enrede en disputas sobre problemas tangenciales y no reivindique cuestiones de derechos y de justicia más serias.

En tercer lugar, porque el libro está muy bien escrito. El autor escribe de forma plástica y potente, empleando un lenguaje propio muy característico.

Aquí dejo una colección (un poco extensa) de citas y formas de decir que me han gustado mucho. Leyéndolas en diagonal se puede tener una imagen general del tono del ensayo.

Citas

Capítulo 1. Identidad y diferencia.

13. Vocacionalmente heterófobo, el globalcapitalismo no ama al diferente, sino que intenta neutralizarlo a toda costa.

14. Identidad y diferencia están hoy bajo asedio.

15. Qué necesita el globalcapitalismo y qué no.

No necesita pueblos radicados en su historia y en su tierra, ni subjetividades con identidades fuertes y capaces de oponer resistencia, sino consumidores del yo mínimo y narcisista, con identidades líquidas, gadgetizadas y efímeras.

18. El capitalismo debe favorecer el encuentro de los hombres en el mercado y, junto con ello, desincentivar toda otra manera de relación comunitaria.

21. La globalización busca producir masas amorfas de sujetos post-identitarios e intercambiables…

24. La aversión globalcapitalista por los límites y las fronteras es la del invasor respecto a toda barrera que encuentre en su camino.

29-30. Dos mitos para ilustra dos caminos errados en relación con la identidad: Narciso y Eco.

Los complejos de Narciso y de Eco permiten encuadrar los dos principales dilemas de la identidad en el tiempo del globalismo. (…) Por un lado, el provincialismo hiperidentitario cerrado, propio de los fundamentalistas de la identidad. (…) Por otro, (…) la pulsión cosmopolita hacia la desidentificación y una apertura irreflexiva hacia la alteridad, que presenta como presupuesto la negación de la propia identidad, de la que se reniega en nombre de la openness. Mis palabras: en estas dos opciones se niega la identidad, no se realiza.

La identidad es relacional. No se cierra autistamente en sí misma, como Narciso. Pero tampoco se anula en la apertura incondicionada al otro, como Eco. El respeto de la identidad y las tradiciones de los otros no comportan el abandono de las propias.

El diálogo entre diversas identidades, que se relacionan abriéndose recíprocamente sin renegar de lo que son, es exactamente lo opuesto del diálogo fingidamente multicultural –en realidad, entre indiferenciados- promovido y prometido por los apóstoles del globalismo.

31. Nuevo totalitarismo cool y antiautoritario.

Este globalismo acepta el diálogo a condición de que los que dialogan repitan el mismo contenido, o sea el verbo único políticamente correcto y éticamente corrupto.

33. Fundamental: tomar conciencia de la propia historia y del propio proyecto.

38 y ss. Fidelidad creativa. Resumen previo a las citas. Hay que evitar dos peligros: el progresismo que solo mira hacia adelante y desprecia las raíces; y el tradicionalismo que momifica la identidad. Conviene conocer y valorar la propia herencia para proyectarse hacia el futuro y transmitirla de forma creativa, como algo vivo, y no como una pieza de museo.

La identidad, como la tradición, existe en la medida en que se realiza, o, si se prefiere, tiene su historia y existe siempre en proceso. No literal: mira hacia atrás y hacia adelante. Se evita así la postura del progresista que –cautivo del complejo de Orfeo- no quiere volverse retrospectivamente a su propia historia y a la propia tradición. Y también la del tradicionalista radical, que eleva la tradición y la identidad al rango de cosa inmutable, de fetiche petrificado en una dimensión sustraída al principio de la historicidad. Este es un “embalsamador”, que con su “furia coleccionista” momifica la vida.

39. Los heraldos del progresismo arcoíris…

40. La historia y la tradición no deben entenderse ni como una carga inútil, de la que hay que deshacerse, ni con el rigor mortis del tradicionalismo estático y acrítico. Hay que recibirla del pasado y transmitirla al futuro, reavivando y renovando lo que se ha recibido. Se trata de conservar renovando y revolucionar manteniendo.

“Lo que has recibido, para poseerlo, tendrás que conquistarlo”. Cita del Fausto de Goethe. Hay que llegar a ser lo que se es, esforzándose por actualizar la potencialidad de la propia identidad y de la propia tradición.

Esta es la fidelidad creativa, que mira al pasado no con la mirada del arqueólogo, sino con la de quien aprendiendo de lo pasado proyecta cosas en el futuro. Es un pasado viviente, capaz de abrir nuevas posibilidades de desarrollo futuro.

44. Las identidades culturales son identidades narrativas, que nos conectan con quienes han sido, con quienes somos y con los que vendrán.

Capítulo 2. La desidentificación: la homologación individualista.

49. Crítica del cosmopolitismo.

El cosmopolita es quien se siente, en abstracto, ciudadano del mundo, porque en concreto ha roto cualquier vínculo de pertenencia con el territorio y las tradiciones, con la comunidad nacional-popular y con sus costumbres, con la nación y con la lengua madre. El cosmpolitismo es, en este sentido, otra forma de llamar a un universalismo nocivo, pensado como la antítesis de las determinaciones concretas y las diferencias de los pueblos y las culturas.

50. Se condena y demoniza cualquier forma identitaria y soberana que no sea el individuo librecambista, startupper y consumidor de la identidad centrifugada y gadgetizada.

51. La open mind celebrada por el nuevo orden mental y por la catequesis cosmopolitizadora coincide, en último término, con la mente vacía de cualquier contenido ligado a la tradición histórica y a la identidad cultural. Así, la mente abierta en el sentido de vacía, está preparada para ser redefinida y plasmada sin oposición según las exigencias de los mercados desregulados.

Se coloniza el imaginario por parte del capital subcultural ligado a la homologación del nuevo orden mental.

Estos consumidores no conocen pasado (tradición) ni futuro (proyecto), porque viven en el reino del eterno presente de consumo.

56. La tarea de la cultura es, fundamentalmente, educar la identidad.

57. Amar la humanidad significa, entonces, amar las diferencias y las identidades de las que se compone, sobre todo a partir del amor por la propia identidad cultural, por el propio pueblo, por la propia lengua y por el propio territorio. Significa respetar los confines como símbolo de identidad y de la justa medida.

58. la propia identidad se refuerza mediante la confrontación con los otros.

60. Solo cuando hay diferencias puedo llegar a ser quien soy, conocer mi identidad.

Solamente la comparación (confrontación) con la Diferencia (con el otro) me hace posible pensar mi Identidad (lo propio), reapropiándome de lo que es propio, asimilándolo. Una identidad que no se abre a la diferencia es, por ello, una identidad frágil.

El peligro para la identidad –propia y de los otros- no viene de otras identidades, por fuertes que sean, sino de aquellos que, al no tener una identidad, no pueden respetar la identidad de los demás y aspiran a la desidentificación universal, a la pulverización de toda identidad. El enemigo no es pues el portador de una identidad, sino el nihilista.

La invitación a ser flexible y a poner entre paréntesis la propia identidad debe entenderse como una exhortación a despedirse de uno mismo y del propio proyecto de vida. Se fomenta el yo líquido, a quien dar forma desde fuera.

Mis palabras: nadie más intolerante que quien reniega de las diferencias y quiere que todos sean iguales –nacionalista paleto o globalista open mind-.

62. Solo quien tiene una identidad puede, de hecho, resistir a la nada de lo indistinto planetario impuesto por la desidentificación mercadista.

Homo vacuus. 71. Sus rasgos característicos son la fragmentación, la ausencia de memoria y de proyectos, la saturación, la falta de un centro.

La identidad, entendida como la permanencia en el tiempo y en el espacio de un sustrato que resiste al puro devenir, es sustituida en favor de una pura sucesión heterodirigida de imágenes y percepciones, flujos de deseos y sugestiones siempre brillantes.

75. La nada de la globocracia anónima del nuevo poder consumista avanza veloz, como en la Historia Interminable de la novela de Michael Ende. Y devora todo lo que encuentra en su marcha triunfal hacia el siempre igual.

Se demonizan las fronteras y la patria. Confundir órgano con identidad.

76. La astucia de la razón mundialista y del orden globocrático reposa en la demonización de las fronteras nacionales y de las interiores de la identidad como fuerzas discriminatorias y, como tales, universalmente negativas.

Pero es un salto tramposo: se confunde la pulmonía con los pulmones… y se invita a amputar éstos para terminar con aquella. La nación no equivale a nacionalismo.

Las fronteras: enseñan a delimitar el propio yo y sus apetitos egoístas, ya que lo insertan en un horizonte comunitario más grande. El confín como frontera y como límite no niega el tránsito, pero evita las invasiones. Negar las fronteras, la identidad, abre la puerta a la okupación del mercado.

La igualdad no es homologación, sino libre e igual desarrollo de las diferencias, respeto a cada identidad específica y, por ello, a la recíproca alteridad. Lo otro es la liberta del siempre igual, que es una caricatura de la igualdad.

Amenaza del colonialismo del indistitno y el imperialismo de lo mismo. En lugar del sujeto consciente e irrepetible, prevalece el individuo neutro y desindentificado.

El mercado busca producir un indiferenciado global de consumidores, para lo que tiene que destruir la identidad y las fronteras.

Capítulo 3. La noche del mundo. El vacío del siempre igual.

El hombre reducido a starupper de sí mismo.

Se olvida fatalmente de que las cosas más importantes no son cosas.

La característica más sobresaliente del falso multiculturalismo consiste en la autofobioa. Scrutton lo define como oikofobia: fobia respecto de todo vínculo con la propia identidad histórica y cultural.

96. La izquierda arcoíris deslegitima el concepto mismo de identidad y, con él, la posibilidad de resistir a la colonización integral del imaginario por parte del orden tecnocapitalista.

98. Por limitarnos a la cuestión que en esta sede nos interesa, si la derecha del dinero necesita desestructurar la potencia de los Estados nacionales, de las identidades culturales, de la familia y de la lucha de clases desde abajo, la izquierda de las costumbres deslegitimará el Estado nacional como un peligroso remedo nazi, la identidad como una fuente insidiosa de agresividad xenófoba, la familia como retrógrada sede del paternalismo y del patriarcado y la lucha de clases desde abajo como populismo tribal y regresivo.

p. 101. El gadget, emblema quintaesencial de la mercancía que se hace seductora y de la elección entre diversas facetas del siempre-igual.

105. Fácil manipularnos. El hombre de hoy, vacío de su identidad, se asemeja a Proteo. Está expuesto a toda forma de solicitación y de redefinición, privado de elementos que –de la tradición al espíritu crítico, de la cultura a la memoria- le permiten oponer resistencia al asedio permanente operad de la cultura nihilista de los mercados.

107. La supresión de las fronteras materiales nacionales y de las fronteras inmateriales identitarias resulta emancipador no para las personas, sino para el Señor global-elitista y para el dominio all inclusive del mercado.

109. Se ha producido una generación de “egomonstruos” narcisistas que pretenden que todos sus deseos de consumo asuman el estatus de derechos imprescriptibles.

112. Interesante. Contrapone los problemas postmaterialistas de los ricos a los problemas de tanta gente real.

La nueva izquierda arcoíris se centra en problemas postmaterialistas y postmodernos de derechos civiles, cosméticos y de consumo, como la integración de las minorías, la acogida de los inmigrantes, la cuota rosa, las tecnologías verdes, la diferenciación de residuos, los derechos de los animales, la alimentación vegana y la discriminación lingüística. Peor ignoran otros problemas, ligados a otra sensibilidad, como los sueldos de los trabajadores, la familia y el futuro de los hijos, la tradición identitaria y las raíces territoriales.

La política del fragmento prevalece sobre la política de lo común.

115. Se promueve la homologación, llamándola igualdad.

Brigadas fuxias de guerrilleros del arcoíris.

121. El hombre postmoderno no debe tener ninguna pertenencia identitaria que lo ligue simbólicamente a una comunidad, a una historia, a una nación, a un territorio o a una civilización. Debe ser un simple átomo competitivo y sin raíces: su pertenencia material e inmaterial solo puede ser la del mercado planetario.

Capítulo 4. El globalismo de la indiferenciación.

122. Heterofobia: la ideología de lo mismo.

123. El tecnocapital procura la supresión de las diferencias y, con ellas, de las alternativas: y ello para que triunfe la unidimensionalidad de la mercancía y del hombre hecho mercancía.

124. La mundialización como colonialismo glamuroso y a la altura de los tiempos, que incluye neutralizando y uniforma nivelando.

126. El discurso globalista subraya la atención sobre la humanidad, para distraerla de quien en concreto –pueblo, clase, individuo- sufre a nuestro lado. Se invita a amar a la humanidad, identificada con quien está lejos, con el solo objetivo de justificar un soberano desinterés por quien están realmente a nuestro lado.

126-127. Resumo con mis palabras. El globalismo dice que el amor particular –a lo propio- implica egoísmo, y apuesta por el amor a lo universal. Pero esto es una mentira: el amor a lo universal esconde casi siempre un amor egoísta solo a uno mismo.

130. Se fomenta un individuo Smart, libre de toda pertenencia y de todo vínculo.

140. El nuevo opio televisivo dirige a la juventud hacia el mito de “más placer” y “más plusvalía” como el único objetivo. Se separa a las nuevas generaciones de toda pasión política, de todo anhelo cultural y de todo ligamen con la identidad tradicional y con las raíces materiales e inmateriales.

La generación MTV ha aprendido a vivir como una emancipación la incapacidad de hacer proyectos, la inmadurez permanente y la inestabilidad existencial.

Capítulo 5. Del sueño de una cosa al sueño de las cosas

El hombre necesita símbolos para habitar el mundo, para hacerlo vividero. Se está produciendo una “desimbolización”.

145. Sin un sistema simbólico y cultural, sin perspectiva utópica y sin raíces, el hombre es prisionero de un desierto simbólico que avanza. El dinero y lo material se convierten en la única fuente de sentido.

149. El imaginario es colonizado por los ritos y las liturgias del consumo.

150. Sociedad del self-services y del “todo lo que puedas comer”. Hedonismo neo-laico.

156 y siguientes. Se destruye la identidad cultural y de clase. Pero también la biológica, con el tema del transhumanismo y del género. Todo puede ser cambiado a nuestro antojo, a nuestra voluntad, a nuestro capricho.

160. Con el antiespecismo no se consigue elevar a los animales al rango humano, sino bajarnos a todos al rango de utilizables.

El hombre líquido: no tiene nada sólido que no se deje modelar.

165. Según la profecía de Heidegger, la alternativa que hoy tenemos está entre una humanidad que ya ha colapsado y otra que está todavía enraizada en el terreno; o, si se prefiere, entre radicales y radicados, entre desenraizados y quienes tienen sólidas raíces.

Capítulo 6. Identidad o barbarie

p. 168. Importancia de la dimensión proyectual: “La proyectualidad confiere activamente un sentido al propio estar en el mundo, a partir de las propias raíces y del propio origen”. Es importante aprender a abrirse a un futuro proyectado e intencionado. Al ser humano corresponde elegir libremente cuál de sus posibilidades quiere poner en acto.

Buscar un mañana libremente perseguido.

169. El sentido de la vida se construye como una articulación entre “el pasado recordado, el presente de la vida vivida y el futro proyectado”. Para ello es esencial tener memoria de la proveniencia (Tradición) y apertura prospectiva al futuro intencionado (Proyecto).

171. La tradición no es una cadena. La tradición elegida es fundamento de la historicidad y de la fidelidad creativa. Esta fidelidad combina la conciencia de los orígenes y del pasado del que se es hijo con la libre proyectualidad de lo que viene, y por la tanto con la elección de la gama de posibilidades encerrada en nuestra historia.

No se trata de aferrarse a un pasado claustrofóbico y esclerotizado, sino de reconocer la propia identidad y desde ahí elegir el futuro. La tradición permite la vida.

173-174. Habla de que se pueden cambiar las cosas. No debemos disolver lo posible en lo existente. Es importante variar el coeficiente de inevitabilidad.

180. Los catequistas de lo políticamente correcto.

185. La oposición al globalcapitalismo (…) necesita de bastiones interiores y de fortalezas culturales no homologadas al nihil que avanza con la inclusividad neutralizante propia del globalismo mercantilista. Hacen falta espacios de conciencia crítica y de tradición cultural, de memoria histórica y de identidad nacional-popular: son las primeras barreras para oponer resistencia a la homologación falsamente multicultural y al relativismo centrífugo.

190. Las brigadas moradas de la izquierda arcoíris son antifascistas en ausencia del fascismo, y combaten, llamándolo fascismo, todo posible retorno de la soberanía del Estado nacional. (…)

196. Totalitarismo cool, permisivo y hedonista, para consumadores homologados.

202. Cuanto más enraizado se esté en las tradiciones y las costumbres, en los dialectos y en los ritos, más serán capaces de resistir al imperialismo mental de la globocracia y a la “nada” que ella pretende implantar en las cabezas y en los corazones.

207. El futuro no es una repetición tautológica del presente completamente alienado: es, por el contrario, lo que de él sabremos hacer mediante nuestro hacer y nuestro pensar. (…) Como escribía Goethe a von Müller el 4 de noviembre de 1823: la auténtica nostalgia debe ser productiva, debe crear algo nuevo que sea mejor.